-Balban, necesito más-dijo María. Se había levanado de buen humor, pero el demonio la estaba impacientando.
-¿Más? Te he dicho todo lo que sé.-Balban estaba asustado. María no estaba contenta y a él le daba miedo cuando no estaba satisfecha. María era la única mujer respetable en el Infierno con la que no se podían andar con bromas. Era poderosa, todos lo sabían.
-No es suficiente-le susurró por encima de la mesa, amenazante.
Estaban en Argentina, en un bonito café situado en mitad de ninguna parte. El campo se extendía mucho más allá de lo que su vista alcanzaba a contemplar. El sol, en lo alto del cielo, se burlaba de ellos, rodeado por un cielo de un intenso color azul. El calor era sofocante y Balban estaba sudando, lo que a María le resultaba bastante asqueroso. Ella estaba fresca, como si no notase el calor. O como si ni el mismo sol se atreviese a molestarla, pensó Balban. María le miró a través de sus oscuras gafas de sol. Balban se apartó el cuello de la camiseta con un dedo, como si se estuviese ahogando, y compuso una mueca. Nunca le habían gustado los sitios con tanto calor, pero la comida argentina era su favorita.
-¿Qué quieres saber?-la preguntó con desesperación. Solo quería que estuviese contenta y así poder seguir con su vida.
-¿Por qué Addu quiere matar a Daniel?
-Pregúntaselo a él- la contestó.
-Ya lo he hecho. Pero él niega conocerle y no me quiere dar explicaciones-dijo, irritada.
-Lógico-dijo como si fuese obvio. María alzó una ceja para que se explicase.-Ningún demonio con dos dedos de frente admitiría en alto que quiere romper una de las Reglas. Acaso que desea morir, o algo peor.
-¿Estás seguro de sus intenciones?-le preguntó. Balban asintió con vehemencia, abriendo mucho los ojos.
-Yo mismo le oí decirlo, después de cruzarse con el ángel-aseguró.
-¿Le estabas espiando?-preguntó María, incrédula.
-No, claro que no. Tan sólo pasaba por allí y lo oí por accidente...-intentó escusarse Balban sin mirarla a los ojos.
María soltó una carcajada.
-Balban, eres un sucio y rastrero espía-se rió de él.
-Bueno, pues gracias a eso tienes tu información- se enfadó Balban. Lo cierto era que a María en esos momentos la venía realmente bien.
-¿Qué sucedió?¿Qué hizo Dan...el ángel-rectificó- para que Addu dijese eso.
Si un demonio se enteraba del aprecio que le tenía a un ángel no tardaría en ser expulsada del Infierno, o algo muchísimo peor. Tenía que evitar llamarle por su nombre, porque eso lo diferenciaría de los otros ángeles y se suponía que no debía tener preferencias.
-¿Quién sabe?-se encogió de hombros.-Yo solo vi que fue a por el ángel, pero él no le vió y echó a volar. Addu se quedó en la tierra en vez de ir a por él y juró que lo mataría aunque lo castigasen por ello. Estaba muy cabreado.
María se quedó pensativa. A lo mejor debería preguntar a Daniel. Sí, eso haría. Era extraño, normalmente Addu se ponía furioso cuando le cabreaban, no en vano era el demonio de la tormenta, pero solía guardar la calma y jamás había amenazado con matar a nadie. ¿Qué habría ocurrido?
Volvió a Barcelona cuando ya había anochecido. La casa estaba a oscuras. Fue a la habitación de Dorothea y se la encontró durmiendo. Raro en ella, que siempre la esperaba hasta que volvía.
Daniel estaba tumbado en la cama, mirando el techo y escuchando tan solo el silencio. La puerta se abrió con el mínimo ruido y unos tacones resonaron por la casa. María debía de haber vuelto. Unos tacones que marcaban a cada paso el mismo ritmo que su corazón, expectante. El sonido era como un pequeño golpe en cada uno de sus huesos, pero no era desagradable, incluso le taría recuerdos.
Los tacones se dirigieron a la habitación de Dorothea y luego al cuarto de María. Pero cambió de opinión y se fueron acercando a la habitación de Daniel. Éste se incorporó la cama y se quedó mirando la puerta, que se abrió dejando pasar a María.
-¿Qué le has hecho a la pobre Dorothea?-susurró con una sonrisa.
-¿Todavía no se ha despertado?-preguntó, alarmado. María negó con la cabeza.-Me dijo que era un ángel y, de repente, se desmayó.
María no pudo evitar soltar una carcajada.
-¿Es la reacción que produces en todas las mujeres?
-Dios, espero que no-dijo él. Se miraron fijamente, hasta que María desvió la mirada. ¿Qué la pasaba? Se estaba comportando como una adolescente llena de hormonas. Ella nunca actuaba de esa manera. Ella siempre lo controlaba todo.
Notó que se había ruborizado ante la mirada del ángel, pero confió en que estuviese lo suficientemente oscuro para que él no lo notase. Pero Daniel lo notó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario