María estuvo volando en círculos alrededor del mundo durante horas. Las lágrimas empañaban su vista y amenazaban con congelarse en sus mejillas debido al frío. Los dientes la castañeteaban y el vestido casi no la protegía contra el crudo frío que hacía en el cielo esa noche. Pero María no hizo caso y siguió. No iba a dejar que un par de incomodidades la distrajesen.
No podía creer que después de todo lo que había pasado se lo hubiesen llevado lejos de ella sin darla siquiera la oportunidad de aclarárselo todo. Ni siquiera la había dado tiempo a verle una última vez y rectificar su comportamiento del día.
Cuando el sol empezaba a despuntar en el alba, María se dió cuenta de que no podía hacer nada, que jamás los encontraría. Se quedó mirando un largo rato como el cielo se teñía de naranja, rosa y azul. Al contrario que otras veces, tan solo la transmitía soledad y desesperanza.
Se decidió al fin a volver a su casa, a esperar que viniesen también a por ella. Seguramente la estarían buscando, ya se habrían enterado de lo sucedido en Italia y no tardarían en ir a por ella. Pero María les esperaba.
Cuando llegó, Dorothea la preparó un café caliente para hacerla entrar en calor. María fue a sentarse al sofá, pero descubrió una nota sobre uno de los cojines. La desdobló y se encontró con un mensaje de la mano de alguien a quien María no pudo identificar, por lo tanto no era Addu, cuya letra conocía bien. Arriba ponía su nombre, así que alguien la había dejado ahí adrede para que María la encontrase. La letra, elegante, puntiaguda, clara y cuidada, debía pertenecer a un demonio. Se notaba un transfondo engañoso y oscuro que no se podía atribuir a los ángeles. Una frialdad y un odio en cada letra que hizo que las piernas la temblasen, obligándola a sentarse en el sofá.
La nota la citaba a las doce de la noche siguiente en Madrid, en el Casino, donde se iba a organizar un baile de máscaras. El demonio que la había citado tendría ventaja, ya que María no podría verle la cara ni reconocerle pero, ¿cómo sabría él reconocerla a ella?
Sin embargo, sabía que el demonio lo llevaba planeando mucho tiempo y había cuidado cada detalle. Los demonios se habían caracterizado desde siempre por su astucia, capacidad de manipulación y ser extremadamente calculadores. Y María lo sabía bien. No en vano había sido una de ellos. Pero ahora ya no sabía ni a donde pertenecía.
Y se estaba metiendo de lleno en una trampa. Aunque no podía evitar pensar que merecía la pena, que así al menos estaría con Daniel. Lágrimas amargas volvieron a sus ojos al pensar en él. ¿Cómo había podido ser tan idiota? Ella jamás había huido de esa manera. ¿Iba a empezar ahora? No, no era una actitud demasiado inteligente.
María tomó una decisión en ese mismo instante. No era una cobarde, y si querían guerra ella estaba más que dispuesta a satisfacerles. Hacía mucho que María no estaba tan furiosa. Se podría decir que María jamás se alteraba, solía tener un temperamento frío; pero la habían cabreado de verdad.
Sus ojos llamearon con furia y abrió la boca en la sonrisa más siniestra que Barcelona hubiese visto jamás. Los sentimientos de demonio de María volvían, y esa no era una buena noticia. Al menos para aquellos que osasen molestarla.
lunes, 13 de junio de 2011
jueves, 2 de junio de 2011
Capítulo 20.
Dorothea apareció por la puerta de la cocina con el moño desecho y la ropa descolocada. Tenía los ojos muy abiertos en una expresión de profundo temor. Un temor que nada humano podía producir.
-Señora...-susurró con un tono de angustia. Todos los muebles seguían igual, la casa parecía no haber cambiado excepto por el aire que se respiraba. Olía a miedo, desesperación, maldad y lucha. María podía sentirlo en cada partícula de oxígeno.
-Dorothea, ¿qué ha sucedido?-preguntó María acercándose a ella. Dorothea no reaccionaba y tuvo que agarrarla de los hombros y sacudirla para que contestase.-¿Qué ha ocurrido, Dorothea?-alzó la voz por el miedo. Todos los temores que la habían acompañado en el vuelo parecían hacerse realidad.
-Eran tres. Tres hombres vestidos de negro. Eran malos, señora, los peores que he visto en mi vida-dijo mirándola a los ojos pero sin verla.-Vinieron por el balcón, rompiendo el cristal utilizando simplemente sus puños. Yo corrí a esconderme a una habitación, pero Daniel se quedó parado, mirándoles. Se lo han llevado, señora.
María tuvo que sentarse para no caerse. Tres hombres. ¿Qué podía hacer Daniel contra tres demonios? Sobre todo teniendo en cuenta que era un ángel pacífico sin intención de hacerles daño.
Pero lo que no llegaba a entender era a qué se debía tanto alboroto. Addu había intentado matarle por una razón que nadie sabía; y a María la había atacado un enviado de Azazel, que no parecía tener nada que ver en ese cuadro. Y ahora habían secuestrado a Daniel. ¿Para qué tanta ceremonia? Si hubiesen querido tan solo su muerte le hubiesen eliminado allí mismo y punto.
Y sólo había un modo de responder a todas esas preguntas: encontrar a Daniel. Pero, ¿quién era el responsable? ¿Addu o Azazel?
Debía encontrar a alguien que supiese algo sobre todo eso. Un nombre cruzó su mente. Un demonio que no se alegraría demasiado de verla.
Salió por el balcón dejando a Dorothea en el salón, perdida. Voló hacia París, donde se suponía que Balban estaría.
Le encontró degustando vino en un salón muy lujoso del centro.
-Balban, querido, ¿te alegras de verme?-le preguntó. Balban se dió la vuelta para mirarla, y sus ojos se abrieron de par en par, preguntándose qué querría ahora. Pero su naturaleza de arrastrarse no le dejó rebelarse.
-Por supuesto, María; siempre es un placer.
-Alguien ha secuestrado a un ángel-le informó, yendo directa al grano.-¿Qué sabes?
Balban dió un sorbo a su copa con lentitud mientras la miraba, y alzó la copa ofreciéndola un trago. María rechazó el ofrecimiento con un movimiento de la cabeza.
-No demasiado. Por no decir absolutamente nada-contestó Balban.
-Necesito saberlo, Balban-dijo María, poniendo especial énfasis en la primera palabra.
-¿Para qué tanto interés?
-Tenía un asunto pendiente con ese ángel y alguien me ha impedido llevarlo a cabo-dijo brevemente María.-Como ya sabes no me gusta que se interpongan en mis planes.
-Búscate a otro ángel-la sugirió Balban, encogiéndose de hombros.-Todos son iguales.
Este no, pensó María. No era solo un ángel; era su ángel.
-Señora...-susurró con un tono de angustia. Todos los muebles seguían igual, la casa parecía no haber cambiado excepto por el aire que se respiraba. Olía a miedo, desesperación, maldad y lucha. María podía sentirlo en cada partícula de oxígeno.
-Dorothea, ¿qué ha sucedido?-preguntó María acercándose a ella. Dorothea no reaccionaba y tuvo que agarrarla de los hombros y sacudirla para que contestase.-¿Qué ha ocurrido, Dorothea?-alzó la voz por el miedo. Todos los temores que la habían acompañado en el vuelo parecían hacerse realidad.
-Eran tres. Tres hombres vestidos de negro. Eran malos, señora, los peores que he visto en mi vida-dijo mirándola a los ojos pero sin verla.-Vinieron por el balcón, rompiendo el cristal utilizando simplemente sus puños. Yo corrí a esconderme a una habitación, pero Daniel se quedó parado, mirándoles. Se lo han llevado, señora.
María tuvo que sentarse para no caerse. Tres hombres. ¿Qué podía hacer Daniel contra tres demonios? Sobre todo teniendo en cuenta que era un ángel pacífico sin intención de hacerles daño.
Pero lo que no llegaba a entender era a qué se debía tanto alboroto. Addu había intentado matarle por una razón que nadie sabía; y a María la había atacado un enviado de Azazel, que no parecía tener nada que ver en ese cuadro. Y ahora habían secuestrado a Daniel. ¿Para qué tanta ceremonia? Si hubiesen querido tan solo su muerte le hubiesen eliminado allí mismo y punto.
Y sólo había un modo de responder a todas esas preguntas: encontrar a Daniel. Pero, ¿quién era el responsable? ¿Addu o Azazel?
Debía encontrar a alguien que supiese algo sobre todo eso. Un nombre cruzó su mente. Un demonio que no se alegraría demasiado de verla.
Salió por el balcón dejando a Dorothea en el salón, perdida. Voló hacia París, donde se suponía que Balban estaría.
Le encontró degustando vino en un salón muy lujoso del centro.
-Balban, querido, ¿te alegras de verme?-le preguntó. Balban se dió la vuelta para mirarla, y sus ojos se abrieron de par en par, preguntándose qué querría ahora. Pero su naturaleza de arrastrarse no le dejó rebelarse.
-Por supuesto, María; siempre es un placer.
-Alguien ha secuestrado a un ángel-le informó, yendo directa al grano.-¿Qué sabes?
Balban dió un sorbo a su copa con lentitud mientras la miraba, y alzó la copa ofreciéndola un trago. María rechazó el ofrecimiento con un movimiento de la cabeza.
-No demasiado. Por no decir absolutamente nada-contestó Balban.
-Necesito saberlo, Balban-dijo María, poniendo especial énfasis en la primera palabra.
-¿Para qué tanto interés?
-Tenía un asunto pendiente con ese ángel y alguien me ha impedido llevarlo a cabo-dijo brevemente María.-Como ya sabes no me gusta que se interpongan en mis planes.
-Búscate a otro ángel-la sugirió Balban, encogiéndose de hombros.-Todos son iguales.
Este no, pensó María. No era solo un ángel; era su ángel.
Capítulo 19.
-No te conviene acercarte más-dijo María sin alzar la voz. Seguía fumándose su cigarro aparentando indiferencia. Pero el hombre desoyó su consejo y siguió avanzando. María suspiró, mirando al cielo.
-¿Quién eres, valiente idiota, que osas acercarte a mí?¿Acaso no sabes la fama que me precede?
-He oido rumores-contesta el demonio con una voz ronca que hace estremecer a María.-Pero también se dice que estás muy débil y ya no eres lo que fuiste en su tiempo.
María encogió un hombro con elegancia y apagó el cigarro casi consumido contra la pared. Sin embargo, no se acercó a él y fingió indiferencia.
-¿Y tú quieres comprobar la veracidad de ese rumor? Mala idea.
-Si no hubieses decidido juntarte con los ángeles quizá merecerías algo de respeto-la soltó el demonio. María se alertó ante aquello. ¿Cómo lo sabía? Solo había una fuente que pudiese haber dicho algo así: Addu. ¿Era su cómplice?
Se quedó callada y dejó que se acercase. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se giro con rapidez y le asestó una patada en la tripa, seguida de un golpe seco en la nariz con la palma hacia arriba, que hubiese matado a cualquier mortal. Pero los demonios eran más resistentes, así que tan solo le causó un profundo dolor.
Mientras el demonio gritaba y se agarraba la sangrante nariz, retorciéndose de dolor, María le agarró un ala y se la retorció, aplastándole contra la pared. Aquello le causó aún más dolor que la nariz.
-¿Quién es tu fuente?-le exigió, más que preguntar, en un siseó tranquilo.
-Jamás...-empezó a decir el demonio. Pero un nuevo tirón de María en una de sus alas le disuadió de continuar por ese camino.- Azazel. Me envía Azazel.
María no le soltó.
-¿Por qué te envía?- Tuvo que apretarle aún más el ala para ayudarle a confesar entre gritos de dolor.
-No lo sé, lo juro. Solo me dijo que te llevase ante él.
María le creyó, pero no aflojó la presión de su mano sobre el ala del demonio.
-Quiero que desmientas los rumores sobre mis relaciones con los ángeles, ¿entendido?-le retorció el ala por última vez, como advertencia de lo que ocurriría de no hacerlo. Y, con un último grito de dolor, el demonio alzó el vuelo de malas maneras, con un ala en una posición forzada.
María le miró alejarse, sin sentirse bien después de haberle hecho sufrir. Debería estar satisfecha consigo misma por haber dañada o alguien, pwro una enorme piedra en el estómago se lo impedía.
Y encima los problemas aumentaban. Otro demonio iba a por ella y esta vez sin razón alguna. Querían capturarla y no sería precisamente para invitarla a un café. Últimamente tenía más enemigos en su propio bando que en cualquier otro.
Pero tenía que darse prisa en volver a Barcelona. Tenía que ver a Daniel y advertirle sobre el rumor que se había extendido y debían eliminar, antes de que los eliminasen a ellos.
Porque ahora no tenían solo un enemigo, sino dos; y ni siquiera conocían los motivos.
Alzó el vuelo y batió las alas en dirección a Barcelona, adentrándose en el cielo que ya empezaba a oscurecer. Y confió en la suerte por que Daniel estuviese bien y no hubiesen decidido darle caza como a ella.
Un escalofrío la recorrió, pensando en que el ángel pudiese estar en peligro. Aceleró el vuelo para poder llegar a tiempo a la desgracia que sentía que estaba a punto de ocurrir.
El frio la golpeaba la cara, las nubes pasaban a su lado. Pero ella no se daba cuenta. Debía seguir hasta España. Por fin, llegó a la ciudad. Se posó en el balcón de su piso y miro al interior, con el corazón latiéndole a mil por hora. «¿Daniel?», la hubiese gustado decir. Pero tenía miedo de que nadie la contestase. Un ruido en la cocina la hizo ponerse alerta. Reunió el coraje suficiente para alcanzar a preguntar a media voz:
-¿Daniel?
-¿Quién eres, valiente idiota, que osas acercarte a mí?¿Acaso no sabes la fama que me precede?
-He oido rumores-contesta el demonio con una voz ronca que hace estremecer a María.-Pero también se dice que estás muy débil y ya no eres lo que fuiste en su tiempo.
María encogió un hombro con elegancia y apagó el cigarro casi consumido contra la pared. Sin embargo, no se acercó a él y fingió indiferencia.
-¿Y tú quieres comprobar la veracidad de ese rumor? Mala idea.
-Si no hubieses decidido juntarte con los ángeles quizá merecerías algo de respeto-la soltó el demonio. María se alertó ante aquello. ¿Cómo lo sabía? Solo había una fuente que pudiese haber dicho algo así: Addu. ¿Era su cómplice?
Se quedó callada y dejó que se acercase. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se giro con rapidez y le asestó una patada en la tripa, seguida de un golpe seco en la nariz con la palma hacia arriba, que hubiese matado a cualquier mortal. Pero los demonios eran más resistentes, así que tan solo le causó un profundo dolor.
Mientras el demonio gritaba y se agarraba la sangrante nariz, retorciéndose de dolor, María le agarró un ala y se la retorció, aplastándole contra la pared. Aquello le causó aún más dolor que la nariz.
-¿Quién es tu fuente?-le exigió, más que preguntar, en un siseó tranquilo.
-Jamás...-empezó a decir el demonio. Pero un nuevo tirón de María en una de sus alas le disuadió de continuar por ese camino.- Azazel. Me envía Azazel.
María no le soltó.
-¿Por qué te envía?- Tuvo que apretarle aún más el ala para ayudarle a confesar entre gritos de dolor.
-No lo sé, lo juro. Solo me dijo que te llevase ante él.
María le creyó, pero no aflojó la presión de su mano sobre el ala del demonio.
-Quiero que desmientas los rumores sobre mis relaciones con los ángeles, ¿entendido?-le retorció el ala por última vez, como advertencia de lo que ocurriría de no hacerlo. Y, con un último grito de dolor, el demonio alzó el vuelo de malas maneras, con un ala en una posición forzada.
María le miró alejarse, sin sentirse bien después de haberle hecho sufrir. Debería estar satisfecha consigo misma por haber dañada o alguien, pwro una enorme piedra en el estómago se lo impedía.
Y encima los problemas aumentaban. Otro demonio iba a por ella y esta vez sin razón alguna. Querían capturarla y no sería precisamente para invitarla a un café. Últimamente tenía más enemigos en su propio bando que en cualquier otro.
Pero tenía que darse prisa en volver a Barcelona. Tenía que ver a Daniel y advertirle sobre el rumor que se había extendido y debían eliminar, antes de que los eliminasen a ellos.
Porque ahora no tenían solo un enemigo, sino dos; y ni siquiera conocían los motivos.
Alzó el vuelo y batió las alas en dirección a Barcelona, adentrándose en el cielo que ya empezaba a oscurecer. Y confió en la suerte por que Daniel estuviese bien y no hubiesen decidido darle caza como a ella.
Un escalofrío la recorrió, pensando en que el ángel pudiese estar en peligro. Aceleró el vuelo para poder llegar a tiempo a la desgracia que sentía que estaba a punto de ocurrir.
El frio la golpeaba la cara, las nubes pasaban a su lado. Pero ella no se daba cuenta. Debía seguir hasta España. Por fin, llegó a la ciudad. Se posó en el balcón de su piso y miro al interior, con el corazón latiéndole a mil por hora. «¿Daniel?», la hubiese gustado decir. Pero tenía miedo de que nadie la contestase. Un ruido en la cocina la hizo ponerse alerta. Reunió el coraje suficiente para alcanzar a preguntar a media voz:
-¿Daniel?
jueves, 26 de mayo de 2011
Capítulo 18.
Voló durante horas. Hacía ninguna parte, hacia todas partes. ¿Quién sabía? Ella tan solo quería perderse. Pero no lo conseguía.
Acabó dirigiéndose a Italia, a Florencia, donde aterrizó y se puso a caminar. Pasó por bares, cafeterías, calles desiertas y llenas, parques, floristerías... Había gente que reía, gente que lloraba, gente que caminaba deprisa con preocupación y gente que permanecía sentada en actitud reflexiva. María los vió pasar, preguntándose cómo sería, por un momento, ser un humano. A lo mejor merece la pena, pensó. Pero se asustó ante tal conclusión y dejó de mirarles. Hacía unos meses se hubiese reido de ellos, les hubiese molestado y despreciado. Pero también eso había cambiado.
Siguió caminando hasta acabar en un teatro cochambroso que anunciaba en grandes letras luminosas el estreno de la obra "El Lago de los cisnes". Su madre siempre había adorado ese ballet, aunque jamás tuvo oportunidad de verlo en un teatro lujoso, desde el palco.
María entró sin dudarlo. Los bailarines eran inexpertos, llenos de fallos. Jóvenes con talento pero sin los medios necesarios para aprender en una verdadera escuela. Sin embargo, le gustó. Porque las imperfecciones acabaron haciéndolo mucho más bello que de haberse tratado de una representación sin ningún error, hecha sin sentimientos.
A María no le agradó el príncipe. Demasiado brusco y tosco para su gusto. Sin embargo, la protagonista era perfecta para el papel. Era ligera, espontánea, suave y gracil. María esperaba ver brotar unas alas blancas de su espalda de un momento a otro y su conversión en un verdadero cisne.
Al acabar el ballet, y casi con lágrimas en los ojos, María salió del teatro antes de que se callese en pedazos. A su madre le habría encantado.
La canción del final había sido fantástica. Una mezcla entre fuerza y suavidad que a María le encantaría repetir en el piano. Pero entonces se acordó de donde estaba el piano y de quien estaba donde el piano. Miró al cielo, esperando una respuesta. Pero nada ocurrió.
María nunca había sido cobarde, y no iba a empezar a echarse atrás, así que lo mejor que podía hacer era volver y afrontarlo. A lo mejor él también necesitaba respuestas.
Calló el primer copo. Pronto, la nevada empezó a caer con más fuerza, cubriéndolo todo de un blanco inmaculado. María recordó las alas de Daniel. Tan blancas como la nieve, pero mucho más cálidas. Le necesitaba y lo sabía, pero era algo que jamás admitiría mientras la quedase un mínimo ápice de demonio.
Tampoco pudo evitar recordar lo ocurrido la noche anterior. De tanto rememorarlo casi parecía como un sueño. Tan irreal, increible y, sobre todo, completamente cierto. Parecía que hubiesen pasado siglos desde aquello. Sin embargo, casi podía seguir sintiéndolo en sus labios.
