sábado, 7 de mayo de 2011

Capítulo 8.

-Vamos, María, ya me conoces. Sabes que yo nunca me saltaría una de las Reglas-la aseguró Addu con una sonrisa.
-Lo sé, Addu, pero me lo dijo una fuente fiable y dudé.-Alzó un hombro con elegancia. María iba enfundada en un bonito vestido negro con encaje en el cuello de barco, que dejaba ver un tatuaje oscuro de unas alas en su hombro derecho. Una bolita negra colgaba de una cadena de plata: su esencia demoníaca. Ya no la necesitaba, pero la guardaba como recuerdo. En su cabeza se posaba un sombrero de ala ancha del mismo color, y a su espalda seguían las alas, absorbiendo la luz del restaurante.
-Pues esa fuente no es tan fiable si te mintió-sonrió él.
-Supongo que sí-sonrió a su vez María. ¿Cómo se había atrevido a poner en duda las intenciones de un amigo por un demonio engañoso? Era obvio que Addu no tenía intenciones de hacer nada parecido. No se iba a arriesgar al castigo que conllevaría romper una de las Reglas. María se estremeció al pensar en lo que supondría ese castigo. Nadie sabía cuál era exactamente, pero corrían rumores sobre una eternidad de torturas en una cárcel, haciéndote suplicar incluso la muerte. Y la eternidad es mucho tiempo.
Así que nadie era lo suficientemente imbécil, o valiente, para probar el poder de Lucifer y Dios.
-¿Quién es tu fuente?-preguntó Addu con un brillo en la mirada. María dudó. ¿Por qué Addu se interesaba en eso? ¿Debía decírselo? Pero la mirada de Addu la sugirió que sus intenciones no eran buenas, y que si se lo decía Balban correría peligro.
-Nunca desveles tu fuente-dijo ella con una sonrisa. Addu soltó una carcajada, pero la alegría no pasó a sus ojos, donde todavía brillaba una luz calculadora.
-De acuerdo, de acuerdo-alzó las manos dándose por vencido. Pero María tuvo la sensación de que sus intenciones estaban muy lejos de sus palabras.
-¿A dónde te diriges ahora?- preguntó María, cambiando de tema.
-Reino Unido. Me han comentado que hay problemas y me sentiría muy mal si no fuese a empeorarlos-soltó una carcajada.
Addu era un demonio bastante terrible que no convenía tener como enemigo. Había ocasionado las peores tormentas de la historia, llevándose multitud de vidas por delante, y los ángeles no le tenían demasiado aprecio. Los demonios, sin embargo, le respetaban y sabían que no debían entrometerse en su camino.
Por suerte María contaba con él como amigo y no tenía que preocuparse. Podía contarlo como un punto a su favor.
-Pero háblame de ese ángel-siguió Addu. No parecía querer dejar pasar el tema.-A lo mejor debería ir a aclararle que todo ha sido una confusión y no le deseo ningún mal. ¿Sabes dónde está?
María seguía sin fiarse. ¿Por qué era tan insistente?
-No lo sé. Quizá en Italia, he oído que todos los ángeles van ahí últimamente-mintió María. Addu no parecía muy convencido, pero no daba señal de haber notado el engaño.-¿Cómo se llamaba este? Michael, ¿no?-fingió no acordarse.
-Daniel-soltó Addu. Luego se dió cuenta de que jamás debería haberlo dicho. María notó el rencor al pronunciar el nombre, y supo que había mentido cuando dijo no conocerle.
-Eso es...-dijo María. Se miraron fijamente, a ver quien acababa ya con el teatro de una vez por todas. María sonrió falsamente, como si no se diese cuenta. Addu la devolvió la sonrisa pero sin alegría.
María dió gracias porque Addu no supiese el paradero de Daniel, porque de saberlo iría a buscarlo y no precisamente para charlar.
-Bueno, María, debería irme ya-se despidió Addu. La besó la mano y se fue por donde había venido.
María sentía que había traicionado a un amigo por un ángel, que estaba haciendo lo correcto cuando no la correspondía.
Se preguntó si habría hecho lo mismo de haber sido otro ángel, y maldijo a Daniel por haberla cambiado. Se suponía que no debía importarle, pero no podía evitar preocuparse por eso.
Se quedó sentada un rato más, mientras veía el sol ponerse sobre París, tiñéndo la Torre Eiffel de tonos naranjas.

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