No aguantó más y se metió en el primer restaurante que encontró que tuviese un micrófono. Hacía tiempo que no hacía aquello, pero en esos momentos ni siquiera un piano hubiese conseguido calmarla. Por suerte era un restaurante bastante moderno, iluminado y lujoso. Tenía un escenario enfrente de todas las mesas con un piano y un micrófono al lado.
A María no le costó nada convencer al camarero para cantar allí, pues él ya estaba deseando escucharla. Quizá por temor, quizá por atracción o quizá simplemente porque sabía que no volvería a oir nada igual en toda su vida.
María se subió al escenario, vestida con su vestido negro largo, que dejaba la mitad de la espalda al descubierto con atrevimiento, y cuyo cuello estaba bordeado de encaje. Captó la atención de todos los presentes al instante, sin necesidad de decir nada. Se colocó en el piano y acercó el micrófono a su boca. El silencio se hizo por toda la sala, que la observaba expectante. Todos hechizados por su presencia y aún más por la voz de María cuando comenzó a cantar.
Era una canción francesa, acompañada de suaves notas de piano. Pero ellos no sentían siquiera la necesidad de entenderla. Tan solo estaban concentrados en su voz, que sonaba clara a veces, otras rotas, y de vez en cuando en toda su potencia. Era una voz que transmitía sentimientos con cada palabra. Emociones desgarradoras, tristes, melancólicas y de profundo dolor. Una voz que ninguno de ellos había escuchado jamás y que no eran capaces siquiera de comprender.
Cuando María acabó nadie era capaz de pronunciar ninguna palabra. ¿Qué era la música? Esa voz dejaba por los suelos todo lo que ellos hasta entonces habían considerado hermoso.
María salió, dejándolos a todos en un estado de incomprensión absoluta. Se metió en el callejón de al lado, que era sucio, oscuro y estrecho. Nada comparado con la riqueza del interior. Se encendió un cigarro que le había robado a un camarero junto a su mechero. Esperaba poder fumar en paz, pero un hombre con aspecto de rico prepotente apareció en el callejón con una sonrisa cargada de malas intenciones. María no le hubiese dado importancia de no ser por las dos alas negras que salían de su espalda.
Acabó dirigiéndose a Italia, a Florencia, donde aterrizó y se puso a caminar. Pasó por bares, cafeterías, calles desiertas y llenas, parques, floristerías... Había gente que reía, gente que lloraba, gente que caminaba deprisa con preocupación y gente que permanecía sentada en actitud reflexiva. María los vió pasar, preguntándose cómo sería, por un momento, ser un humano. A lo mejor merece la pena, pensó. Pero se asustó ante tal conclusión y dejó de mirarles. Hacía unos meses se hubiese reido de ellos, les hubiese molestado y despreciado. Pero también eso había cambiado.
Siguió caminando hasta acabar en un teatro cochambroso que anunciaba en grandes letras luminosas el estreno de la obra "El Lago de los cisnes". Su madre siempre había adorado ese ballet, aunque jamás tuvo oportunidad de verlo en un teatro lujoso, desde el palco.
María entró sin dudarlo. Los bailarines eran inexpertos, llenos de fallos. Jóvenes con talento pero sin los medios necesarios para aprender en una verdadera escuela. Sin embargo, le gustó. Porque las imperfecciones acabaron haciéndolo mucho más bello que de haberse tratado de una representación sin ningún error, hecha sin sentimientos.
A María no le agradó el príncipe. Demasiado brusco y tosco para su gusto. Sin embargo, la protagonista era perfecta para el papel. Era ligera, espontánea, suave y gracil. María esperaba ver brotar unas alas blancas de su espalda de un momento a otro y su conversión en un verdadero cisne.
Al acabar el ballet, y casi con lágrimas en los ojos, María salió del teatro antes de que se callese en pedazos. A su madre le habría encantado.
La canción del final había sido fantástica. Una mezcla entre fuerza y suavidad que a María le encantaría repetir en el piano. Pero entonces se acordó de donde estaba el piano y de quien estaba donde el piano. Miró al cielo, esperando una respuesta. Pero nada ocurrió.
María nunca había sido cobarde, y no iba a empezar a echarse atrás, así que lo mejor que podía hacer era volver y afrontarlo. A lo mejor él también necesitaba respuestas.
Calló el primer copo. Pronto, la nevada empezó a caer con más fuerza, cubriéndolo todo de un blanco inmaculado. María recordó las alas de Daniel. Tan blancas como la nieve, pero mucho más cálidas. Le necesitaba y lo sabía, pero era algo que jamás admitiría mientras la quedase un mínimo ápice de demonio.
Tampoco pudo evitar recordar lo ocurrido la noche anterior. De tanto rememorarlo casi parecía como un sueño. Tan irreal, increible y, sobre todo, completamente cierto. Parecía que hubiesen pasado siglos desde aquello. Sin embargo, casi podía seguir sintiéndolo en sus labios.
No aguantó más y se metió en el primer restaurante que encontró que tuviese un micrófono. Hacía tiempo que no hacía aquello, pero en esos momentos ni siquiera un piano hubiese conseguido calmarla. Por suerte era un restaurante bastante moderno, iluminado y lujoso. Tenía un escenario enfrente de todas las mesas con un piano y un micrófono al lado.
A María no le costó nada convencer al camarero para cantar allí, pues él ya estaba deseando escucharla. Quizá por temor, quizá por atracción o quizá simplemente porque sabía que no volvería a oir nada igual en toda su vida.
María se subió al escenario, vestida con su vestido negro largo, que dejaba la mitad de la espalda al descubierto con atrevimiento, y cuyo cuello estaba bordeado de encaje. Captó la atención de todos los presentes al instante, sin necesidad de decir nada. Se colocó en el piano y acercó el micrófono a su boca. El silencio se hizo por toda la sala, que la observaba expectante. Todos hechizados por su presencia y aún más por la voz de María cuando comenzó a cantar.
Era una canción francesa, acompañada de suaves notas de piano. Pero ellos no sentían siquiera la necesidad de entenderla. Tan solo estaban concentrados en su voz, que sonaba clara a veces, otras rotas, y de vez en cuando en toda su potencia. Era una voz que transmitía sentimientos con cada palabra. Emociones desgarradoras, tristes, melancólicas y de profundo dolor. Una voz que ninguno de ellos había escuchado jamás y que no eran capaces siquiera de comprender.
Cuando María acabó nadie era capaz de pronunciar ninguna palabra. ¿Qué era la música? Esa voz dejaba por los suelos todo lo que ellos hasta entonces habían considerado hermoso.
María salió, dejándolos a todos en un estado de incomprensión absoluta. Se metió en el callejón de al lado, que era sucio, oscuro y estrecho. Nada comparado con la riqueza del interior. Se encendió un cigarro que le había robado a un camarero junto a su mechero. Esperaba poder fumar en paz, pero un hombre con aspecto de rico prepotente apareció en el callejón con una sonrisa cargada de malas intenciones. María no le hubiese dado importancia de no ser por las dos alas negras que salían de su espalda.
Capítulo 17.
-¿Qué me sucede?-le preguntó María a Harahel. Estaba desesperada, necesitaba respuestas, y ella era la única que podía proporcionárselas. Harahel era un ángel que había decidido no meterse en la guerra entre ángeles y demonios, y vivía al margen de todos ellos, proporcionándoles respuestas a todos por igual pero sin participar en ninguna disputa. A pesar de ser un ángel, era respetado por los demonios igual que por los ángeles, ya que era el más antiguo de todos, que se decía que había estado observando la Caída desde el Cielo, mientras tocaba la lira con tristeza. Corrían rumores que solo volvió a tocar la lira una vez más, y fue con la muerte de Jesucristo. Se dice que era tal sonido el que producía, que el lago Baikal se había formado con las lágrimas de un pueblo que lo escuchó.
-¿A qué te refieres?-la preguntó ella, haciéndose la sueca.
-No me digas que no te has fijado porque sé que lo has hecho-la recriminó.-Me refiero a mis alas. ¡Míralas!-dijo señalándolas, alzando la voz.-Y ya vuelvo a perder el control.-Puso su cabeza apoyada en sus manos.-Últimamente estoy histérica.
Harahel la miraba sin decir nada. Tan solo sonreía. Quizá de felicidad, quizá de lástima; era una sonrisa a la vez alegre, triste y melancólica. Una sonrisa que, María pensó, debía ser como el sonido de su lira. Tal torbellino de emociones que solo podían emocionar de tal manera que un humano no podía llegar siquiera a comprenderlo.
-¿Qué me pasa, Harahel? Sé que tú lo sabes.
-Te has enamorado-susurró.
-¡No digas tonterías!-se enfadó María.-Soy un demonio, ¿no me ves?
-Eres tú la que no lo ve-dijo con suavidad.-Tus alas ya no son negras, incluso tu esencia ya no es oscuridad. ¿Es que no ves la luz?
-¿Por qué?-preguntó María, derrumbándose. Estaba a punto de echarse a llorar de nuevo, demostrando la grandeza de su debilidad.
-¿Has tenido contacto con algún ángel? Me refiero a un contacto sin fines bélicos.
-Sí-admitió María. Sabía que podía contárselo a Harahel, que sería incapaz de decir nada y hacer daño a un ángel y un demonio. Porque si los demonios se enteraban de que María escondía a un ángel, no sería solo él el que peligraría.
-Sólo te podías enamorar de un ángel-dijo ella.
-¡Claro que no!-se enfureció María, levantándose de golpe de la mesa en la que estaban sentadas.-¡Tengo que matarle, no quererle! ¡Estoy hecha para ello!
-Hay partes del destino que ni siquiera conoces-la dijo Harahel.-Pero pronto serán descubiertas, y hay misterios que no deberían resolverse-se estremeció, con miedo. María no sabía a qué se refería, pero estaba tan enfadada que solo quería salir de allí.
Se levantó de la mesa de golpe y salió por la puerta del restaurante aún más confusa de lo que había llegado. El frío de Berlín la azotó como un latigazo. Acostumbrada al frío de España, no se había dado cuenta de que no iba a un sitio tan cálido, a pesar de que España no era tan poco muy calurosa en invierno.
Extendió las alas todo lo que pudo y las maldijo por dejar la luz seguir brillando y no absorberla como habían hecho antes de... conocer a Daniel. Salió volando, intentando dejar en el suelo todas sus preocupaciones. Pero éstas volaban mucho más rápido que ella, alcanzándola.
¿Debía creer a Harahel?¿Cómo podía haberse enamorado?No, no lo había hecho. ¡Era un demonio, por el amor de Dios! Pensó en Daniel, en sus ojos azules mirándola mientras se iba. En su rostro cuando ella fue tan fría con él esa mañana. Pero debía hacerlo. Debía alejarse de él todo lo que pudiese o acabaría todo mal. Ni siquiera debía estar protegiéndole. Pero, ¿por qué lo hacía? Dejó esa pregunta sin contestar, porque sería darle la razón a Harahel.
-¿A qué te refieres?-la preguntó ella, haciéndose la sueca.
-No me digas que no te has fijado porque sé que lo has hecho-la recriminó.-Me refiero a mis alas. ¡Míralas!-dijo señalándolas, alzando la voz.-Y ya vuelvo a perder el control.-Puso su cabeza apoyada en sus manos.-Últimamente estoy histérica.
Harahel la miraba sin decir nada. Tan solo sonreía. Quizá de felicidad, quizá de lástima; era una sonrisa a la vez alegre, triste y melancólica. Una sonrisa que, María pensó, debía ser como el sonido de su lira. Tal torbellino de emociones que solo podían emocionar de tal manera que un humano no podía llegar siquiera a comprenderlo.
-¿Qué me pasa, Harahel? Sé que tú lo sabes.
-Te has enamorado-susurró.
-¡No digas tonterías!-se enfadó María.-Soy un demonio, ¿no me ves?
-Eres tú la que no lo ve-dijo con suavidad.-Tus alas ya no son negras, incluso tu esencia ya no es oscuridad. ¿Es que no ves la luz?
-¿Por qué?-preguntó María, derrumbándose. Estaba a punto de echarse a llorar de nuevo, demostrando la grandeza de su debilidad.
-¿Has tenido contacto con algún ángel? Me refiero a un contacto sin fines bélicos.
-Sí-admitió María. Sabía que podía contárselo a Harahel, que sería incapaz de decir nada y hacer daño a un ángel y un demonio. Porque si los demonios se enteraban de que María escondía a un ángel, no sería solo él el que peligraría.
-Sólo te podías enamorar de un ángel-dijo ella.
-¡Claro que no!-se enfureció María, levantándose de golpe de la mesa en la que estaban sentadas.-¡Tengo que matarle, no quererle! ¡Estoy hecha para ello!
-Hay partes del destino que ni siquiera conoces-la dijo Harahel.-Pero pronto serán descubiertas, y hay misterios que no deberían resolverse-se estremeció, con miedo. María no sabía a qué se refería, pero estaba tan enfadada que solo quería salir de allí.
Se levantó de la mesa de golpe y salió por la puerta del restaurante aún más confusa de lo que había llegado. El frío de Berlín la azotó como un latigazo. Acostumbrada al frío de España, no se había dado cuenta de que no iba a un sitio tan cálido, a pesar de que España no era tan poco muy calurosa en invierno.
Extendió las alas todo lo que pudo y las maldijo por dejar la luz seguir brillando y no absorberla como habían hecho antes de... conocer a Daniel. Salió volando, intentando dejar en el suelo todas sus preocupaciones. Pero éstas volaban mucho más rápido que ella, alcanzándola.
¿Debía creer a Harahel?¿Cómo podía haberse enamorado?No, no lo había hecho. ¡Era un demonio, por el amor de Dios! Pensó en Daniel, en sus ojos azules mirándola mientras se iba. En su rostro cuando ella fue tan fría con él esa mañana. Pero debía hacerlo. Debía alejarse de él todo lo que pudiese o acabaría todo mal. Ni siquiera debía estar protegiéndole. Pero, ¿por qué lo hacía? Dejó esa pregunta sin contestar, porque sería darle la razón a Harahel.
jueves, 19 de mayo de 2011
Capítulo 16.
-Buenos días-la saludó Daniel con una sonrisa. Estaba comiendo tostadas en el comedor, cómodamente sentado.
-Buenos días.-María esa mañana era un témpano de hielo. Se había convertido en el glaciar que habría de hundir al Titanic.
Dorothea pasó a su lado e inclinó la cabeza con respeto. María la miró sin expresión. Habría parecido una estatua de cera de no haber sido por el parpadeo pausado de sus ojos. Dorothea captó el mensaje: debía alejarse. Su antigua señora había vuelto y no quedaba nada de la bondad que había notado últimamente.
María miró a Daniel, que la estaba observando a su vez con una mirada interrogativa. Se preguntaba qué la pasaba y María lo sabía. Si supiese que era sencillamente porque tenía que protegerse a sí misma, porque las cosas eran así y ellos no las podían cambiar.
Después de un rato sosteniéndole la mirada, no aguantó más. Estaba empujando ella misma las puertas que la salvaban y conduciéndose como una inconsciente al lado débil, el lado que quería evitar por todos los medios. Agarró el bolso que había sobre la mesa del salón con rapidez y se dispuso a salir por la puerta. Pero no llegó a cruzar el umbral porque, apoyado en el marco de la puerta, se encontraba Daniel.
-¿Qué te sucede?-la preguntó.
-No me sucede nada, Daniel, así soy yo-dijo, fria.
-No es cierto-dijo Daniel. María intentó abrir la puerta. Si no salía de allí acabaría cediendo a esa azul mirada.-María...-susurró Daniel con la voz rota. María le miró a los ojos.- Te quiero.
-Muy típico de los ángeles ser masoquistas-dijo María, sin embargo.- Siempre quereis lo imposible.
-No estoy pidiendo algo imposible.
-Sí que lo haces. Los demonios debemos odiar a los ángeles, y los ángeles debeis odiarnos.
-¿Por qué?-preguntó él.
-Porque las cosas son así.
-¿Por qué?-repitió él, insatisfecho por la respuesta.
-Porque es nuestro destino-susurró ella, sabiendo que era lo que él quería oir.
-¿No recuerdas lo que te dije sobre eso?
«La única manera de luchar contra él es dejándote arrastrar por él», recordó María.
-¿Luchar?-preguntó ella, mirándole como si estuviese loco.-¿Quién te ha dicho que quiera luchar contra el destino?
-Quieres-aseguró él. ¿Cómo se atrevía a decirla lo que quería o no?
-¿Cómo lo sabes?-le preguntó ella alzando la barbilla, desafiante.
-Porque también me quieres.
-No tienes ni idea de...-empezó ella, temblando de rabia. Pero a lo mejor esa furia se debía a que sabía que tenía razón.
-¿De lo que piensas?-acabó él.-Te empeñas tanto en hacer impenetrable tu mundo que no te das cuenta de lo accesible que resulta para alguien que se dedica a leer almas.
-No sabes nada acerca de mi mundo.
-Yo soy parte de tu mundo.
-No lo eres.
-Entonces, ¿por qué me besaste?
-Yo no te besé.
-Tampoco me apartaste.
Por una vez en toda su malsana existencia, María no encontraba palabras para replicar. Buscó algo mordaz y no lo encontró, lo que la demostró lo mucho que él la afectaba.
Pero no iba a dejar que se diese cuenta. Así que con un gracil movimiento, se introdujo entre él y la puerta, y se escabulló.
El cielo volvía estaba despejado, sin rastro de la tormenta del día anterior. El día era frio, tanto como ella misma. La escarcha brillaba en los árboles, como cristales alojados entre sus ramas.
María se encogió en su chaqueta, abrumada por el mundo que la rodeaba e incapaz de echar a volar.
Pero no podía llegar a imaginarse la sombra que la observaba desde un tejado.
-Buenos días.-María esa mañana era un témpano de hielo. Se había convertido en el glaciar que habría de hundir al Titanic.
Dorothea pasó a su lado e inclinó la cabeza con respeto. María la miró sin expresión. Habría parecido una estatua de cera de no haber sido por el parpadeo pausado de sus ojos. Dorothea captó el mensaje: debía alejarse. Su antigua señora había vuelto y no quedaba nada de la bondad que había notado últimamente.
María miró a Daniel, que la estaba observando a su vez con una mirada interrogativa. Se preguntaba qué la pasaba y María lo sabía. Si supiese que era sencillamente porque tenía que protegerse a sí misma, porque las cosas eran así y ellos no las podían cambiar.
Después de un rato sosteniéndole la mirada, no aguantó más. Estaba empujando ella misma las puertas que la salvaban y conduciéndose como una inconsciente al lado débil, el lado que quería evitar por todos los medios. Agarró el bolso que había sobre la mesa del salón con rapidez y se dispuso a salir por la puerta. Pero no llegó a cruzar el umbral porque, apoyado en el marco de la puerta, se encontraba Daniel.
-¿Qué te sucede?-la preguntó.
-No me sucede nada, Daniel, así soy yo-dijo, fria.
-No es cierto-dijo Daniel. María intentó abrir la puerta. Si no salía de allí acabaría cediendo a esa azul mirada.-María...-susurró Daniel con la voz rota. María le miró a los ojos.- Te quiero.
-Muy típico de los ángeles ser masoquistas-dijo María, sin embargo.- Siempre quereis lo imposible.
-No estoy pidiendo algo imposible.
-Sí que lo haces. Los demonios debemos odiar a los ángeles, y los ángeles debeis odiarnos.
-¿Por qué?-preguntó él.
-Porque las cosas son así.
-¿Por qué?-repitió él, insatisfecho por la respuesta.
-Porque es nuestro destino-susurró ella, sabiendo que era lo que él quería oir.
-¿No recuerdas lo que te dije sobre eso?
«La única manera de luchar contra él es dejándote arrastrar por él», recordó María.
-¿Luchar?-preguntó ella, mirándole como si estuviese loco.-¿Quién te ha dicho que quiera luchar contra el destino?
-Quieres-aseguró él. ¿Cómo se atrevía a decirla lo que quería o no?
-¿Cómo lo sabes?-le preguntó ella alzando la barbilla, desafiante.
-Porque también me quieres.
-No tienes ni idea de...-empezó ella, temblando de rabia. Pero a lo mejor esa furia se debía a que sabía que tenía razón.
-¿De lo que piensas?-acabó él.-Te empeñas tanto en hacer impenetrable tu mundo que no te das cuenta de lo accesible que resulta para alguien que se dedica a leer almas.
-No sabes nada acerca de mi mundo.
-Yo soy parte de tu mundo.
-No lo eres.
-Entonces, ¿por qué me besaste?
-Yo no te besé.
-Tampoco me apartaste.
Por una vez en toda su malsana existencia, María no encontraba palabras para replicar. Buscó algo mordaz y no lo encontró, lo que la demostró lo mucho que él la afectaba.
Pero no iba a dejar que se diese cuenta. Así que con un gracil movimiento, se introdujo entre él y la puerta, y se escabulló.
El cielo volvía estaba despejado, sin rastro de la tormenta del día anterior. El día era frio, tanto como ella misma. La escarcha brillaba en los árboles, como cristales alojados entre sus ramas.
María se encogió en su chaqueta, abrumada por el mundo que la rodeaba e incapaz de echar a volar.
Pero no podía llegar a imaginarse la sombra que la observaba desde un tejado.
Capítulo 15.
-Vamos, María, no tenemos toda la eternidad-dijo Addu.
María se quedó en silencio, aunque tenía perfectamente clara cuál era la respuesta.
Daniel la miraba desde el sofá con tranquilidad. ¿Esque jamás se alteraba? Ella sabía que el ángel nunca la hubiese hecho elegir entre los demonios o él. Sin embargo ella sabía perfectamente lo que quería, aunque jamás lo hubiese imaginado.
-Intenta hacerle algo y haré que estés toda la eternidad sufriendo las peores torturas que existen-dijo María apenas en un susurro. Su mirada no admitía réplica, su postura firme y amenazadora. Un rayo cruzó el cielo, iluminándola de una manera aterradora.
-Maldita bastarda-dijo Addu con asco.-Haré que te arrepientas de tu decisión.
Y con esas palabras, desapareció por el balcón en la oscuridad de la noche.
Daniel y María permanecieron unos minutos en tensión, a la espera de que volviese y les atacase. Como no pasó nada, María se fue a dormir.
Pero Daniel la agarró de la mano antes de que pudiese meterse en su cuarto.
-No tenías que hacerlo-dijo Daniel en un susurro, acercándola a él.
-Claro que tenía-contestó ella. Estaba a punto de llorar, y eso solo conseguía que se pusiese peor. ¿Qué la pasaba?
-¿Por qué?-preguntó sin embargo él, acercándose aún más y sin soltarla la mano.
-No sé qué me sucede. Mis alas no absorben la luz como antes, mi mirada no es tan fria y no consigo controlar mis emociones...¡Mírame llorar! Si no me puedo controlar ni a mí misma, ¿qué voy a hacer?¿Qué me pasa? Incluso he escondido y defendido a un ángel. Addu tenía razón, soy una traidora a mi especie.
Daniel la limpió una lágrima que rodaba por su mejilla, a punto de dar un salto en el vacío.
-No lo eres. También tienes una parte angélica que conservasteis después de vuestra caída. Técnicamente sigues siendo ángel, pero tu parte angélica está dormida. Solo necesitas a alguien que te la despierte.
Y acabó la frase dando un suave tirón de su mano y acercándola definitivamente a él. Hasta que pudo sentir su respiración y su corazón latiendo al unísono con los de ella. Hasta que no supo donde acababa él y empezaba ella.
María nunca se hubiese imaginado besando a un ángel. Si alguien se lo hubiese sugerido se hubiese reido con burla o hubiese puesto una mueca de asco. Pero en esos momentos sintió que no cabía otra posibilidad, que era imposible imaginarse su vida sin ese momento.
Pero eso no significaba que no estuviese asustada. Feliz también, pero estaba temblando. Eso solo demostraba la magnitud de su cambio.
Y no pudo evitar cerrar los ojos para olvidarse de todo. En ese momento, justo en ese instante, el vacío que había en su pecho se llenó, hasta estar a punto de estallar. El agujero negro se fue y solo quedó luz en su lugar.
No recordaba su pasado o su futuro. No oía la tormenta ni el disco que seguía sonando. Solo estaba concentrada en una única cosa: Daniel.
Daniel, Daniel, Daniel.
Estaba mal y lo sabía. No debería estar disfrutando, debería retorcerse de odio contra él. Y decidió hacer algo contra el cambio que estaba sufriendo. Daniel había sido la causa, pues había empezado a cambiar cuando le conoció; así que no podría volver a acercarse a él de manera que sus sentimientos no estuviesen expuestos.
Esta sería su última debilidad.
María se quedó en silencio, aunque tenía perfectamente clara cuál era la respuesta.
Daniel la miraba desde el sofá con tranquilidad. ¿Esque jamás se alteraba? Ella sabía que el ángel nunca la hubiese hecho elegir entre los demonios o él. Sin embargo ella sabía perfectamente lo que quería, aunque jamás lo hubiese imaginado.
-Intenta hacerle algo y haré que estés toda la eternidad sufriendo las peores torturas que existen-dijo María apenas en un susurro. Su mirada no admitía réplica, su postura firme y amenazadora. Un rayo cruzó el cielo, iluminándola de una manera aterradora.
-Maldita bastarda-dijo Addu con asco.-Haré que te arrepientas de tu decisión.
Y con esas palabras, desapareció por el balcón en la oscuridad de la noche.
Daniel y María permanecieron unos minutos en tensión, a la espera de que volviese y les atacase. Como no pasó nada, María se fue a dormir.
Pero Daniel la agarró de la mano antes de que pudiese meterse en su cuarto.
-No tenías que hacerlo-dijo Daniel en un susurro, acercándola a él.
-Claro que tenía-contestó ella. Estaba a punto de llorar, y eso solo conseguía que se pusiese peor. ¿Qué la pasaba?
-¿Por qué?-preguntó sin embargo él, acercándose aún más y sin soltarla la mano.
-No sé qué me sucede. Mis alas no absorben la luz como antes, mi mirada no es tan fria y no consigo controlar mis emociones...¡Mírame llorar! Si no me puedo controlar ni a mí misma, ¿qué voy a hacer?¿Qué me pasa? Incluso he escondido y defendido a un ángel. Addu tenía razón, soy una traidora a mi especie.
Daniel la limpió una lágrima que rodaba por su mejilla, a punto de dar un salto en el vacío.
-No lo eres. También tienes una parte angélica que conservasteis después de vuestra caída. Técnicamente sigues siendo ángel, pero tu parte angélica está dormida. Solo necesitas a alguien que te la despierte.
Y acabó la frase dando un suave tirón de su mano y acercándola definitivamente a él. Hasta que pudo sentir su respiración y su corazón latiendo al unísono con los de ella. Hasta que no supo donde acababa él y empezaba ella.
María nunca se hubiese imaginado besando a un ángel. Si alguien se lo hubiese sugerido se hubiese reido con burla o hubiese puesto una mueca de asco. Pero en esos momentos sintió que no cabía otra posibilidad, que era imposible imaginarse su vida sin ese momento.
Pero eso no significaba que no estuviese asustada. Feliz también, pero estaba temblando. Eso solo demostraba la magnitud de su cambio.
Y no pudo evitar cerrar los ojos para olvidarse de todo. En ese momento, justo en ese instante, el vacío que había en su pecho se llenó, hasta estar a punto de estallar. El agujero negro se fue y solo quedó luz en su lugar.
No recordaba su pasado o su futuro. No oía la tormenta ni el disco que seguía sonando. Solo estaba concentrada en una única cosa: Daniel.
Daniel, Daniel, Daniel.
Estaba mal y lo sabía. No debería estar disfrutando, debería retorcerse de odio contra él. Y decidió hacer algo contra el cambio que estaba sufriendo. Daniel había sido la causa, pues había empezado a cambiar cuando le conoció; así que no podría volver a acercarse a él de manera que sus sentimientos no estuviesen expuestos.
Esta sería su última debilidad.
Capítulo 14.
Esa noche la lluvia se convirtió en una fuerte tormenta que parecía salir de las mismísimas entrañas del cielo. Daniel la observaba desde el balcón, maravillado por el juego de luces y sonidos.
-Vamos, Daniel, apártate de ahí-le dijo María. Tenía la mirada recelosa, desconfiada.
-¿Qué sucede?-dijo él, corriendo las cortinas de la terraza.
-Noto... algo.-María estaba asustada, nerviosa. Como un ratón que oye a un gato y alza las orejas con miedo y expectación.
-Debe de ser la lluvia. A los demonios nunca os ha gustado la lluvia-dijo Daniel divertido. Era una de sus cosas favoritas.
-Demasiado purificante-hizo una mueca María. Luego sonrió.-Sin embargo, nos encantan las tormentas-señaló por la ventana.
-Entonces, a lo mejor se debe a que estás cansada.
-Tienes razón, me voy a dormir-dijo dirigiéndose a su habitación.-¡Buenas noches!-dijo cerrando la puerta de la habitación.
-Buenas noches-susurró Daniel.
Dorothea también se fue a dormir cinco minutos después, dejando al ángel solo con sus pensamientos. O no tan solo...
Puso uno de los discos de vinilo a rodar, dejando que apartase de su mente el ruido de la tormenta. Se recostó en el sofá y cerró los ojos.
La voz de María le llegaba suave, tan lejana como las estrellas y tan melancólica como un día gris. Pero una voz grave se puso por encima al decir:
-Tanto talento... Tiene una voz asombrosa, de veras.
Daniel abrió los ojos, sobresaltado, mientras se incorporaba en el sofá, alerta.
Una sombra se recortaba contra las luces de la tormenta. Una silueta fornida y oscura que hubiese hecho temblar a cualquier mortal. Un rayo le iluminó la cara por un instante, dejando ver una expresión de enfado disimulada tras una sonrisa aterradora. Y ese instante bastó para que Daniel lo reconociese.
Addu.
Por fin había venido a acabar con él.
-Has tardado mucho-le dijo Daniel con tranquilidad.
-Me gustaba perseguirte como la rata que eres-replicó con desprecio.
-Creo que ese insulto es en realidad para camuflar el hecho de que te ha costado encontrarme-dijo Daniel con una media sonrisa, cruzándose de piernas desgarbadamente.
-No eres rival para mí, ángel-masculló Addu. Estaba todavía más cabreado. Una ceja le palpitaba en un tic nervioso y la boca se le transformó en una mueca casi animal.
-Claro que lo soy-rió Daniel.-Sino no te hubieses dignado a perseguirme.
Addu estaba realmente furioso. ¿Cómo ese estúpido ángel se atrevía a burlarse de él.
-Debo admitir que me ha sorprendido el detalle de la tormenta. Una pista muy clara y amable por tu parte-le dijo a Addu. Acababa de darse cuenta de que coincidía la tormenta y la sensación extraña de María. Solo podía haber sido Addu, para eso era el demonio de la tormenta.
-Cualquier cosa por hacer el juego más divertido-dijo Addu acercándose a él.
-No creo que a Dios y a Lucifer les parezca un juego-comentó Daniel como quien habla del tienpo.
-No tienen por qué enterarse-Addu se acercó más.-¿Quién se lo va a decir? ¿Tú? Para entonces ya estarás muerto.
-Yo no contaría con ello, Addu.-La voz de María salió del disco para amenazarle. La música seguía sonando, pero no había tiempo para prestar demasiada atención.
-María...-saludó Addu con asco.-Eres una traidora para tu especie. Esconder a un ángel...-dijo como si hubiese cometido un pecado impensable.
-Que yo sepa no estoy rompiendo ninguna de las Reglas-contestó ella, acercándose a él con tranquilidad.
-Solo empiezo una nueva era-dijo Addu con orgullo.-Hago lo que debería haberse hecho desde el principio: exterminar a los ángeles.
-No eres tú el que debe decidir eso-dice Daniel.-Ya sabes lo que pasará.
-Sí, los demonios nos quitaremos de en medio a lo que últimamente se ha convertido en una plaga-dijo con asco, mirándole con superioridad.
-El mundo no puede vivir sin ángeles. Acabaríais detruyendoos unos a otros-dijo Daniel.
-¿Y puede vivir sin demonios?-preguntó Addu.
-Hace millones de años, antes de que existiesen los demonios, vivíamos sin ellos. ¿Debo recordarte que te queda algo de ángel?
-No me queda nada-digo con repugnancia. Entonces se giró hacia María, que los observaba.-María, todavía puedes rectificar. Eres un demonio, ven con tu familia. No nos des la espalda por un simple ángel. O serás una traidora para todos nosotros.
Con esas palabras provocó un dilema en la cabeza de María. Solo había dos opciones: ser una traidora para toda su especie y abandonarles por Daniel, o cogerle de la mano a Addu y volver con él a ser la de antes.
-Vamos, Daniel, apártate de ahí-le dijo María. Tenía la mirada recelosa, desconfiada.
-¿Qué sucede?-dijo él, corriendo las cortinas de la terraza.
-Noto... algo.-María estaba asustada, nerviosa. Como un ratón que oye a un gato y alza las orejas con miedo y expectación.
-Debe de ser la lluvia. A los demonios nunca os ha gustado la lluvia-dijo Daniel divertido. Era una de sus cosas favoritas.
-Demasiado purificante-hizo una mueca María. Luego sonrió.-Sin embargo, nos encantan las tormentas-señaló por la ventana.
-Entonces, a lo mejor se debe a que estás cansada.
-Tienes razón, me voy a dormir-dijo dirigiéndose a su habitación.-¡Buenas noches!-dijo cerrando la puerta de la habitación.
-Buenas noches-susurró Daniel.
Dorothea también se fue a dormir cinco minutos después, dejando al ángel solo con sus pensamientos. O no tan solo...
Puso uno de los discos de vinilo a rodar, dejando que apartase de su mente el ruido de la tormenta. Se recostó en el sofá y cerró los ojos.
La voz de María le llegaba suave, tan lejana como las estrellas y tan melancólica como un día gris. Pero una voz grave se puso por encima al decir:
-Tanto talento... Tiene una voz asombrosa, de veras.
Daniel abrió los ojos, sobresaltado, mientras se incorporaba en el sofá, alerta.
Una sombra se recortaba contra las luces de la tormenta. Una silueta fornida y oscura que hubiese hecho temblar a cualquier mortal. Un rayo le iluminó la cara por un instante, dejando ver una expresión de enfado disimulada tras una sonrisa aterradora. Y ese instante bastó para que Daniel lo reconociese.
Addu.
Por fin había venido a acabar con él.
-Has tardado mucho-le dijo Daniel con tranquilidad.
-Me gustaba perseguirte como la rata que eres-replicó con desprecio.
-Creo que ese insulto es en realidad para camuflar el hecho de que te ha costado encontrarme-dijo Daniel con una media sonrisa, cruzándose de piernas desgarbadamente.
-No eres rival para mí, ángel-masculló Addu. Estaba todavía más cabreado. Una ceja le palpitaba en un tic nervioso y la boca se le transformó en una mueca casi animal.
-Claro que lo soy-rió Daniel.-Sino no te hubieses dignado a perseguirme.
Addu estaba realmente furioso. ¿Cómo ese estúpido ángel se atrevía a burlarse de él.
-Debo admitir que me ha sorprendido el detalle de la tormenta. Una pista muy clara y amable por tu parte-le dijo a Addu. Acababa de darse cuenta de que coincidía la tormenta y la sensación extraña de María. Solo podía haber sido Addu, para eso era el demonio de la tormenta.
-Cualquier cosa por hacer el juego más divertido-dijo Addu acercándose a él.
-No creo que a Dios y a Lucifer les parezca un juego-comentó Daniel como quien habla del tienpo.
-No tienen por qué enterarse-Addu se acercó más.-¿Quién se lo va a decir? ¿Tú? Para entonces ya estarás muerto.
-Yo no contaría con ello, Addu.-La voz de María salió del disco para amenazarle. La música seguía sonando, pero no había tiempo para prestar demasiada atención.
-María...-saludó Addu con asco.-Eres una traidora para tu especie. Esconder a un ángel...-dijo como si hubiese cometido un pecado impensable.
-Que yo sepa no estoy rompiendo ninguna de las Reglas-contestó ella, acercándose a él con tranquilidad.
-Solo empiezo una nueva era-dijo Addu con orgullo.-Hago lo que debería haberse hecho desde el principio: exterminar a los ángeles.
-No eres tú el que debe decidir eso-dice Daniel.-Ya sabes lo que pasará.
-Sí, los demonios nos quitaremos de en medio a lo que últimamente se ha convertido en una plaga-dijo con asco, mirándole con superioridad.
-El mundo no puede vivir sin ángeles. Acabaríais detruyendoos unos a otros-dijo Daniel.
-¿Y puede vivir sin demonios?-preguntó Addu.
-Hace millones de años, antes de que existiesen los demonios, vivíamos sin ellos. ¿Debo recordarte que te queda algo de ángel?
-No me queda nada-digo con repugnancia. Entonces se giró hacia María, que los observaba.-María, todavía puedes rectificar. Eres un demonio, ven con tu familia. No nos des la espalda por un simple ángel. O serás una traidora para todos nosotros.
Con esas palabras provocó un dilema en la cabeza de María. Solo había dos opciones: ser una traidora para toda su especie y abandonarles por Daniel, o cogerle de la mano a Addu y volver con él a ser la de antes.
Capítulo 13.
-¿Cuál es tu historia?-le preguntó María.
Estaban sentados en un sofá enfrente uno del otro. María tenía los pies encogidos contra su menudo cuerpo y una taza de café entre las manos. Daniel estaba repantingado mirando al techo con otro café. La miró al oír la pregunta.
De fondo sonaba uno de los discos de vinilo de María. Era una canción triste que hablaba sobre la soledad y la incomprensión. La voz de María, tan nostálgica como siempre, hacía que sonase incluso más triste. Y como telón, la lluvia que caía sobre los cristales en un ritmo frenético y tranquilizador a la vez. A causa de ella no habían salido ese día, pues a ninguno les gustaba volar mientras se mojaban.
-Mi historia...-repitió él.- Supongo que la misma de todos, ¿no es cierto? ¿Acaso se diferencia la mía de la tuya?
María negó con la cabeza, contradiciéndole.
-Cada uno tiene su propia historia. Quizá compartamos un destino, pero no es el mismo camino el que tomamos.
-¿Quieres que empiece desde el principio?-preguntó él. Ante el asentimiento de María, volvió a mirar al techo, como si intentase recordar.-No recuerdo el día en que nací. Me gusta pensar que fue en invierno. Todas las fechas importantes de mi vida han sido en invierno. Mis padres eran ángeles. No recuerdo sus caras, ni sus nombres. No tenía ni un año cuando me enviaron aquí, a la tierra. Me enviaron a Alemania, a Berlín, exactamente. Pasé los primeros cuatro años de mi vida en un orfanato del que ni siquiera recuerdo el nombre. Una familia me acogió en Diciembre. Como ya te he dicho, las fechas más importantes de mi vida suelen ser en invierno.
Se quedó callado y María se vió en la obligación de preguntarle:
-¿Era una buena familia?
-No se podía decir que fuese una familia de cuento. O quizá era como la de Hansel y Gretel-dijo con ironía.- De haber sido por mi padre nos hubiese abandonado a mi hermano y a mí en el bosque el primer día. Mi hermano era dos años mayor. Estaba celoso porque creía que nuestra madre me quería más a mí, y no nos llevábamos demasiado bien.
-Pero tú le perdonabas-acabó María. Alzó un hombro.-Típico de los ángeles.
A María no se le pasó desapercivido que Daniel se refería a ellos como "mi padre, mi hermano y mi madre", como si fuesen su familia biológica. Eso demostraba que a pesar de todo les quería.
-No merecía la pena que le guardase rencor- se explicó Daniel con una sonrisa, como si la quisiese demostrar las razones de los ángeles.- Sin embargo, mi padre era mucho peor. Cuando volvía del trabajo mi hermano y yo corríamos a escondernos para que no nos viese. Estaba siempre borracho. Jamás le vi sin una botella de alcohol en la mano. Mi madre le esperaba en la cocina e intentaba hacerle entrar en razón, pero todo le daba igual. Mi madre era un ángel. Me gustaba cuando llegaba por las noches y sus zapatos resonaban por la casa. Entraba en mi habitación para darme un beso y se iba a dormir. Olía a romero. Desde entonces, ese sonido y ese olor han representado la seguridad.
María podía fácilmente imaginárselo de niño, con cuatro años recién cumplidos. El pelo rubio y los luminosos ojos azules. Las majillas arreboladas y los andares torpes y dulces. Haciéndose querer siempre por todos.
»Cuando cumplí veinte años me fui a recorrer el mundo. De Alemania me fui a Rusia, luego a África. Y cuando empezó la Guerra Mundial volví a Europa, a Suiza concretamente, y luego acabé en Francia-me mira dándome a entender que ya conozco el final de la historia.
-¿En qué año naciste apróximadamente?-le preguntó María.
-En el año 1346, más o menos-dijo él.
-Vaya, eres bastante joven.
-¿Más joven que tú?-preguntó divertido.
-Nací hace unos 300 años nada más-contestó María.-Pero tengo más preguntas.
-Adelante.
-¿Recuerdas el Paraíso?
-No. Cuando cumplí los veinte años se me permitió volver, como a todos, pero no creí estar preparado para encontrar a mis padres de nuevo. Recuerdo... sensaciones. Paz, serenidad, equilibrio, felicidad... de cuando estuve ahí en mi primer año de vida. Pero no consigo recordar su aspecto, su olor o sus sonidos. Nada-dijo con desesperación. Como si vivir en esa ignorancia le produjese una tremenda agonía.
La lluvia llenó el silencio que se abrió paso entre los dos. Estaban a tan solo unos metros, pero en esos momentos sus mentes se hallaban a kilómetros luz del otro. María pensaba en cómo habría sido ser un ángel en una familia de humanos influidos más por los demonios que por el lado de la luz. Daniel pensaba en cómo habría sido su vida si hubiese vuelto al Paraíso en vez de quedarse en la Tierra.
Estaban sentados en un sofá enfrente uno del otro. María tenía los pies encogidos contra su menudo cuerpo y una taza de café entre las manos. Daniel estaba repantingado mirando al techo con otro café. La miró al oír la pregunta.
De fondo sonaba uno de los discos de vinilo de María. Era una canción triste que hablaba sobre la soledad y la incomprensión. La voz de María, tan nostálgica como siempre, hacía que sonase incluso más triste. Y como telón, la lluvia que caía sobre los cristales en un ritmo frenético y tranquilizador a la vez. A causa de ella no habían salido ese día, pues a ninguno les gustaba volar mientras se mojaban.
-Mi historia...-repitió él.- Supongo que la misma de todos, ¿no es cierto? ¿Acaso se diferencia la mía de la tuya?
María negó con la cabeza, contradiciéndole.
-Cada uno tiene su propia historia. Quizá compartamos un destino, pero no es el mismo camino el que tomamos.
-¿Quieres que empiece desde el principio?-preguntó él. Ante el asentimiento de María, volvió a mirar al techo, como si intentase recordar.-No recuerdo el día en que nací. Me gusta pensar que fue en invierno. Todas las fechas importantes de mi vida han sido en invierno. Mis padres eran ángeles. No recuerdo sus caras, ni sus nombres. No tenía ni un año cuando me enviaron aquí, a la tierra. Me enviaron a Alemania, a Berlín, exactamente. Pasé los primeros cuatro años de mi vida en un orfanato del que ni siquiera recuerdo el nombre. Una familia me acogió en Diciembre. Como ya te he dicho, las fechas más importantes de mi vida suelen ser en invierno.
Se quedó callado y María se vió en la obligación de preguntarle:
-¿Era una buena familia?
-No se podía decir que fuese una familia de cuento. O quizá era como la de Hansel y Gretel-dijo con ironía.- De haber sido por mi padre nos hubiese abandonado a mi hermano y a mí en el bosque el primer día. Mi hermano era dos años mayor. Estaba celoso porque creía que nuestra madre me quería más a mí, y no nos llevábamos demasiado bien.
-Pero tú le perdonabas-acabó María. Alzó un hombro.-Típico de los ángeles.
A María no se le pasó desapercivido que Daniel se refería a ellos como "mi padre, mi hermano y mi madre", como si fuesen su familia biológica. Eso demostraba que a pesar de todo les quería.
-No merecía la pena que le guardase rencor- se explicó Daniel con una sonrisa, como si la quisiese demostrar las razones de los ángeles.- Sin embargo, mi padre era mucho peor. Cuando volvía del trabajo mi hermano y yo corríamos a escondernos para que no nos viese. Estaba siempre borracho. Jamás le vi sin una botella de alcohol en la mano. Mi madre le esperaba en la cocina e intentaba hacerle entrar en razón, pero todo le daba igual. Mi madre era un ángel. Me gustaba cuando llegaba por las noches y sus zapatos resonaban por la casa. Entraba en mi habitación para darme un beso y se iba a dormir. Olía a romero. Desde entonces, ese sonido y ese olor han representado la seguridad.
María podía fácilmente imaginárselo de niño, con cuatro años recién cumplidos. El pelo rubio y los luminosos ojos azules. Las majillas arreboladas y los andares torpes y dulces. Haciéndose querer siempre por todos.
»Cuando cumplí veinte años me fui a recorrer el mundo. De Alemania me fui a Rusia, luego a África. Y cuando empezó la Guerra Mundial volví a Europa, a Suiza concretamente, y luego acabé en Francia-me mira dándome a entender que ya conozco el final de la historia.
-¿En qué año naciste apróximadamente?-le preguntó María.
-En el año 1346, más o menos-dijo él.
-Vaya, eres bastante joven.
-¿Más joven que tú?-preguntó divertido.
-Nací hace unos 300 años nada más-contestó María.-Pero tengo más preguntas.
-Adelante.
-¿Recuerdas el Paraíso?
-No. Cuando cumplí los veinte años se me permitió volver, como a todos, pero no creí estar preparado para encontrar a mis padres de nuevo. Recuerdo... sensaciones. Paz, serenidad, equilibrio, felicidad... de cuando estuve ahí en mi primer año de vida. Pero no consigo recordar su aspecto, su olor o sus sonidos. Nada-dijo con desesperación. Como si vivir en esa ignorancia le produjese una tremenda agonía.
La lluvia llenó el silencio que se abrió paso entre los dos. Estaban a tan solo unos metros, pero en esos momentos sus mentes se hallaban a kilómetros luz del otro. María pensaba en cómo habría sido ser un ángel en una familia de humanos influidos más por los demonios que por el lado de la luz. Daniel pensaba en cómo habría sido su vida si hubiese vuelto al Paraíso en vez de quedarse en la Tierra.
domingo, 8 de mayo de 2011
Capítulo 12.
-Balban, necesito más-dijo María. Se había levanado de buen humor, pero el demonio la estaba impacientando.
-¿Más? Te he dicho todo lo que sé.-Balban estaba asustado. María no estaba contenta y a él le daba miedo cuando no estaba satisfecha. María era la única mujer respetable en el Infierno con la que no se podían andar con bromas. Era poderosa, todos lo sabían.
-No es suficiente-le susurró por encima de la mesa, amenazante.
Estaban en Argentina, en un bonito café situado en mitad de ninguna parte. El campo se extendía mucho más allá de lo que su vista alcanzaba a contemplar. El sol, en lo alto del cielo, se burlaba de ellos, rodeado por un cielo de un intenso color azul. El calor era sofocante y Balban estaba sudando, lo que a María le resultaba bastante asqueroso. Ella estaba fresca, como si no notase el calor. O como si ni el mismo sol se atreviese a molestarla, pensó Balban. María le miró a través de sus oscuras gafas de sol. Balban se apartó el cuello de la camiseta con un dedo, como si se estuviese ahogando, y compuso una mueca. Nunca le habían gustado los sitios con tanto calor, pero la comida argentina era su favorita.
-¿Qué quieres saber?-la preguntó con desesperación. Solo quería que estuviese contenta y así poder seguir con su vida.
-¿Por qué Addu quiere matar a Daniel?
-Pregúntaselo a él- la contestó.
-Ya lo he hecho. Pero él niega conocerle y no me quiere dar explicaciones-dijo, irritada.
-Lógico-dijo como si fuese obvio. María alzó una ceja para que se explicase.-Ningún demonio con dos dedos de frente admitiría en alto que quiere romper una de las Reglas. Acaso que desea morir, o algo peor.
-¿Estás seguro de sus intenciones?-le preguntó. Balban asintió con vehemencia, abriendo mucho los ojos.
-Yo mismo le oí decirlo, después de cruzarse con el ángel-aseguró.
-¿Le estabas espiando?-preguntó María, incrédula.
-No, claro que no. Tan sólo pasaba por allí y lo oí por accidente...-intentó escusarse Balban sin mirarla a los ojos.
María soltó una carcajada.
-Balban, eres un sucio y rastrero espía-se rió de él.
-Bueno, pues gracias a eso tienes tu información- se enfadó Balban. Lo cierto era que a María en esos momentos la venía realmente bien.
-¿Qué sucedió?¿Qué hizo Dan...el ángel-rectificó- para que Addu dijese eso.
Si un demonio se enteraba del aprecio que le tenía a un ángel no tardaría en ser expulsada del Infierno, o algo muchísimo peor. Tenía que evitar llamarle por su nombre, porque eso lo diferenciaría de los otros ángeles y se suponía que no debía tener preferencias.
-¿Quién sabe?-se encogió de hombros.-Yo solo vi que fue a por el ángel, pero él no le vió y echó a volar. Addu se quedó en la tierra en vez de ir a por él y juró que lo mataría aunque lo castigasen por ello. Estaba muy cabreado.
María se quedó pensativa. A lo mejor debería preguntar a Daniel. Sí, eso haría. Era extraño, normalmente Addu se ponía furioso cuando le cabreaban, no en vano era el demonio de la tormenta, pero solía guardar la calma y jamás había amenazado con matar a nadie. ¿Qué habría ocurrido?
Volvió a Barcelona cuando ya había anochecido. La casa estaba a oscuras. Fue a la habitación de Dorothea y se la encontró durmiendo. Raro en ella, que siempre la esperaba hasta que volvía.
Daniel estaba tumbado en la cama, mirando el techo y escuchando tan solo el silencio. La puerta se abrió con el mínimo ruido y unos tacones resonaron por la casa. María debía de haber vuelto. Unos tacones que marcaban a cada paso el mismo ritmo que su corazón, expectante. El sonido era como un pequeño golpe en cada uno de sus huesos, pero no era desagradable, incluso le taría recuerdos.
Los tacones se dirigieron a la habitación de Dorothea y luego al cuarto de María. Pero cambió de opinión y se fueron acercando a la habitación de Daniel. Éste se incorporó la cama y se quedó mirando la puerta, que se abrió dejando pasar a María.
-¿Qué le has hecho a la pobre Dorothea?-susurró con una sonrisa.
-¿Todavía no se ha despertado?-preguntó, alarmado. María negó con la cabeza.-Me dijo que era un ángel y, de repente, se desmayó.
María no pudo evitar soltar una carcajada.
-¿Es la reacción que produces en todas las mujeres?
-Dios, espero que no-dijo él. Se miraron fijamente, hasta que María desvió la mirada. ¿Qué la pasaba? Se estaba comportando como una adolescente llena de hormonas. Ella nunca actuaba de esa manera. Ella siempre lo controlaba todo.
Notó que se había ruborizado ante la mirada del ángel, pero confió en que estuviese lo suficientemente oscuro para que él no lo notase. Pero Daniel lo notó.
-¿Más? Te he dicho todo lo que sé.-Balban estaba asustado. María no estaba contenta y a él le daba miedo cuando no estaba satisfecha. María era la única mujer respetable en el Infierno con la que no se podían andar con bromas. Era poderosa, todos lo sabían.
-No es suficiente-le susurró por encima de la mesa, amenazante.
Estaban en Argentina, en un bonito café situado en mitad de ninguna parte. El campo se extendía mucho más allá de lo que su vista alcanzaba a contemplar. El sol, en lo alto del cielo, se burlaba de ellos, rodeado por un cielo de un intenso color azul. El calor era sofocante y Balban estaba sudando, lo que a María le resultaba bastante asqueroso. Ella estaba fresca, como si no notase el calor. O como si ni el mismo sol se atreviese a molestarla, pensó Balban. María le miró a través de sus oscuras gafas de sol. Balban se apartó el cuello de la camiseta con un dedo, como si se estuviese ahogando, y compuso una mueca. Nunca le habían gustado los sitios con tanto calor, pero la comida argentina era su favorita.
-¿Qué quieres saber?-la preguntó con desesperación. Solo quería que estuviese contenta y así poder seguir con su vida.
-¿Por qué Addu quiere matar a Daniel?
-Pregúntaselo a él- la contestó.
-Ya lo he hecho. Pero él niega conocerle y no me quiere dar explicaciones-dijo, irritada.
-Lógico-dijo como si fuese obvio. María alzó una ceja para que se explicase.-Ningún demonio con dos dedos de frente admitiría en alto que quiere romper una de las Reglas. Acaso que desea morir, o algo peor.
-¿Estás seguro de sus intenciones?-le preguntó. Balban asintió con vehemencia, abriendo mucho los ojos.
-Yo mismo le oí decirlo, después de cruzarse con el ángel-aseguró.
-¿Le estabas espiando?-preguntó María, incrédula.
-No, claro que no. Tan sólo pasaba por allí y lo oí por accidente...-intentó escusarse Balban sin mirarla a los ojos.
María soltó una carcajada.
-Balban, eres un sucio y rastrero espía-se rió de él.
-Bueno, pues gracias a eso tienes tu información- se enfadó Balban. Lo cierto era que a María en esos momentos la venía realmente bien.
-¿Qué sucedió?¿Qué hizo Dan...el ángel-rectificó- para que Addu dijese eso.
Si un demonio se enteraba del aprecio que le tenía a un ángel no tardaría en ser expulsada del Infierno, o algo muchísimo peor. Tenía que evitar llamarle por su nombre, porque eso lo diferenciaría de los otros ángeles y se suponía que no debía tener preferencias.
-¿Quién sabe?-se encogió de hombros.-Yo solo vi que fue a por el ángel, pero él no le vió y echó a volar. Addu se quedó en la tierra en vez de ir a por él y juró que lo mataría aunque lo castigasen por ello. Estaba muy cabreado.
María se quedó pensativa. A lo mejor debería preguntar a Daniel. Sí, eso haría. Era extraño, normalmente Addu se ponía furioso cuando le cabreaban, no en vano era el demonio de la tormenta, pero solía guardar la calma y jamás había amenazado con matar a nadie. ¿Qué habría ocurrido?
Volvió a Barcelona cuando ya había anochecido. La casa estaba a oscuras. Fue a la habitación de Dorothea y se la encontró durmiendo. Raro en ella, que siempre la esperaba hasta que volvía.
Daniel estaba tumbado en la cama, mirando el techo y escuchando tan solo el silencio. La puerta se abrió con el mínimo ruido y unos tacones resonaron por la casa. María debía de haber vuelto. Unos tacones que marcaban a cada paso el mismo ritmo que su corazón, expectante. El sonido era como un pequeño golpe en cada uno de sus huesos, pero no era desagradable, incluso le taría recuerdos.
Los tacones se dirigieron a la habitación de Dorothea y luego al cuarto de María. Pero cambió de opinión y se fueron acercando a la habitación de Daniel. Éste se incorporó la cama y se quedó mirando la puerta, que se abrió dejando pasar a María.
-¿Qué le has hecho a la pobre Dorothea?-susurró con una sonrisa.
-¿Todavía no se ha despertado?-preguntó, alarmado. María negó con la cabeza.-Me dijo que era un ángel y, de repente, se desmayó.
María no pudo evitar soltar una carcajada.
-¿Es la reacción que produces en todas las mujeres?
-Dios, espero que no-dijo él. Se miraron fijamente, hasta que María desvió la mirada. ¿Qué la pasaba? Se estaba comportando como una adolescente llena de hormonas. Ella nunca actuaba de esa manera. Ella siempre lo controlaba todo.
Notó que se había ruborizado ante la mirada del ángel, pero confió en que estuviese lo suficientemente oscuro para que él no lo notase. Pero Daniel lo notó.
Capítulo 11.
-¿Por qué piensas eso?-la preguntó Daniel sin contestar a su pregunta. Dorothea se encogió de hombros con una sonrisa.
-Seré vieja, pero eso no significa que esté ciega.-Daniel sonrió avergonzado, mirando sus pies descalzos.-Le conviene a María tener amigos como usted.-Dorothea dijo amigos con un tono que implicaba algo más, alzando las cejas y provocando más arrugas en su frente.
-¿A qué te refieres?-preguntó Daniel con curiosidad.
-Los amigos de mi ama suelen ser malas personas. Son descarados, estruendosos y malvados-susurró con una mirada asustada, como si tuviese miedo de que apareciesen de un momento a otro y la castigasen.-Usted, sin embargo, me sorprendió. La primera vez que le ví supe que usted era de confianza, honrado y amable. ¡Incluso me ofreció sentarme con usted como si estuviese a su altura! Ellos jamás me trataron así. Me miraban con condescendencia y me trataban como a un animal.-Abrazó su menudo cuerpo con fuerza, como si se protegiese. Miaraba con sus ojillos negros a un lado y a otro, temerosa.
Daniel se maravilló del poder intuitivo de esa mujer. Se había dado cuenta de lo malvados que eran los demonios, y el aura honrada que desprendía él como ángel. Cualquier humano habría caído en la trampa de los demonios confiando en ellos sin darse cuenta.
-¿Sabes tú dónde está María?-la preguntó. Ella nunca le decía adonde iba y lo guardaba en secreto, lo que lo hacía aún más misterioso. El problema era que María seguía siendo un demonio, lo que implicaba que era traicionero. Daniel sabía que era probable que estuviese delatando su paradero a sus cazadores o le estuviese tendiendo una trampa. Y, sin embargo, Daniel confiaba en ella.
-Mi trabajo implica no preguntar-dijo Dorothea.-Debo ser discreta, debo ser discreta-repitió primero en un susurro y cada vez más bajo hasta que se hizo ininteligible. Como una lección que se hubiese tenido que aprender de malas maneras.
-De acuerdo, de acuerdo-la tranquilizó él, posándola una mano en el hombro. Dorothea se asustó ante el contacto, pero una sonrisa de gratitud no tardó en iluminar su cara, mientras agarraba fuerte la mano de Daniel contra ella.
-Es usted un ángel-susurró, con los ojos brillantes por las lágrimas de felicidad. Daniel se asustó ante aquella afirmación. La vieja era realmente espabilada. Un segundo después, Dorothea se desplomó sobre el sofá, con todo el peso de su menudo y estrecho cuerpo.
Daniel la cogió en brazos sin demasiado esfuerzo y la llevó con cuidado a una habitación que pensó sería la suya. La dejó en la cama y la apoyó un paño frío en la cabeza. Por suerte solo se había desmayado y no tardaría en volver en sí. Era una persona mayor y las emociones fuertes no la sentaban nada bien.
Daniel se imaginó lo horrible que sería ser un humano que sirviese a un demonio. Las crueldades que habría tenido que soportar la pobre Dorothea. Pero se notaba que era una mujer fuerte, porque no en vano había aguantado diez años trabajando para María. Pero se veía que estaba asustada. ¿A qué clase de gente habría llevado a esa casa María? ¿Y qué clase de cosas habría tenido que aguantar Dorothea para estar tan asustada? Nada bueno, desde luego. Y lo demostraba su tono cuando había dicho "Debo ser discreta". Evidentemente María la habría hecho prometer ciertas cosas como discreción, no preguntar, no molestarla o no desobedecerla, pero no de buenas maneras, eso seguro.
María era un demonio, no podía esperarse que fuese amable; no estaba en su naturaleza. Pero estaba cambiando, Daniel lo notaba. Sus ojos no eran tan frios, su voz había adquirido cierta pasión, y no había atormentado a tantos humanos últimamente. Quizá porque él estaba delante y sabía que se lo impediría. De cualquier manera, María no era mala persona y Daniel lo sabía. Recordó como tocaba el piano. Estaba cambiando y estaba asustada. ¿Quién no lo estaría?
-Seré vieja, pero eso no significa que esté ciega.-Daniel sonrió avergonzado, mirando sus pies descalzos.-Le conviene a María tener amigos como usted.-Dorothea dijo amigos con un tono que implicaba algo más, alzando las cejas y provocando más arrugas en su frente.
-¿A qué te refieres?-preguntó Daniel con curiosidad.
-Los amigos de mi ama suelen ser malas personas. Son descarados, estruendosos y malvados-susurró con una mirada asustada, como si tuviese miedo de que apareciesen de un momento a otro y la castigasen.-Usted, sin embargo, me sorprendió. La primera vez que le ví supe que usted era de confianza, honrado y amable. ¡Incluso me ofreció sentarme con usted como si estuviese a su altura! Ellos jamás me trataron así. Me miraban con condescendencia y me trataban como a un animal.-Abrazó su menudo cuerpo con fuerza, como si se protegiese. Miaraba con sus ojillos negros a un lado y a otro, temerosa.
Daniel se maravilló del poder intuitivo de esa mujer. Se había dado cuenta de lo malvados que eran los demonios, y el aura honrada que desprendía él como ángel. Cualquier humano habría caído en la trampa de los demonios confiando en ellos sin darse cuenta.
-¿Sabes tú dónde está María?-la preguntó. Ella nunca le decía adonde iba y lo guardaba en secreto, lo que lo hacía aún más misterioso. El problema era que María seguía siendo un demonio, lo que implicaba que era traicionero. Daniel sabía que era probable que estuviese delatando su paradero a sus cazadores o le estuviese tendiendo una trampa. Y, sin embargo, Daniel confiaba en ella.
-Mi trabajo implica no preguntar-dijo Dorothea.-Debo ser discreta, debo ser discreta-repitió primero en un susurro y cada vez más bajo hasta que se hizo ininteligible. Como una lección que se hubiese tenido que aprender de malas maneras.
-De acuerdo, de acuerdo-la tranquilizó él, posándola una mano en el hombro. Dorothea se asustó ante el contacto, pero una sonrisa de gratitud no tardó en iluminar su cara, mientras agarraba fuerte la mano de Daniel contra ella.
-Es usted un ángel-susurró, con los ojos brillantes por las lágrimas de felicidad. Daniel se asustó ante aquella afirmación. La vieja era realmente espabilada. Un segundo después, Dorothea se desplomó sobre el sofá, con todo el peso de su menudo y estrecho cuerpo.
Daniel la cogió en brazos sin demasiado esfuerzo y la llevó con cuidado a una habitación que pensó sería la suya. La dejó en la cama y la apoyó un paño frío en la cabeza. Por suerte solo se había desmayado y no tardaría en volver en sí. Era una persona mayor y las emociones fuertes no la sentaban nada bien.
Daniel se imaginó lo horrible que sería ser un humano que sirviese a un demonio. Las crueldades que habría tenido que soportar la pobre Dorothea. Pero se notaba que era una mujer fuerte, porque no en vano había aguantado diez años trabajando para María. Pero se veía que estaba asustada. ¿A qué clase de gente habría llevado a esa casa María? ¿Y qué clase de cosas habría tenido que aguantar Dorothea para estar tan asustada? Nada bueno, desde luego. Y lo demostraba su tono cuando había dicho "Debo ser discreta". Evidentemente María la habría hecho prometer ciertas cosas como discreción, no preguntar, no molestarla o no desobedecerla, pero no de buenas maneras, eso seguro.
María era un demonio, no podía esperarse que fuese amable; no estaba en su naturaleza. Pero estaba cambiando, Daniel lo notaba. Sus ojos no eran tan frios, su voz había adquirido cierta pasión, y no había atormentado a tantos humanos últimamente. Quizá porque él estaba delante y sabía que se lo impediría. De cualquier manera, María no era mala persona y Daniel lo sabía. Recordó como tocaba el piano. Estaba cambiando y estaba asustada. ¿Quién no lo estaría?
Capítulo 10.
En su sueño María iba vestida de blanco. Las alas a su espalda creaban luz en vez de absorberla. Su cabello, una cascada indómita de azabache, se movía a su alrededor tapándola la visión de vez en cuando, cuando el viento se lo colocaba en delante de los ojos. Una sonrisa iluminaba su cara, y hasta sus pecas parecían brillar. Una alegre música sonaba mientras ella se acercaba entre pequeños brincos a él, hasta quedar justo enfrente.
Abrió un ojo, molesto por la luz que se colaba por su ventana. La música alegre de su sueño seguía resonando, y dudó por un momento que se hubiese despertado. Pero un golpe en la rodilla cuando se dirigía hacia la puerta acabó por convencerle. Soltó una maldición por lo bajo y abrió la puerta mientras se ponía una camisa blanca.
El sonido era demasiado puro como para tratarse de un disco de vinilo. La melodía era aguda, rápida, tocada con buen humor. No pudo identificar de quién era, no la había escuchado en su vida.
Cuando llegó al salón encontró a María, sonriente, sentada al piano. Se apoyó en el marco de la puerta con una media sonrisa y las manos en los bolsillos de los oscuros pantalones, deleitándose contemplando como tocaba el piano.
Acabó al fin con una nota aguda, y se giró para mirarle todavía con una sonrisa. Daniel estaba absolutamente asombrado con María: cambiaba más que el viento. Podía estar enfadada y de repente estar contenta tanto como echarse a llorar al minuto siguiente.
-¿Has descansado?-le preguntó.
-Umm...-asintió él mientras se estiraba, complacido por el sueño que había tenido.-Te has colado en mis sueños.-María puso cara de susto y Daniel rectificó antes de que saliese corriendo:- Quiero decir que la música se ha colado en mis sueños.
-Es de mis canciones favoritas.-Sonrió y el mundo pareció iluminarse para Daniel. ¿Cómo un demonio podía tener una sonrisa tan encantadora? Daniel sonrió a su vez.
-¿La has compuesto tú?
María asintió y le preguntó, de buen humor:
-¿Te apetece desayunar?
Apareció por la puerta de la cocina una pequeña señora de unos 60 años, de tez pálida y un poco escuálida, con una bandeja de plata entre las manos. La ausencia de alas en su espalda indicaba que era humana. Daniel no recordaba haberla visto ahí el día anterior, pero supuso que sería la doncella de María que se habría traído de París. En la bandeja había tostadas, café, pastas, bollos, leche, huevos, bacon y té. Solo de verlo a Daniel le entró hambre.
-Vous pouvez sortir, Dorothea-dijo María en perfecto francés, indicando la procedencia de la doncella. Ésta inclinó la cabeza en una pequeña reverencia antes de salir por la puerta, lanzándole una mirada curiosa a Daniel antes de irse.
-Espero que no hagas sufrir mucho a la pobre Dorothea-dijo Daniel.
-Solo lo justo-contestó María de nuevo contenta mientras mordía una tostada.
Daniel se sirvió huevos con bacon acompañados de un café. Comió como si hubiese estado en ayunas durante días, pero luego se sintió mal al pensar en lo explotada que debía estar Dorothea para preparar semejante desayuno.
-Tengo que salir un momento-dijo María agarrando un bolso negro cuando acabó de desayunar. Dudó un momento antes de decirle:-Tú espérame aquí.
Daniel siguió desayunando, ahora solo. Dorothea apareció por la puerta del salón con timidez.
-¿Quieres acompañarme mientras desayunamos?-la ofreció Daniel. Todos los ángeles y los demonios nacían dominando absolutamente todos los idiomas. Era algo necesario debido al continuo cambio de domicilio por todo el mundo. Cuando estaban en Francia María y él habían hablado en Francés, pero ahora que estaban en España se habían pasado a hablar el Español, que era uno de sus idiomas favoritos.
Dorothea aceptó y se sentó en el sofá de enfrente de Daniel sin probar bocado, mientras observaba fijamente como el ángel engullía la deliciosa comida que había preparado.
-¿Cuánto llevas trabajando para María?-la preguntó, para iniciar conversación. Dorothea se quedó pensativa un momento, antes de contestar:
-Unos diez años-tenía la voz un poco rota, pero amable.- ¿Y usted cuánto tiempo lleva casado con ella?-le preguntó, provocando que se ahogase con un trago de café que acababa de ingerir.
-Yo no estoy casado con ella-contestó cuando al fin se recompuso. Dorothea se sorprendió ante esa afirmación.
-Entonces, ¿cuánto tiempo lleva usted enamorado de ella?
Abrió un ojo, molesto por la luz que se colaba por su ventana. La música alegre de su sueño seguía resonando, y dudó por un momento que se hubiese despertado. Pero un golpe en la rodilla cuando se dirigía hacia la puerta acabó por convencerle. Soltó una maldición por lo bajo y abrió la puerta mientras se ponía una camisa blanca.
El sonido era demasiado puro como para tratarse de un disco de vinilo. La melodía era aguda, rápida, tocada con buen humor. No pudo identificar de quién era, no la había escuchado en su vida.
Cuando llegó al salón encontró a María, sonriente, sentada al piano. Se apoyó en el marco de la puerta con una media sonrisa y las manos en los bolsillos de los oscuros pantalones, deleitándose contemplando como tocaba el piano.
Acabó al fin con una nota aguda, y se giró para mirarle todavía con una sonrisa. Daniel estaba absolutamente asombrado con María: cambiaba más que el viento. Podía estar enfadada y de repente estar contenta tanto como echarse a llorar al minuto siguiente.
-¿Has descansado?-le preguntó.
-Umm...-asintió él mientras se estiraba, complacido por el sueño que había tenido.-Te has colado en mis sueños.-María puso cara de susto y Daniel rectificó antes de que saliese corriendo:- Quiero decir que la música se ha colado en mis sueños.
-Es de mis canciones favoritas.-Sonrió y el mundo pareció iluminarse para Daniel. ¿Cómo un demonio podía tener una sonrisa tan encantadora? Daniel sonrió a su vez.
-¿La has compuesto tú?
María asintió y le preguntó, de buen humor:
-¿Te apetece desayunar?
Apareció por la puerta de la cocina una pequeña señora de unos 60 años, de tez pálida y un poco escuálida, con una bandeja de plata entre las manos. La ausencia de alas en su espalda indicaba que era humana. Daniel no recordaba haberla visto ahí el día anterior, pero supuso que sería la doncella de María que se habría traído de París. En la bandeja había tostadas, café, pastas, bollos, leche, huevos, bacon y té. Solo de verlo a Daniel le entró hambre.
-Vous pouvez sortir, Dorothea-dijo María en perfecto francés, indicando la procedencia de la doncella. Ésta inclinó la cabeza en una pequeña reverencia antes de salir por la puerta, lanzándole una mirada curiosa a Daniel antes de irse.
-Espero que no hagas sufrir mucho a la pobre Dorothea-dijo Daniel.
-Solo lo justo-contestó María de nuevo contenta mientras mordía una tostada.
Daniel se sirvió huevos con bacon acompañados de un café. Comió como si hubiese estado en ayunas durante días, pero luego se sintió mal al pensar en lo explotada que debía estar Dorothea para preparar semejante desayuno.
-Tengo que salir un momento-dijo María agarrando un bolso negro cuando acabó de desayunar. Dudó un momento antes de decirle:-Tú espérame aquí.
Daniel siguió desayunando, ahora solo. Dorothea apareció por la puerta del salón con timidez.
-¿Quieres acompañarme mientras desayunamos?-la ofreció Daniel. Todos los ángeles y los demonios nacían dominando absolutamente todos los idiomas. Era algo necesario debido al continuo cambio de domicilio por todo el mundo. Cuando estaban en Francia María y él habían hablado en Francés, pero ahora que estaban en España se habían pasado a hablar el Español, que era uno de sus idiomas favoritos.
Dorothea aceptó y se sentó en el sofá de enfrente de Daniel sin probar bocado, mientras observaba fijamente como el ángel engullía la deliciosa comida que había preparado.
-¿Cuánto llevas trabajando para María?-la preguntó, para iniciar conversación. Dorothea se quedó pensativa un momento, antes de contestar:
-Unos diez años-tenía la voz un poco rota, pero amable.- ¿Y usted cuánto tiempo lleva casado con ella?-le preguntó, provocando que se ahogase con un trago de café que acababa de ingerir.
-Yo no estoy casado con ella-contestó cuando al fin se recompuso. Dorothea se sorprendió ante esa afirmación.
-Entonces, ¿cuánto tiempo lleva usted enamorado de ella?
sábado, 7 de mayo de 2011
Capítulo 9.
Daniel pasó los dedos por las teclas del piano con suavidad, sin producir sonido alguno.
María había vuelto a París Dios sabe para qué, después de dejarle en su casa de Barcelona, donde ella aseguraba que estaría protegido. La sentía lejos, pero sabía que en un batir de alas estaría pronto con ella.
Desde la ventana del pequeño piso se veía como se ponía el sol sobre la Sagrada Familia. Los pájaros lanzaban sus últimos cantos y la gente volvía a sus casas. Daniel se preguntó qué estaría haciendo María en esos momentos.
Después de tocar un par de notas al azar, se levantó de la silla del piano y se puso a recorrer la casa. Estaba todo muy bien decorado y ordenado, con un aire clásico. Los muebles de oscura caoba, las estanterías repletas de libros y las camas estiradas hasta quedar como un cuadro.
En el salón un aparato le llamó especialmente la atención. Se dirigió hacia él con curiosidad. Era un gramófono apoyado en una pequeña mesa alta. Un aparato muy nuevo por esos tiempos y que siempre le había fascinado. Buscó un disco para ponerlo. Los encontró al fondo de un cajón debajo del gramófono, en una caja roja. Recorrió los discos de vinilo, escogió uno al azar y lo colocó en el aparato, poniendo la aguja encima.
Una bonita melodía de piano empezó a sonar, con notas dulces y lentas. Una voz de mujer se colocó por encima del piano. No era perfecta, a veces se distorsionaba, pero eso solo conseguía hacerla de mayor belleza. Cantaba una canción en francés. Daniel no se fijó en lo que decía, tan solo en el timbre de la voz. Nostálgica, triste, rota, melancólica y lejana. Transmitía un potente remolino de emociones a cada palabra, haciéndole estremecer. Como ángel que era, no pudo evitar maravillarse ante tal belleza.
Se quedó tan absorbido escuchándolo, que no se enteró cuando llegó María.
-Vaya, los has encontrado-dijo.
Daniel se sobresaltó en su interior, pero no porque le hubiese asustado al llegar tan silenciosamente, sino porque se dió cuenta de quién era la mujer que cantaba. Pero no dijo nada.
-Son de hace unos años, nada más-explicó ella con indiferencia.- Se ofrecieron a grabarme cantando y tocando el piano para probar el nuevo invento.
-Tienes talento-dijo él.
-No lo creo-se rió ella.
-Es un arte precioso, el de la música-dijo Daniel pasando un dedo por las curvas que dibujaba el gramófono.
-Precisamente por eso-susurró ella. Daniel la miró y la encontró al borde de las lágrimas.-Se supone que debo oponerme.
Daniel dió un paso para consolarla, alzando un brazo.Pero María se asustó y dió otro paso hacia atrás, como si tuviese miedo de tocarle. Nunca la había visto tan frágil, vulnerable e incontrolada. Ella, que siempre lo tenía todo calculado y era tan fuerte. Se secó las lágrimas que habían acabado por derramarse, con enfado. ¿Qué hacía llorando delante de un ángel?
-Me voy a dormir. Ha sido un día muy largo-dijo ella, recompuesta ya del todo y con la mirada fría. Se dirigió por el pasillo hacia su cuarto, decorado de tonos pastel, y antes de cerrar la puerta se giró por última vez hacia Daniel.-Tu cuarto es el de enfrente.-Y cerró la puerta, como si cerrase la muralla que la separaba del mundo, dejando a Daniel fuera.
El ángel siguió escuchando el disco de vinilo hasta que acabó, escuchando la dulce voz de un demonio, de María. Nunca había escuchado una voz igual. Una voz que sentía y transmitía sensaciones que lo atrapaban y sumían en otro mundo. Un mundo del que María se había encargado de apartarle.
Se dirigió por última vez, antes de irse a dormir, al balcón. Observó las estrellas que iluminaban Barcelona, acompañando a sus alas. Las calles estaban silenciosas y la ciudad parecía incluso más mágica que de día. Se preguntó cómo habría sido la vida de María en esa ciudad, tantos años atrás.
La luna, en lo alto del cielo, dibujaba una sonrisa ladeada cuando Daniel se fue por fin a dormir.
María había vuelto a París Dios sabe para qué, después de dejarle en su casa de Barcelona, donde ella aseguraba que estaría protegido. La sentía lejos, pero sabía que en un batir de alas estaría pronto con ella.
Desde la ventana del pequeño piso se veía como se ponía el sol sobre la Sagrada Familia. Los pájaros lanzaban sus últimos cantos y la gente volvía a sus casas. Daniel se preguntó qué estaría haciendo María en esos momentos.
Después de tocar un par de notas al azar, se levantó de la silla del piano y se puso a recorrer la casa. Estaba todo muy bien decorado y ordenado, con un aire clásico. Los muebles de oscura caoba, las estanterías repletas de libros y las camas estiradas hasta quedar como un cuadro.
En el salón un aparato le llamó especialmente la atención. Se dirigió hacia él con curiosidad. Era un gramófono apoyado en una pequeña mesa alta. Un aparato muy nuevo por esos tiempos y que siempre le había fascinado. Buscó un disco para ponerlo. Los encontró al fondo de un cajón debajo del gramófono, en una caja roja. Recorrió los discos de vinilo, escogió uno al azar y lo colocó en el aparato, poniendo la aguja encima.
Una bonita melodía de piano empezó a sonar, con notas dulces y lentas. Una voz de mujer se colocó por encima del piano. No era perfecta, a veces se distorsionaba, pero eso solo conseguía hacerla de mayor belleza. Cantaba una canción en francés. Daniel no se fijó en lo que decía, tan solo en el timbre de la voz. Nostálgica, triste, rota, melancólica y lejana. Transmitía un potente remolino de emociones a cada palabra, haciéndole estremecer. Como ángel que era, no pudo evitar maravillarse ante tal belleza.
Se quedó tan absorbido escuchándolo, que no se enteró cuando llegó María.
-Vaya, los has encontrado-dijo.
Daniel se sobresaltó en su interior, pero no porque le hubiese asustado al llegar tan silenciosamente, sino porque se dió cuenta de quién era la mujer que cantaba. Pero no dijo nada.
-Son de hace unos años, nada más-explicó ella con indiferencia.- Se ofrecieron a grabarme cantando y tocando el piano para probar el nuevo invento.
-Tienes talento-dijo él.
-No lo creo-se rió ella.
-Es un arte precioso, el de la música-dijo Daniel pasando un dedo por las curvas que dibujaba el gramófono.
-Precisamente por eso-susurró ella. Daniel la miró y la encontró al borde de las lágrimas.-Se supone que debo oponerme.
Daniel dió un paso para consolarla, alzando un brazo.Pero María se asustó y dió otro paso hacia atrás, como si tuviese miedo de tocarle. Nunca la había visto tan frágil, vulnerable e incontrolada. Ella, que siempre lo tenía todo calculado y era tan fuerte. Se secó las lágrimas que habían acabado por derramarse, con enfado. ¿Qué hacía llorando delante de un ángel?
-Me voy a dormir. Ha sido un día muy largo-dijo ella, recompuesta ya del todo y con la mirada fría. Se dirigió por el pasillo hacia su cuarto, decorado de tonos pastel, y antes de cerrar la puerta se giró por última vez hacia Daniel.-Tu cuarto es el de enfrente.-Y cerró la puerta, como si cerrase la muralla que la separaba del mundo, dejando a Daniel fuera.
El ángel siguió escuchando el disco de vinilo hasta que acabó, escuchando la dulce voz de un demonio, de María. Nunca había escuchado una voz igual. Una voz que sentía y transmitía sensaciones que lo atrapaban y sumían en otro mundo. Un mundo del que María se había encargado de apartarle.
Se dirigió por última vez, antes de irse a dormir, al balcón. Observó las estrellas que iluminaban Barcelona, acompañando a sus alas. Las calles estaban silenciosas y la ciudad parecía incluso más mágica que de día. Se preguntó cómo habría sido la vida de María en esa ciudad, tantos años atrás.
La luna, en lo alto del cielo, dibujaba una sonrisa ladeada cuando Daniel se fue por fin a dormir.
Capítulo 8.
-Vamos, María, ya me conoces. Sabes que yo nunca me saltaría una de las Reglas-la aseguró Addu con una sonrisa.
-Lo sé, Addu, pero me lo dijo una fuente fiable y dudé.-Alzó un hombro con elegancia. María iba enfundada en un bonito vestido negro con encaje en el cuello de barco, que dejaba ver un tatuaje oscuro de unas alas en su hombro derecho. Una bolita negra colgaba de una cadena de plata: su esencia demoníaca. Ya no la necesitaba, pero la guardaba como recuerdo. En su cabeza se posaba un sombrero de ala ancha del mismo color, y a su espalda seguían las alas, absorbiendo la luz del restaurante.
-Pues esa fuente no es tan fiable si te mintió-sonrió él.
-Supongo que sí-sonrió a su vez María. ¿Cómo se había atrevido a poner en duda las intenciones de un amigo por un demonio engañoso? Era obvio que Addu no tenía intenciones de hacer nada parecido. No se iba a arriesgar al castigo que conllevaría romper una de las Reglas. María se estremeció al pensar en lo que supondría ese castigo. Nadie sabía cuál era exactamente, pero corrían rumores sobre una eternidad de torturas en una cárcel, haciéndote suplicar incluso la muerte. Y la eternidad es mucho tiempo.
Así que nadie era lo suficientemente imbécil, o valiente, para probar el poder de Lucifer y Dios.
-¿Quién es tu fuente?-preguntó Addu con un brillo en la mirada. María dudó. ¿Por qué Addu se interesaba en eso? ¿Debía decírselo? Pero la mirada de Addu la sugirió que sus intenciones no eran buenas, y que si se lo decía Balban correría peligro.
-Nunca desveles tu fuente-dijo ella con una sonrisa. Addu soltó una carcajada, pero la alegría no pasó a sus ojos, donde todavía brillaba una luz calculadora.
-De acuerdo, de acuerdo-alzó las manos dándose por vencido. Pero María tuvo la sensación de que sus intenciones estaban muy lejos de sus palabras.
-¿A dónde te diriges ahora?- preguntó María, cambiando de tema.
-Reino Unido. Me han comentado que hay problemas y me sentiría muy mal si no fuese a empeorarlos-soltó una carcajada.
Addu era un demonio bastante terrible que no convenía tener como enemigo. Había ocasionado las peores tormentas de la historia, llevándose multitud de vidas por delante, y los ángeles no le tenían demasiado aprecio. Los demonios, sin embargo, le respetaban y sabían que no debían entrometerse en su camino.
Por suerte María contaba con él como amigo y no tenía que preocuparse. Podía contarlo como un punto a su favor.
-Pero háblame de ese ángel-siguió Addu. No parecía querer dejar pasar el tema.-A lo mejor debería ir a aclararle que todo ha sido una confusión y no le deseo ningún mal. ¿Sabes dónde está?
María seguía sin fiarse. ¿Por qué era tan insistente?
-No lo sé. Quizá en Italia, he oído que todos los ángeles van ahí últimamente-mintió María. Addu no parecía muy convencido, pero no daba señal de haber notado el engaño.-¿Cómo se llamaba este? Michael, ¿no?-fingió no acordarse.
-Daniel-soltó Addu. Luego se dió cuenta de que jamás debería haberlo dicho. María notó el rencor al pronunciar el nombre, y supo que había mentido cuando dijo no conocerle.
-Eso es...-dijo María. Se miraron fijamente, a ver quien acababa ya con el teatro de una vez por todas. María sonrió falsamente, como si no se diese cuenta. Addu la devolvió la sonrisa pero sin alegría.
María dió gracias porque Addu no supiese el paradero de Daniel, porque de saberlo iría a buscarlo y no precisamente para charlar.
-Bueno, María, debería irme ya-se despidió Addu. La besó la mano y se fue por donde había venido.
María sentía que había traicionado a un amigo por un ángel, que estaba haciendo lo correcto cuando no la correspondía.
Se preguntó si habría hecho lo mismo de haber sido otro ángel, y maldijo a Daniel por haberla cambiado. Se suponía que no debía importarle, pero no podía evitar preocuparse por eso.
Se quedó sentada un rato más, mientras veía el sol ponerse sobre París, tiñéndo la Torre Eiffel de tonos naranjas.
-Lo sé, Addu, pero me lo dijo una fuente fiable y dudé.-Alzó un hombro con elegancia. María iba enfundada en un bonito vestido negro con encaje en el cuello de barco, que dejaba ver un tatuaje oscuro de unas alas en su hombro derecho. Una bolita negra colgaba de una cadena de plata: su esencia demoníaca. Ya no la necesitaba, pero la guardaba como recuerdo. En su cabeza se posaba un sombrero de ala ancha del mismo color, y a su espalda seguían las alas, absorbiendo la luz del restaurante.
-Pues esa fuente no es tan fiable si te mintió-sonrió él.
-Supongo que sí-sonrió a su vez María. ¿Cómo se había atrevido a poner en duda las intenciones de un amigo por un demonio engañoso? Era obvio que Addu no tenía intenciones de hacer nada parecido. No se iba a arriesgar al castigo que conllevaría romper una de las Reglas. María se estremeció al pensar en lo que supondría ese castigo. Nadie sabía cuál era exactamente, pero corrían rumores sobre una eternidad de torturas en una cárcel, haciéndote suplicar incluso la muerte. Y la eternidad es mucho tiempo.
Así que nadie era lo suficientemente imbécil, o valiente, para probar el poder de Lucifer y Dios.
-¿Quién es tu fuente?-preguntó Addu con un brillo en la mirada. María dudó. ¿Por qué Addu se interesaba en eso? ¿Debía decírselo? Pero la mirada de Addu la sugirió que sus intenciones no eran buenas, y que si se lo decía Balban correría peligro.
-Nunca desveles tu fuente-dijo ella con una sonrisa. Addu soltó una carcajada, pero la alegría no pasó a sus ojos, donde todavía brillaba una luz calculadora.
-De acuerdo, de acuerdo-alzó las manos dándose por vencido. Pero María tuvo la sensación de que sus intenciones estaban muy lejos de sus palabras.
-¿A dónde te diriges ahora?- preguntó María, cambiando de tema.
-Reino Unido. Me han comentado que hay problemas y me sentiría muy mal si no fuese a empeorarlos-soltó una carcajada.
Addu era un demonio bastante terrible que no convenía tener como enemigo. Había ocasionado las peores tormentas de la historia, llevándose multitud de vidas por delante, y los ángeles no le tenían demasiado aprecio. Los demonios, sin embargo, le respetaban y sabían que no debían entrometerse en su camino.
Por suerte María contaba con él como amigo y no tenía que preocuparse. Podía contarlo como un punto a su favor.
-Pero háblame de ese ángel-siguió Addu. No parecía querer dejar pasar el tema.-A lo mejor debería ir a aclararle que todo ha sido una confusión y no le deseo ningún mal. ¿Sabes dónde está?
María seguía sin fiarse. ¿Por qué era tan insistente?
-No lo sé. Quizá en Italia, he oído que todos los ángeles van ahí últimamente-mintió María. Addu no parecía muy convencido, pero no daba señal de haber notado el engaño.-¿Cómo se llamaba este? Michael, ¿no?-fingió no acordarse.
-Daniel-soltó Addu. Luego se dió cuenta de que jamás debería haberlo dicho. María notó el rencor al pronunciar el nombre, y supo que había mentido cuando dijo no conocerle.
-Eso es...-dijo María. Se miraron fijamente, a ver quien acababa ya con el teatro de una vez por todas. María sonrió falsamente, como si no se diese cuenta. Addu la devolvió la sonrisa pero sin alegría.
María dió gracias porque Addu no supiese el paradero de Daniel, porque de saberlo iría a buscarlo y no precisamente para charlar.
-Bueno, María, debería irme ya-se despidió Addu. La besó la mano y se fue por donde había venido.
María sentía que había traicionado a un amigo por un ángel, que estaba haciendo lo correcto cuando no la correspondía.
Se preguntó si habría hecho lo mismo de haber sido otro ángel, y maldijo a Daniel por haberla cambiado. Se suponía que no debía importarle, pero no podía evitar preocuparse por eso.
Se quedó sentada un rato más, mientras veía el sol ponerse sobre París, tiñéndo la Torre Eiffel de tonos naranjas.
viernes, 6 de mayo de 2011
Capítulo 7.
-Quieren matarte-le dijo María, desesperada, mientras intentaba recobrar el aliento. Había volado desde París a Barcelona al día siguiente de enterarse, para alertarle. No tenía ni idea de cómo había sabido donde encontrarle, pero había tenido una corazonada y había decidido seguirla, sin importarle dónde acabase.
Había recorrido todas las calles de Barcelona, buscándole, hasta que al fin lo había encontrado sentado en una de las agujas de la Catedral de la Sagrada Familia, mirando al cielo con nostalgia.
-Lo sé-se limitó a decir él.
-¿Y no piensas hacer nada?-preguntó ella, de repente furiosa e indignada contra él. Daniel se limitó a encogerse de hombros con indiferencia.
-España es una ciudad preciosa-dijo, tan solo.-Me dijiste que habías nacido en España, ¿no?- María se dió por vencida y decidió seguirle la corriente, asintiendo y dejando que continuase.- ¿No te trae recuerdos?
-Muchos. -Le señaló una tiendecita de muebles y empezó a contar:-Hace unos 800 años allí había una panadería donde solía comprar pan. -Siguió señalando con el dedo hasta el final de la calle.-Mi madre nos esperaba en esa esquina para ir a ver a mi padre, al campo y llevarle comida.-Señaló a continuación una elevación a las afueras de la ciudad.- En esa colina de allí vivía Lilly, una niña a la que adoraba atormentar. Era una duquesa que estaba siempre deprimida.-Sonrió.
-¿La echas de menos?-la preguntó.
-¿A Lilly? No demasiado, era bastante aburrida.
-No, a tu antigua vida. A la rutina de comprar el pan e ir a ver a tu padre-la miró, dejando de mirar al cielo.
-Supongo que no se puede echar de menos algo que no recuerdas apenas. Tan solo imágenes que me asaltan de vez en cuando-contestó María. Entonces comprendió por qué lo preguntaba, por qué tenía esa mirada nostálgica y por qué había subido hasta ahí arriba para observar el cielo.
Echaba de menos el Paraíso aunque apenas lo recordaba. A muchos ángeles y demonios les pasaba. Tenían un hijo y debían enviarlo a la Tierra a cumplir su función. Normalmente se criaban como niños huérfanos en orfanatos, casas de acogida o sencillamente en la calle.
Daniel recordaba apenas el Paraíso y lo añoraba, supuso María. ¿Cómo debía ser que te arrancasen de tu hogar para mandarte a una dura vida de guerra, en una misión que eras demasiado joven para comprender? Era el destino, pensó. Desde siempre había creido en el destino y asumido que su vida tenía que ser así, que habían nacido para ello. Pero pensó en las palabras de Daniel. "La única manera de luchar contra el destino es dejándose llevar por él". Pero María se preguntó si realmente había una manera de luchar contra él. Había sido así desde hacía tanto tiempo, que parecía impensable vivir de otra manera.
Se puso a mirar a la gente pasar. Desde allí se veían como diminutas hormiguitas. Pasaban con prisa y ni siquiera se daban cuenta del ángel y el demonio que charlaban encima de sus cabezas. Parecía irreal que un demonio hubiese advertido a un ángel sobre su vida, pero si se paraban a pensarlo, la misma vida era irreal.
Se dió centa de lo metafórico que resultaba eso. Diminutos humanos que no se daban cuenta de la batalla que se libaraba a su alrededor, en torno a ellos. Unos protegiéndoles, los otros amenazando. Estaban demasiado ocupados en su mundana vida como para pararse un momento y darse cuenta de que si seguían vivos debían darle las gracias a los ángeles. Pero ellos simplemente se dejaban utilizar como peones en una guerra que nisiquiera era la suya, que no recordaban y que trascendía más allá de su propia vida. Ellos, creyéndose el centro del mundo, seguían su camino, metiéndose en el camino de ángeles y demonios que no dudaban en usarles como excusa para seguir luchando.
Y que hablasen de destino... No sabían lo que era nacer para algo y no poder evadirte. Ellos al menos contaban con el libre albedrío de poder hacer lo que quisieran, pero los ángeles y los demonios seguían lo que les marcaba su naturaleza, ideada mucho tiempo atrás, marcando un camino ya escrito mucho antes de su nacimiento.
-¿Vas a hacer algo?- le preguntó al fin a Daniel.
-¿Respecto a qué?-dijo él, pestañeando como si se acabase de despertar.
-Respecto a que intentan matarte-dijo ella, irritada. ¿Esque acaso no le importaba su propia vida? Ningún ángel o demonio quería morir, y además era una infracción de las reglas.
Daniel se encogió de hombros con indiferencia.
-¿Qué es lo que crees?-estalló ella, al fin.-¿Que Dios va a venir y a salvarte cuando Addu te ataque?-Daniel la miró como si no comprendiese lo que sucedía en realidad y fuese tan solo una niña ingenua que estaba todavía aprendiendo a contar.-¡No me mires como si fuese idiota!¡Sé que no quieres morir!
-No, no quiero morir-dijo él.
-Pues entonces reacciona.
-¿Y qué quieres que haga?¿Que me esconda?-dijo con ironía.
-Por ejemplo-replicó ella.
-No voy a huir como un cobarde-dijo él.
-El tiempo de los caballeros andantes ya ha pasado, Daniel, bienvenido a la era de la supervivencia.
-Si quiere matarme puede venir aquí e intentarlo-dijo con fiereza.
María se dió por vencida ante la cabezonería del ángel. ¡Dios mío, era mucho peor que ella!
-Al menos quédate en España-le suplicó. Cuando Daniel abrió la boca para soltar un discuros sobre valentía y honor, añadió rápidamente:- Solo hasta que se le pase y estés seguro. No te pido que te escondas, solo que no vayas a su encuentro.
Daniel se quedó callado y la miró. Se olvidó por completo del cielo cuando la dijo:
-¿Qué hace un demonio preocupándose por la vida de un ángel?
-Buena pregunta-susurró.- Muy buena pregunta.
Había recorrido todas las calles de Barcelona, buscándole, hasta que al fin lo había encontrado sentado en una de las agujas de la Catedral de la Sagrada Familia, mirando al cielo con nostalgia.
-Lo sé-se limitó a decir él.
-¿Y no piensas hacer nada?-preguntó ella, de repente furiosa e indignada contra él. Daniel se limitó a encogerse de hombros con indiferencia.
-España es una ciudad preciosa-dijo, tan solo.-Me dijiste que habías nacido en España, ¿no?- María se dió por vencida y decidió seguirle la corriente, asintiendo y dejando que continuase.- ¿No te trae recuerdos?
-Muchos. -Le señaló una tiendecita de muebles y empezó a contar:-Hace unos 800 años allí había una panadería donde solía comprar pan. -Siguió señalando con el dedo hasta el final de la calle.-Mi madre nos esperaba en esa esquina para ir a ver a mi padre, al campo y llevarle comida.-Señaló a continuación una elevación a las afueras de la ciudad.- En esa colina de allí vivía Lilly, una niña a la que adoraba atormentar. Era una duquesa que estaba siempre deprimida.-Sonrió.
-¿La echas de menos?-la preguntó.
-¿A Lilly? No demasiado, era bastante aburrida.
-No, a tu antigua vida. A la rutina de comprar el pan e ir a ver a tu padre-la miró, dejando de mirar al cielo.
-Supongo que no se puede echar de menos algo que no recuerdas apenas. Tan solo imágenes que me asaltan de vez en cuando-contestó María. Entonces comprendió por qué lo preguntaba, por qué tenía esa mirada nostálgica y por qué había subido hasta ahí arriba para observar el cielo.
Echaba de menos el Paraíso aunque apenas lo recordaba. A muchos ángeles y demonios les pasaba. Tenían un hijo y debían enviarlo a la Tierra a cumplir su función. Normalmente se criaban como niños huérfanos en orfanatos, casas de acogida o sencillamente en la calle.
Daniel recordaba apenas el Paraíso y lo añoraba, supuso María. ¿Cómo debía ser que te arrancasen de tu hogar para mandarte a una dura vida de guerra, en una misión que eras demasiado joven para comprender? Era el destino, pensó. Desde siempre había creido en el destino y asumido que su vida tenía que ser así, que habían nacido para ello. Pero pensó en las palabras de Daniel. "La única manera de luchar contra el destino es dejándose llevar por él". Pero María se preguntó si realmente había una manera de luchar contra él. Había sido así desde hacía tanto tiempo, que parecía impensable vivir de otra manera.
Se puso a mirar a la gente pasar. Desde allí se veían como diminutas hormiguitas. Pasaban con prisa y ni siquiera se daban cuenta del ángel y el demonio que charlaban encima de sus cabezas. Parecía irreal que un demonio hubiese advertido a un ángel sobre su vida, pero si se paraban a pensarlo, la misma vida era irreal.
Se dió centa de lo metafórico que resultaba eso. Diminutos humanos que no se daban cuenta de la batalla que se libaraba a su alrededor, en torno a ellos. Unos protegiéndoles, los otros amenazando. Estaban demasiado ocupados en su mundana vida como para pararse un momento y darse cuenta de que si seguían vivos debían darle las gracias a los ángeles. Pero ellos simplemente se dejaban utilizar como peones en una guerra que nisiquiera era la suya, que no recordaban y que trascendía más allá de su propia vida. Ellos, creyéndose el centro del mundo, seguían su camino, metiéndose en el camino de ángeles y demonios que no dudaban en usarles como excusa para seguir luchando.
Y que hablasen de destino... No sabían lo que era nacer para algo y no poder evadirte. Ellos al menos contaban con el libre albedrío de poder hacer lo que quisieran, pero los ángeles y los demonios seguían lo que les marcaba su naturaleza, ideada mucho tiempo atrás, marcando un camino ya escrito mucho antes de su nacimiento.
-¿Vas a hacer algo?- le preguntó al fin a Daniel.
-¿Respecto a qué?-dijo él, pestañeando como si se acabase de despertar.
-Respecto a que intentan matarte-dijo ella, irritada. ¿Esque acaso no le importaba su propia vida? Ningún ángel o demonio quería morir, y además era una infracción de las reglas.
Daniel se encogió de hombros con indiferencia.
-¿Qué es lo que crees?-estalló ella, al fin.-¿Que Dios va a venir y a salvarte cuando Addu te ataque?-Daniel la miró como si no comprendiese lo que sucedía en realidad y fuese tan solo una niña ingenua que estaba todavía aprendiendo a contar.-¡No me mires como si fuese idiota!¡Sé que no quieres morir!
-No, no quiero morir-dijo él.
-Pues entonces reacciona.
-¿Y qué quieres que haga?¿Que me esconda?-dijo con ironía.
-Por ejemplo-replicó ella.
-No voy a huir como un cobarde-dijo él.
-El tiempo de los caballeros andantes ya ha pasado, Daniel, bienvenido a la era de la supervivencia.
-Si quiere matarme puede venir aquí e intentarlo-dijo con fiereza.
María se dió por vencida ante la cabezonería del ángel. ¡Dios mío, era mucho peor que ella!
-Al menos quédate en España-le suplicó. Cuando Daniel abrió la boca para soltar un discuros sobre valentía y honor, añadió rápidamente:- Solo hasta que se le pase y estés seguro. No te pido que te escondas, solo que no vayas a su encuentro.
Daniel se quedó callado y la miró. Se olvidó por completo del cielo cuando la dijo:
-¿Qué hace un demonio preocupándose por la vida de un ángel?
-Buena pregunta-susurró.- Muy buena pregunta.
Capítulo 6.
-Balban, ¿qué me debes?- le preguntó María. Hoy, por fin, había sido puntual. Se notaba cuando algo le interesaba. Pero María estaba de muy mal humor. No había dormido, preguntándose qué había querido decir el ángel y eso no la sentaba nada bien.
-¿Qué me vas a dar?- dijo Balban. Tenía un frio brillo calculador en los ojos.
-Depende de lo que valga la información- dijo María. No iba a dejar que un idiota la timase.
-Ya conoces las reglas, María, la recompensa va primero.
Claro que conocía las reglas, pero hoy no estaba para bromas.
-Me dan igual tus reglas- dijo con frialdad. Balban la conocía lo suficiente como para saber que no debía enfadarla cuando se levantaba de mal humor.
-Es algo gordo, María- susurró. María detectó un timbre en su voz que le indicaba que estaba nervioso, preocupado y expectante por algo.- Te hablo de una revolución en el Infierno. Un demonio pretende acabar con la vida de un arcángel.
-¿Qué arcángel?- preguntó María. Sabía que no debería haberle importado, sin embargo la pregunta salió de su boca sin pensarla. Cada vez que la razón le asaltaba la mente ella la apartaba de un empujón: quería saber si era a Daniel a quien planeaban matar.
-Yo no desvelo nombres, María- dijo Balban negando con la cabeza.
-¿Qué arcángel?- repitió María entre dientes. Sabía que de su mirada saltaban chispas. Era la típica persona capaz de decirlo todo con los ojos sin necesidad de palabras.
Gotas de sudor comenzaron a perlar la frente de Balban. Sabía que era peligroso desvelar identidades, pero temía a María cuando estaba furiosa.
-No estoy seguro- dijo rápidamente.- He oído rumores sobre un tal Daniel, pero no sé de quien hablan.
El mundo de María pareció detenerse. Un nombre resonando una y otra vez en su cabeza: Daniel, Daniel, Daniel. Cada vez más rápido hasta convertirse en un grito repetitivo sin sentido.
-¿María?- la llamó Balban, devolviéndola a la Tierra.-María, ¿estás bien?
-Claro que sí- respondió María. Sus facciones construidas sobre granito, sus cuerdas vocales sobre un iceberg y sus ojos de diamante, irrompibles.-Es solo la vida de un ángel.
-¿Le conoces?-la preguntó. Pero María sabía cuáles eran los límites de información de un demonio, y que si contestaba afirmativamente no tardaría en extenderse el rumor de que estaba aliada con el enemigo.
-No.-Finalizó el tema.- ¿De qué demonio se trata?
Balban dudó en responder, pero a María le bastó con soltar un suspiro irritado para meterle miedo y que contestase corriendo:
-Addu. Es Addu.
El mundo volvió a caerse encima de María. Addu era su amigo y pretendía matar a Daniel.
-Pero Addu conoce las normas-dijo María a media voz.
-¿La de no matarás a tu enemigo?-preguntó Balban.-Por supuesto que la conoce. Pero, ¿cuándo una absurda regla ha impedido a Addu lograr su objetivo?
En el principio de los tiempos Dios y Lucifer establecieron unas normas bastante claras para la guerra que había comenzado:
No podían matarse unos a otros porque eso desequilibraría la balanza. Por supuesto, ellos solo eran inmortales al estar en el Paraíso o el Infierno, pero en la Tierra eran tan mortales como cualquier humano. Aunque eran más fuertes y resistentes que cualquier humano normal.
Estaban en la Tierra hasta la mayoría de edad que eran los 20 años, y luego se les permitía ir al Edén o al Averno.
Los demonios hacen el mal y los ángeles el bien, o por el contrario se produciría la expulsión del bando al que correspondiese.
Tres normas claras y precisas. Y Addu iba a saltarse una de ellas, por lo que le castigarían si le pillaban.
Pero ahora María debía enfrentarse a algo mucho peor: ¿A quién elegiría ella? ¿A Addu o a Daniel? ¿Sería capaz de traicionar a su propia especie por un... ángel?
-¿Qué me vas a dar?- dijo Balban. Tenía un frio brillo calculador en los ojos.
-Depende de lo que valga la información- dijo María. No iba a dejar que un idiota la timase.
-Ya conoces las reglas, María, la recompensa va primero.
Claro que conocía las reglas, pero hoy no estaba para bromas.
-Me dan igual tus reglas- dijo con frialdad. Balban la conocía lo suficiente como para saber que no debía enfadarla cuando se levantaba de mal humor.
-Es algo gordo, María- susurró. María detectó un timbre en su voz que le indicaba que estaba nervioso, preocupado y expectante por algo.- Te hablo de una revolución en el Infierno. Un demonio pretende acabar con la vida de un arcángel.
-¿Qué arcángel?- preguntó María. Sabía que no debería haberle importado, sin embargo la pregunta salió de su boca sin pensarla. Cada vez que la razón le asaltaba la mente ella la apartaba de un empujón: quería saber si era a Daniel a quien planeaban matar.
-Yo no desvelo nombres, María- dijo Balban negando con la cabeza.
-¿Qué arcángel?- repitió María entre dientes. Sabía que de su mirada saltaban chispas. Era la típica persona capaz de decirlo todo con los ojos sin necesidad de palabras.
Gotas de sudor comenzaron a perlar la frente de Balban. Sabía que era peligroso desvelar identidades, pero temía a María cuando estaba furiosa.
-No estoy seguro- dijo rápidamente.- He oído rumores sobre un tal Daniel, pero no sé de quien hablan.
El mundo de María pareció detenerse. Un nombre resonando una y otra vez en su cabeza: Daniel, Daniel, Daniel. Cada vez más rápido hasta convertirse en un grito repetitivo sin sentido.
-¿María?- la llamó Balban, devolviéndola a la Tierra.-María, ¿estás bien?
-Claro que sí- respondió María. Sus facciones construidas sobre granito, sus cuerdas vocales sobre un iceberg y sus ojos de diamante, irrompibles.-Es solo la vida de un ángel.
-¿Le conoces?-la preguntó. Pero María sabía cuáles eran los límites de información de un demonio, y que si contestaba afirmativamente no tardaría en extenderse el rumor de que estaba aliada con el enemigo.
-No.-Finalizó el tema.- ¿De qué demonio se trata?
Balban dudó en responder, pero a María le bastó con soltar un suspiro irritado para meterle miedo y que contestase corriendo:
-Addu. Es Addu.
El mundo volvió a caerse encima de María. Addu era su amigo y pretendía matar a Daniel.
-Pero Addu conoce las normas-dijo María a media voz.
-¿La de no matarás a tu enemigo?-preguntó Balban.-Por supuesto que la conoce. Pero, ¿cuándo una absurda regla ha impedido a Addu lograr su objetivo?
En el principio de los tiempos Dios y Lucifer establecieron unas normas bastante claras para la guerra que había comenzado:
No podían matarse unos a otros porque eso desequilibraría la balanza. Por supuesto, ellos solo eran inmortales al estar en el Paraíso o el Infierno, pero en la Tierra eran tan mortales como cualquier humano. Aunque eran más fuertes y resistentes que cualquier humano normal.
Estaban en la Tierra hasta la mayoría de edad que eran los 20 años, y luego se les permitía ir al Edén o al Averno.
Los demonios hacen el mal y los ángeles el bien, o por el contrario se produciría la expulsión del bando al que correspondiese.
Tres normas claras y precisas. Y Addu iba a saltarse una de ellas, por lo que le castigarían si le pillaban.
Pero ahora María debía enfrentarse a algo mucho peor: ¿A quién elegiría ella? ¿A Addu o a Daniel? ¿Sería capaz de traicionar a su propia especie por un... ángel?
sábado, 30 de abril de 2011
Capítulo 5.
María se sentó frente al piano con suavidad. Era extraño en un demonio dedicarse a un arte como el de la música, pues servían para destruir y no crear, pero María poseía un don.
Cuando sus dedos se deslizaban por las notas como la corriente de agua donde había metido los pies junto a Daniel, no pensaba en nada más. El mundo dejaba de existir y solo la música la acompañaba.
Y después de la charla con el ángel realmente necesitaba despejarse. ¿Qué había querido decir con dejarse llevar por el destino? El destino era lo que era: los ángeles y los demonios luchaban desde que el mundo era mundo. ¿Cómo iba a luchar contra algo así? Era irremediable y punto.
Pero ahora eso no importaba, porque ya había desplegado las partituras enfrente de sus ojos y empezaba a tener amnesia.
Mientras comenzaba con la melodía en la mano derecha las notas se dibujaban en su memoria haciendo innecesaria la partitura. Simplemente cerró los ojos para disfrutar. Una de las cosas que más le gustaban de la música era que tan solo se necesitaba tener los oidos bien abiertos. Y en ese momento ella tenía toda la atención puesta en ello.
Poca gente vivía la música como lo hacía María: con esperanza, alegría y tristeza en cada nota. Había canciones que le habían provocado más de una lágrima mientras las interpretaba, otras que la hacían enfurecer y atizar el piano con todas sus fuerzas, que no eran pocas a pesar de ser una mujer de aspecto refinado; había otras que la hacían regalar sonrisas sencillas, con alegría, sin mensajes ni provocaciones en ella. La música la hacía cambiar, transformarse en otra persona a cada nota.
Pero María ni lo notaba, las emociones eran parte de la obra, porque en ese momento, María se convertía en la propia música.
Por eso se sintió tan vacía cuando acabó. Había vuelto al mundo con pesadez y había caído en una tierra que se le antojaba extraña a pesar de conocerla bien. Eran muchos los días en que se miraba al espejo y no se reconocía en la cara segura que la miraba al otro lado. El pelo moreno largo caía sobre sus hombros en cascada hasta la cintura, despeinado y sin cuidado pero perfecto aún así. Las pecas, siempre brillando en sus mejillas, parecían apagarse. Igual que sus ojos almendrados, casi negros, siempre expresivos y registrándolo todo, se quedaban sin fuerzas y la hacían tener una expresión de profunda tristeza. Su cara redonda la daba un aspecto de niña pequeña e inocente a la que solía sacar gran ventaja. Pero en esos momentos se convertía en otra persona.
María jamás se atrevería a confesárselo a nadie, pero últimamente un vacío se había instalado en su pecho. Lo había intentado llenar de mil maneras diferentes, algunas no muy agradables, pero ninguna había dado resultado. Había buscado la causa, había buscado la cura, y no había encontrado ninguna de las dos.
Solo nostalgia. Irremediable, insondable, inmensa. Pero, ¿nostalgia de qué?¿De un día, de un año o de un simple instante? ¿De un sentimiento, una sensación? ¿De un recuerdo o del olvido?
Y María no era de las que se asustan. Ella era práctica, imparable, imperturbable y rápida. Nunca se acobardaba ante nada. Para ella los problemas eran simple baches que había que saltar y dejar atrás. Esquivarlos no servía de nada, y tampoco fingir que no los había visto. No era de las que se esconden.
Sin embargo, tenía miedo de no poder completar ya nunca ese vacío. De que se hiciese más y más grande y muriese de angustia. De que se tragase su vida como un agujero negro en el espacio se traga las estrellas.
Pero lo que realmente la asustaba era pensar, aunque solo fuese un instante, que la única vez que había sentido ese vacío completo era cuando había estado con Daniel.
Cuando sus dedos se deslizaban por las notas como la corriente de agua donde había metido los pies junto a Daniel, no pensaba en nada más. El mundo dejaba de existir y solo la música la acompañaba.
Y después de la charla con el ángel realmente necesitaba despejarse. ¿Qué había querido decir con dejarse llevar por el destino? El destino era lo que era: los ángeles y los demonios luchaban desde que el mundo era mundo. ¿Cómo iba a luchar contra algo así? Era irremediable y punto.
Pero ahora eso no importaba, porque ya había desplegado las partituras enfrente de sus ojos y empezaba a tener amnesia.
Mientras comenzaba con la melodía en la mano derecha las notas se dibujaban en su memoria haciendo innecesaria la partitura. Simplemente cerró los ojos para disfrutar. Una de las cosas que más le gustaban de la música era que tan solo se necesitaba tener los oidos bien abiertos. Y en ese momento ella tenía toda la atención puesta en ello.
Poca gente vivía la música como lo hacía María: con esperanza, alegría y tristeza en cada nota. Había canciones que le habían provocado más de una lágrima mientras las interpretaba, otras que la hacían enfurecer y atizar el piano con todas sus fuerzas, que no eran pocas a pesar de ser una mujer de aspecto refinado; había otras que la hacían regalar sonrisas sencillas, con alegría, sin mensajes ni provocaciones en ella. La música la hacía cambiar, transformarse en otra persona a cada nota.
Pero María ni lo notaba, las emociones eran parte de la obra, porque en ese momento, María se convertía en la propia música.
Por eso se sintió tan vacía cuando acabó. Había vuelto al mundo con pesadez y había caído en una tierra que se le antojaba extraña a pesar de conocerla bien. Eran muchos los días en que se miraba al espejo y no se reconocía en la cara segura que la miraba al otro lado. El pelo moreno largo caía sobre sus hombros en cascada hasta la cintura, despeinado y sin cuidado pero perfecto aún así. Las pecas, siempre brillando en sus mejillas, parecían apagarse. Igual que sus ojos almendrados, casi negros, siempre expresivos y registrándolo todo, se quedaban sin fuerzas y la hacían tener una expresión de profunda tristeza. Su cara redonda la daba un aspecto de niña pequeña e inocente a la que solía sacar gran ventaja. Pero en esos momentos se convertía en otra persona.
María jamás se atrevería a confesárselo a nadie, pero últimamente un vacío se había instalado en su pecho. Lo había intentado llenar de mil maneras diferentes, algunas no muy agradables, pero ninguna había dado resultado. Había buscado la causa, había buscado la cura, y no había encontrado ninguna de las dos.
Solo nostalgia. Irremediable, insondable, inmensa. Pero, ¿nostalgia de qué?¿De un día, de un año o de un simple instante? ¿De un sentimiento, una sensación? ¿De un recuerdo o del olvido?
Y María no era de las que se asustan. Ella era práctica, imparable, imperturbable y rápida. Nunca se acobardaba ante nada. Para ella los problemas eran simple baches que había que saltar y dejar atrás. Esquivarlos no servía de nada, y tampoco fingir que no los había visto. No era de las que se esconden.
Sin embargo, tenía miedo de no poder completar ya nunca ese vacío. De que se hiciese más y más grande y muriese de angustia. De que se tragase su vida como un agujero negro en el espacio se traga las estrellas.
Pero lo que realmente la asustaba era pensar, aunque solo fuese un instante, que la única vez que había sentido ese vacío completo era cuando había estado con Daniel.
Capítulo 4.
Cuando María llegó a su lado el ángel estaba sentado al borde de un rio con los pies en el agua, dándole la espalda. María se quedó un momento observándolo de lejos.
Sus alas eran blancas y desprendían una luz asombrosa. La misma que se encargaba de recoger ella con sus oscuras alas. Cada pluma constituía un verso de lo que era la poesía de sus alas. Curvadas y desplegadas a sus lados, majestuosas. Le recordaron a una canción de música clásica interpretada por un piano. No recordaba ni el título ni el autor, pero sí las sensaciones que le habían transmitido. Esperanza, alegría, serenidad y, a la vez, tristeza. Era como una contradicción de sensaciones. Un torbellino frenético que la envolvía y guardaba.
El pelo rubio cenizo, muy claro y corto estaba despeinado. Y no le hacía falta ver sus ojos para saber que eran de un azul celestial, como el rio que estaba observando. Era el más puro ángel que había visto. Habría hecho enloquecer a cualquier artista que hubiese querido retratarlo. Ninguno hubiese captado todas las emociones que desprendía. Dios, es hermoso, se sorprendió María. Pero deshechó ese pensamiento de su cabeza. Debía odiar a los ángeles, para eso había nacido.
El ángel advirtió su presencia y ladeó un poco la cabeza para mirarla por el rabillo del ojo. Tenía una leve sonrisa esbozada que solo remarcaba su perfección.
-María- pronunció su nombre. Ésta se dió cuenta de que era la primera palabra que había salido de su boca en su presencia. Su voz era realmente bonita. Como de violines cantando a coro. María jamás lo admitiría, pero por un momento ese timbre la hizo vibrar.-¿Por qué ese nombre? ¿Una burla hacia el Cielo?
-Nací en España y es un nombre bastante típico. Pero si te preguntan dí eso; tengo una reputación que mantener- bromeó María mientras se sentaba a su lado y metía los pies también en el río. El agua fresca y el sonido tranquilizador la relajaron. Incluso sabiendo que estaba sentada con un ángel, su mayor enemigo, se encontraba bastante bien.
-¿Por qué has venido?- la preguntó.
-Tú querías que te siguiese.
-No te lo he pedido.
-Tu mirada bastó, capté el mensaje y ahora estoy aquí.
-Tan sólo eché a volar-dijo el ángel. Su sonrisa se había transformado en divertida.
-¿Por qué iba a seguir a un ángel si estamos en guerra?
-Yo no estoy en guerra, María, fuiste tú la que me la declaró.
-Me estropeaste mi juego- dijo María.
-Sólo hacía mi trabajo. Igual que cuando salvé al niño.
-Muy loable por tu parte.- En la mirada de María brilló una chispa divertida.- ¿Cuál es tu nombre, ángel?
-Daniel.
Daniel. No iba a olvidar ese nombre.
-Pues Daniel, siento decirte que esto es una guerra. No solo la que te declaré. Me refiero a una mucho más grande, una que no podemos abordar y para la cual nuestras vidas no son sino meras sombras que no se llegan ni a vislumbrar. Me refiero a la guerra que está escrita en nuestro destino.
-¿Y te vas a conformar con el destino?- la preguntó Daniel.
-Es algo que se asume- se encogió de hombros María.
-Vaya, te creí luchadora, fuerte, rebelde, inconformista. No pensé que te rendirías tan pronto.
-¿Es que hay acaso algún modo de luchar contra el destino?- preguntó María. Se había hecho muchas veces esa pregunta cuando la daba por pensar, pero jamás se había atrevido a expresar esa duda en voz alta.
-La única manera de luchar contra él es dejándote arrastrar por él- contestó Daniel.
Sus alas eran blancas y desprendían una luz asombrosa. La misma que se encargaba de recoger ella con sus oscuras alas. Cada pluma constituía un verso de lo que era la poesía de sus alas. Curvadas y desplegadas a sus lados, majestuosas. Le recordaron a una canción de música clásica interpretada por un piano. No recordaba ni el título ni el autor, pero sí las sensaciones que le habían transmitido. Esperanza, alegría, serenidad y, a la vez, tristeza. Era como una contradicción de sensaciones. Un torbellino frenético que la envolvía y guardaba.
El pelo rubio cenizo, muy claro y corto estaba despeinado. Y no le hacía falta ver sus ojos para saber que eran de un azul celestial, como el rio que estaba observando. Era el más puro ángel que había visto. Habría hecho enloquecer a cualquier artista que hubiese querido retratarlo. Ninguno hubiese captado todas las emociones que desprendía. Dios, es hermoso, se sorprendió María. Pero deshechó ese pensamiento de su cabeza. Debía odiar a los ángeles, para eso había nacido.
El ángel advirtió su presencia y ladeó un poco la cabeza para mirarla por el rabillo del ojo. Tenía una leve sonrisa esbozada que solo remarcaba su perfección.
-María- pronunció su nombre. Ésta se dió cuenta de que era la primera palabra que había salido de su boca en su presencia. Su voz era realmente bonita. Como de violines cantando a coro. María jamás lo admitiría, pero por un momento ese timbre la hizo vibrar.-¿Por qué ese nombre? ¿Una burla hacia el Cielo?
-Nací en España y es un nombre bastante típico. Pero si te preguntan dí eso; tengo una reputación que mantener- bromeó María mientras se sentaba a su lado y metía los pies también en el río. El agua fresca y el sonido tranquilizador la relajaron. Incluso sabiendo que estaba sentada con un ángel, su mayor enemigo, se encontraba bastante bien.
-¿Por qué has venido?- la preguntó.
-Tú querías que te siguiese.
-No te lo he pedido.
-Tu mirada bastó, capté el mensaje y ahora estoy aquí.
-Tan sólo eché a volar-dijo el ángel. Su sonrisa se había transformado en divertida.
-¿Por qué iba a seguir a un ángel si estamos en guerra?
-Yo no estoy en guerra, María, fuiste tú la que me la declaró.
-Me estropeaste mi juego- dijo María.
-Sólo hacía mi trabajo. Igual que cuando salvé al niño.
-Muy loable por tu parte.- En la mirada de María brilló una chispa divertida.- ¿Cuál es tu nombre, ángel?
-Daniel.
Daniel. No iba a olvidar ese nombre.
-Pues Daniel, siento decirte que esto es una guerra. No solo la que te declaré. Me refiero a una mucho más grande, una que no podemos abordar y para la cual nuestras vidas no son sino meras sombras que no se llegan ni a vislumbrar. Me refiero a la guerra que está escrita en nuestro destino.
-¿Y te vas a conformar con el destino?- la preguntó Daniel.
-Es algo que se asume- se encogió de hombros María.
-Vaya, te creí luchadora, fuerte, rebelde, inconformista. No pensé que te rendirías tan pronto.
-¿Es que hay acaso algún modo de luchar contra el destino?- preguntó María. Se había hecho muchas veces esa pregunta cuando la daba por pensar, pero jamás se había atrevido a expresar esa duda en voz alta.
-La única manera de luchar contra él es dejándote arrastrar por él- contestó Daniel.
Capítulo 3.
Pasaron algunos días hasta que María volvió a encontrarse con el ángel. Pero para alguien inmortal, ¿qué eran tan solo unos días? Teniendo en cuenta que la eternidad era para siempre, ¿qué podía importar un minuto, una hora o tan siquiera un día en la vida de un demonio? Sin embargo, una de las cosas que no aguantaban los demonios era precisamente eso: el tiempo. No aguantaban perderlo cuando tenían planes, que era casi siempre. Y los estúpidos humanos siempre se entrometían en sus caminos.
Y entre las cualidades de María no se contaba precisamente la de la paciencia. Por eso se impacientó tanto al no ver aparecer a Balban ¿Es que quería morir? Si se retrasaba un poco significaría que era eso lo que quería, y ella aceptaría gustosa en complacer sus deseos.
Por fin llegó Balban entre jadeos y apoyándose una mano en la tripa. Tenía cara de sufrir una agonía y María sospechaba que no había corrido casi nada y era un gran actor.
-Balban, ¡qué honor que hayas decidido iluminarme con tu presencia!- dijo María con sarcasmo y una mirada amenazante.
-Lo siento, María, me he dado prisa, de verdad- dijo Balban. No era de extrañar que se le conociese como el demonio del engaño. Era tan cobarde que solo le quedaba mentir para escapar de los líos en los que se metía.
-Espero que sepas que aprecio mi tiempo, Balban, y que no suelo estimar demasiado a los que me lo hacen perder- dijo María pronunciando todas las sílabas lentamente, para que quedase constancia de la amenaza. A ver si ese inútil captaba de una vez por todas el mensaje. Balban se limitó a asentir, sumiso.
-No lo considerarás una pérdida de tiempo, te lo garantizo- dijo Balban con una sonrisa que mostraba lo enormemente orgulloso que estaba de sí mismo. Además de cobarde y mentiroso, resultaba que también era un pretencioso. Pero en estos momentos le venía muy bien a María, así que decidió reirse de él solo en su cabeza. Porque Balban no sabía que su enorme ego era un blanco fácil para cualquiera.
-Más te vale- dijo María con una frialdad venenosa. Era mejor que la temiese.
-He encontrado algo que te interesará mucho...- ya se estaba frotando las manos como una rata malvada y gorda. El pobre se relamía de gusto al pensar que iba a cobrar bien por alguna información, cuando no sabía con quien se estaba metiendo. Un consejo: si planeas hacer negocios, conoce antes a tu contacto.
Pero María estaba encantada. ¿La subestimaba? Un punto a su favor.
-Pero la información no es gratuita, preciosa- continuó Balban.
-Claro que no- sonrió María.- Pero mi tiempo tampoco. Como creo que ya que te he pagado una gran cantidad concediéndote más tiempo el precio por la información será menor, ¿verdad que sí?- compuso María una falsa sonrisa de amabilidad. La cara de idiota que se le quedó a Balban al oir aquellas palabras sí que no tuvo precio.
-Pero, M-María, esta información es realmente b-buena-dijo confundido, tartamudeando. De repente, la agarró del brazo con brusquedad para acercarla a él, mientras miraba alrededor con desconfianza, vigilando que nadie les oyese. Y la susurró al oido en tono confidente:- Te estoy hablando de un acontecimiento que cambiará el mundo.
María le miró con asco por la cercanía que guardaban. Sin embargo, una chispa de respeto se mezcló en sus ojos. Balban era un mentiroso cobarde sin escrúpulos, pero se tomaba su trabajo en serio y no exageraba nunca.
Pero no pudo saber de qué se trataba, porque en ese momento el ángel apareció a su lado, en la misma acera de la calle, mirándola fijamente.
-Si vas a escuchar tendrás que pagar a medias conmigo- bromeó María.
-Yo no les concedo información a los ángeles-dijo Balban, enfadado mientras la soltaba.
Entonces, después de mirar fijamente a María, salió volando. María dudó, pero sabía que había algo interesante, que el ángel quería que la siguiera. Y María tenía una curiosidad inmensa.
-Quedamos mañana a la misma hora y en el mismo sitio. Atrévete a ser impuntual- le dijo a Blalban con una mirada fría.
Salió volando detrás del ángel mientras veía en la tierra temblar al demonio de los engaños.
Y entre las cualidades de María no se contaba precisamente la de la paciencia. Por eso se impacientó tanto al no ver aparecer a Balban ¿Es que quería morir? Si se retrasaba un poco significaría que era eso lo que quería, y ella aceptaría gustosa en complacer sus deseos.
Por fin llegó Balban entre jadeos y apoyándose una mano en la tripa. Tenía cara de sufrir una agonía y María sospechaba que no había corrido casi nada y era un gran actor.
-Balban, ¡qué honor que hayas decidido iluminarme con tu presencia!- dijo María con sarcasmo y una mirada amenazante.
-Lo siento, María, me he dado prisa, de verdad- dijo Balban. No era de extrañar que se le conociese como el demonio del engaño. Era tan cobarde que solo le quedaba mentir para escapar de los líos en los que se metía.
-Espero que sepas que aprecio mi tiempo, Balban, y que no suelo estimar demasiado a los que me lo hacen perder- dijo María pronunciando todas las sílabas lentamente, para que quedase constancia de la amenaza. A ver si ese inútil captaba de una vez por todas el mensaje. Balban se limitó a asentir, sumiso.
-No lo considerarás una pérdida de tiempo, te lo garantizo- dijo Balban con una sonrisa que mostraba lo enormemente orgulloso que estaba de sí mismo. Además de cobarde y mentiroso, resultaba que también era un pretencioso. Pero en estos momentos le venía muy bien a María, así que decidió reirse de él solo en su cabeza. Porque Balban no sabía que su enorme ego era un blanco fácil para cualquiera.
-Más te vale- dijo María con una frialdad venenosa. Era mejor que la temiese.
-He encontrado algo que te interesará mucho...- ya se estaba frotando las manos como una rata malvada y gorda. El pobre se relamía de gusto al pensar que iba a cobrar bien por alguna información, cuando no sabía con quien se estaba metiendo. Un consejo: si planeas hacer negocios, conoce antes a tu contacto.
Pero María estaba encantada. ¿La subestimaba? Un punto a su favor.
-Pero la información no es gratuita, preciosa- continuó Balban.
-Claro que no- sonrió María.- Pero mi tiempo tampoco. Como creo que ya que te he pagado una gran cantidad concediéndote más tiempo el precio por la información será menor, ¿verdad que sí?- compuso María una falsa sonrisa de amabilidad. La cara de idiota que se le quedó a Balban al oir aquellas palabras sí que no tuvo precio.
-Pero, M-María, esta información es realmente b-buena-dijo confundido, tartamudeando. De repente, la agarró del brazo con brusquedad para acercarla a él, mientras miraba alrededor con desconfianza, vigilando que nadie les oyese. Y la susurró al oido en tono confidente:- Te estoy hablando de un acontecimiento que cambiará el mundo.
María le miró con asco por la cercanía que guardaban. Sin embargo, una chispa de respeto se mezcló en sus ojos. Balban era un mentiroso cobarde sin escrúpulos, pero se tomaba su trabajo en serio y no exageraba nunca.
Pero no pudo saber de qué se trataba, porque en ese momento el ángel apareció a su lado, en la misma acera de la calle, mirándola fijamente.
-Si vas a escuchar tendrás que pagar a medias conmigo- bromeó María.
-Yo no les concedo información a los ángeles-dijo Balban, enfadado mientras la soltaba.
Entonces, después de mirar fijamente a María, salió volando. María dudó, pero sabía que había algo interesante, que el ángel quería que la siguiera. Y María tenía una curiosidad inmensa.
-Quedamos mañana a la misma hora y en el mismo sitio. Atrévete a ser impuntual- le dijo a Blalban con una mirada fría.
Salió volando detrás del ángel mientras veía en la tierra temblar al demonio de los engaños.
Capítulo 2.
-No deberías jugar con fuego, María- la dijo Addu entre risas.
-No juego con fuego, solo con un ángel- respondió María apoyando otro cigarro en sus labios. Le dió una lenta calada y expulsó el humo por la boca entreabierta.
Estaban en un café en el centro de la ciudad, con un hombre que tocaba el acordeón y cantaba una canción francesa prácticamente en su oído. Addu le echó una mirada irritada y el músico se fue a otro lugar de la cafetería con el rabo entre las piernas, sabiendo que había molestado a la persona equivocada.
Después de su encuentro con el ángel y el fastidio de sus planes para el borracho, había quedado con Addu, un viejo amigo que pasaba por la ciudad. Hacía más de un siglo que no le veía, y siempre era agradable encontrarse con viejos conocidos.
-A lo mejor estás subestimando a los ángeles- la dijo mientras daba otro trago a su copa de vino.
-No me dirás que ahora les tomas en serio- dijo María alzando una ceja, provocándole una carcajada a su acompañante.
-Solo digo que deberías tener cuidado- dijo Addu alzando las manos.
-Tranquilo, no hay peligro. Solo voy a divertirme un poco- dijo con una sonrisa traviesa. Luego compuso un mohín.- París en invierno es de lo más aburrido.
-¿Cuánto llevas por aquí?
-No harán ni cinco años- le dió otra calada al cigarro, pensativa.- ¿Dónde has estado tú?
-Estuve en Amsterdam después de Berlín- le lanzó una mirada, recordándola Berlín.
-Berlín... Parece que haya pasado una eternidad- recordó ella. Tan sólo habían transcurrido 500 años desde que estuviesen los dos allí. Fue su mejor época, desde luego. Sembraron sequías, guerras y enfermedades. Una gran temporada, aunque los humanos no lo admitiesen.
-Luego estuve en Praga y en Inglaterra. Pero no fue tan divertido- continuó Addu.
María alzó la copa y le invitó a hacer lo mismo.
-Por Berlín- brindaron con copas de vino.
Addu le hizo un gesto al camarero para que se acercase.
-Ha sido un placer saber de ti, María- se despidió al pagar la cuenta. Y añadió con una sonrisa divertida:- No atormentes mucho a ese pobre ángel.
-Ya veremos- respondió María con otra sonrisa juguetona.- Depende de como se porte.
Addu soltó una última carcajada, antes de irse negando con la cabeza. Esa chica siempre le hacía reir.
María se quedó un rato más sentada en la cafetería, fumándose un cigarro. Se divirtió un poco haciendo caer a los camareros que pasaban por allí y haciendo tropezar a algún ciudadano con prisas.
Pero al final se aburrió y decidió marcharse.
Al pasar al lado de un parque, mientras desviaba pelotas y hacía enloquecer a las mascotas, volvió a ver al ángel.
Estaba sentado en el césped al lado de un lago, jugando con un niño. Ella vió una oportunidad de reirse y, aprovechando que él no la había visto, hizo tropezar al niño, que se cayó al lago.
Empezó a patalear y agitar los brazos en busca de ayuda, mientras gritaba entrecortadamente. María comprendió que no sabía nadar, lo que lo hizo mucho más interesante.
Y la emoción no hizo más que aumentar cuando el ángel se tiró al lago con la ropa puesta y todo, a rescatarle. Le llevó a la orilla a base de grandes brazadadas y lo depositó en la hierba. El niño temblaba y se abrazaba con los brazos, pero estaba bien. Unos señores que debían ser sus padres lo agarraron y se lo llevaron corriendo.
Pero María no prestaba atención, porque toda su atención se fijaba en el ángel. Éste, miraba a un lado y a otro, buscando al culpable, sin ser consciente, al parecer, de que su ropa empapada se le pega al cuerpo. Un pensamiento asaltó la cabeza de María, admitiendo que era muy hermoso, pero María desechó rápidamente esa idea. Al fin y al cabo solo era un estúpido ángel.
Un ángel que ahora tenía los ojos puestos en ella. María, dándose cuenta, decidió que era el momento de irse y, con una sonrisa de suficiencia como despedida, se alejó de allí, sabiendo los ojos del ángel clavados en su espalda.
Aunque sabía que no sería la última vez que lo vería.
-No juego con fuego, solo con un ángel- respondió María apoyando otro cigarro en sus labios. Le dió una lenta calada y expulsó el humo por la boca entreabierta.
Estaban en un café en el centro de la ciudad, con un hombre que tocaba el acordeón y cantaba una canción francesa prácticamente en su oído. Addu le echó una mirada irritada y el músico se fue a otro lugar de la cafetería con el rabo entre las piernas, sabiendo que había molestado a la persona equivocada.
Después de su encuentro con el ángel y el fastidio de sus planes para el borracho, había quedado con Addu, un viejo amigo que pasaba por la ciudad. Hacía más de un siglo que no le veía, y siempre era agradable encontrarse con viejos conocidos.
-A lo mejor estás subestimando a los ángeles- la dijo mientras daba otro trago a su copa de vino.
-No me dirás que ahora les tomas en serio- dijo María alzando una ceja, provocándole una carcajada a su acompañante.
-Solo digo que deberías tener cuidado- dijo Addu alzando las manos.
-Tranquilo, no hay peligro. Solo voy a divertirme un poco- dijo con una sonrisa traviesa. Luego compuso un mohín.- París en invierno es de lo más aburrido.
-¿Cuánto llevas por aquí?
-No harán ni cinco años- le dió otra calada al cigarro, pensativa.- ¿Dónde has estado tú?
-Estuve en Amsterdam después de Berlín- le lanzó una mirada, recordándola Berlín.
-Berlín... Parece que haya pasado una eternidad- recordó ella. Tan sólo habían transcurrido 500 años desde que estuviesen los dos allí. Fue su mejor época, desde luego. Sembraron sequías, guerras y enfermedades. Una gran temporada, aunque los humanos no lo admitiesen.
-Luego estuve en Praga y en Inglaterra. Pero no fue tan divertido- continuó Addu.
María alzó la copa y le invitó a hacer lo mismo.
-Por Berlín- brindaron con copas de vino.
Addu le hizo un gesto al camarero para que se acercase.
-Ha sido un placer saber de ti, María- se despidió al pagar la cuenta. Y añadió con una sonrisa divertida:- No atormentes mucho a ese pobre ángel.
-Ya veremos- respondió María con otra sonrisa juguetona.- Depende de como se porte.
Addu soltó una última carcajada, antes de irse negando con la cabeza. Esa chica siempre le hacía reir.
María se quedó un rato más sentada en la cafetería, fumándose un cigarro. Se divirtió un poco haciendo caer a los camareros que pasaban por allí y haciendo tropezar a algún ciudadano con prisas.
Pero al final se aburrió y decidió marcharse.
Al pasar al lado de un parque, mientras desviaba pelotas y hacía enloquecer a las mascotas, volvió a ver al ángel.
Estaba sentado en el césped al lado de un lago, jugando con un niño. Ella vió una oportunidad de reirse y, aprovechando que él no la había visto, hizo tropezar al niño, que se cayó al lago.
Empezó a patalear y agitar los brazos en busca de ayuda, mientras gritaba entrecortadamente. María comprendió que no sabía nadar, lo que lo hizo mucho más interesante.
Y la emoción no hizo más que aumentar cuando el ángel se tiró al lago con la ropa puesta y todo, a rescatarle. Le llevó a la orilla a base de grandes brazadadas y lo depositó en la hierba. El niño temblaba y se abrazaba con los brazos, pero estaba bien. Unos señores que debían ser sus padres lo agarraron y se lo llevaron corriendo.
Pero María no prestaba atención, porque toda su atención se fijaba en el ángel. Éste, miraba a un lado y a otro, buscando al culpable, sin ser consciente, al parecer, de que su ropa empapada se le pega al cuerpo. Un pensamiento asaltó la cabeza de María, admitiendo que era muy hermoso, pero María desechó rápidamente esa idea. Al fin y al cabo solo era un estúpido ángel.
Un ángel que ahora tenía los ojos puestos en ella. María, dándose cuenta, decidió que era el momento de irse y, con una sonrisa de suficiencia como despedida, se alejó de allí, sabiendo los ojos del ángel clavados en su espalda.
Aunque sabía que no sería la última vez que lo vería.
Capítulo 1.
París. Finales del s.XIX.
Ve a un hombre a lo lejos con una gran borrachera. Sus pasos son inseguros y va dando tumbos. Lleva una botella de alcohol medio escondida en el abrigo y los ojos vidriosos.
Se acerca a él mientras su sonrisa se hace más grande. Ya ha encontrado con quién jugar.
-Hola, ¿se ha perdido?-dice con su voz más inocente. Él la mira y sonríe. Ella ya sabe lo que está pensando, no puede creer la suerte que ha tenido de encontrarla. Pero él no sabe que ha sido ella la que le ha encontrado a él, y que no es exactamente suerte lo que ha tenido.
-Claro, reina, ¿me ayudas?- dijo con voz pastosa y pronunciando mal las palabras. Ella reconoció un acento extraño, duro. Escocés, seguramente.
Él la tendió el brazo y la miró, esperando a que le agarrase. Ella le sonrió mientras sentía desprecio por él. Eran todos tan previsibles... Podía adivinar todos sus movimientos sin necesidad de observarle.
Le agarró del brazo y se dirigió junto a él hacia la carretera. Pero no iba a acabar con su vida. Todavía no, al menos.
-Cuénteme. ¿Qué intenta olvidar?- le preguntó como quien comenta el tiempo. Él la miró sobresaltado. Se estaba preguntando cómo lo sabía, adivino ella. Añadió tranquilamente:- Está usted bebiendo. Es obvio que algo le preocupa.
Le miró con frialdad. Su especie poseía la virtud del engaño y ella era la prueba de ello. Daba sensación de comodidad, de confidente, lo que les atraía a desvelar sus secretos, sin saber que ella los utilizaría en su contra. Era muy guapa, lo que les hacía avanzar ciegos hacia una trampa bien escondida. Y tenía aspecto inocente, lo que les daba una falsa de sensación de seguridad. Pero, ¿cómo iban a saber eso unos tontos humanos?
-Mi esposa me ha echado de casa- se derrumbó al fin. Se echo a llorar sobre el hombro de ella, que le miró con aversión y asco. No aguantaba. Decidió empujarle a la carretera y que le atropellase un carruaje.
Se paró en mitad de la carretera y le dejó allí. Un carruaje se acercaba veloz, y de lo borracho que iba no llegaría ni a verlo.
Se alejó de la escena con una cruel sonrisa pintada en el rostro. Una sonrisa que se borró cuando, cinco segundos después, la alcanzó el borracho.
-Reina, se te ha caído el pañuelo.-Llevaba su precioso pañuelo de seda azul en la mano. No recordaba que se le hubiese caído, iba bien atado. A no ser que...
Miró alrededor y le encontró. Un chico rubio de ojos azules con unas alas blancas desplegadas a su espalda. Solo un ángel podía haberle salvado la vida a ese borracho.
Sus miradas se encontraron y fue como una batalla cósmica, como dos estrellas chocando en el cielo.
Ella le sonrió con aprobación, inclinando la cabeza y aceptando la derrota. Él se limitó a mirarla. Pero ella no se iba a rendir tan fácilmente porque, como demonio que era, su deber era luchar contra el ángel. Y la guerra tan solo acababa de empezar.
Sabía que iban a verse de nuevo. Que no era la primera ni la última vez que sus miradas se iban a encontrar.
Se dió la vuelta, arrancándole el pañuelo de las manos al borracho, que no se había enterado de nada, sin una mínima palabra de agradecimiento.
Y se alejó de allí sin mirar atrás, sabiendo que el ángel seguía allí, mirándola mientras se iba.
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