En su sueño María iba vestida de blanco. Las alas a su espalda creaban luz en vez de absorberla. Su cabello, una cascada indómita de azabache, se movía a su alrededor tapándola la visión de vez en cuando, cuando el viento se lo colocaba en delante de los ojos. Una sonrisa iluminaba su cara, y hasta sus pecas parecían brillar. Una alegre música sonaba mientras ella se acercaba entre pequeños brincos a él, hasta quedar justo enfrente.
Abrió un ojo, molesto por la luz que se colaba por su ventana. La música alegre de su sueño seguía resonando, y dudó por un momento que se hubiese despertado. Pero un golpe en la rodilla cuando se dirigía hacia la puerta acabó por convencerle. Soltó una maldición por lo bajo y abrió la puerta mientras se ponía una camisa blanca.
El sonido era demasiado puro como para tratarse de un disco de vinilo. La melodía era aguda, rápida, tocada con buen humor. No pudo identificar de quién era, no la había escuchado en su vida.
Cuando llegó al salón encontró a María, sonriente, sentada al piano. Se apoyó en el marco de la puerta con una media sonrisa y las manos en los bolsillos de los oscuros pantalones, deleitándose contemplando como tocaba el piano.
Acabó al fin con una nota aguda, y se giró para mirarle todavía con una sonrisa. Daniel estaba absolutamente asombrado con María: cambiaba más que el viento. Podía estar enfadada y de repente estar contenta tanto como echarse a llorar al minuto siguiente.
-¿Has descansado?-le preguntó.
-Umm...-asintió él mientras se estiraba, complacido por el sueño que había tenido.-Te has colado en mis sueños.-María puso cara de susto y Daniel rectificó antes de que saliese corriendo:- Quiero decir que la música se ha colado en mis sueños.
-Es de mis canciones favoritas.-Sonrió y el mundo pareció iluminarse para Daniel. ¿Cómo un demonio podía tener una sonrisa tan encantadora? Daniel sonrió a su vez.
-¿La has compuesto tú?
María asintió y le preguntó, de buen humor:
-¿Te apetece desayunar?
Apareció por la puerta de la cocina una pequeña señora de unos 60 años, de tez pálida y un poco escuálida, con una bandeja de plata entre las manos. La ausencia de alas en su espalda indicaba que era humana. Daniel no recordaba haberla visto ahí el día anterior, pero supuso que sería la doncella de María que se habría traído de París. En la bandeja había tostadas, café, pastas, bollos, leche, huevos, bacon y té. Solo de verlo a Daniel le entró hambre.
-Vous pouvez sortir, Dorothea-dijo María en perfecto francés, indicando la procedencia de la doncella. Ésta inclinó la cabeza en una pequeña reverencia antes de salir por la puerta, lanzándole una mirada curiosa a Daniel antes de irse.
-Espero que no hagas sufrir mucho a la pobre Dorothea-dijo Daniel.
-Solo lo justo-contestó María de nuevo contenta mientras mordía una tostada.
Daniel se sirvió huevos con bacon acompañados de un café. Comió como si hubiese estado en ayunas durante días, pero luego se sintió mal al pensar en lo explotada que debía estar Dorothea para preparar semejante desayuno.
-Tengo que salir un momento-dijo María agarrando un bolso negro cuando acabó de desayunar. Dudó un momento antes de decirle:-Tú espérame aquí.
Daniel siguió desayunando, ahora solo. Dorothea apareció por la puerta del salón con timidez.
-¿Quieres acompañarme mientras desayunamos?-la ofreció Daniel. Todos los ángeles y los demonios nacían dominando absolutamente todos los idiomas. Era algo necesario debido al continuo cambio de domicilio por todo el mundo. Cuando estaban en Francia María y él habían hablado en Francés, pero ahora que estaban en España se habían pasado a hablar el Español, que era uno de sus idiomas favoritos.
Dorothea aceptó y se sentó en el sofá de enfrente de Daniel sin probar bocado, mientras observaba fijamente como el ángel engullía la deliciosa comida que había preparado.
-¿Cuánto llevas trabajando para María?-la preguntó, para iniciar conversación. Dorothea se quedó pensativa un momento, antes de contestar:
-Unos diez años-tenía la voz un poco rota, pero amable.- ¿Y usted cuánto tiempo lleva casado con ella?-le preguntó, provocando que se ahogase con un trago de café que acababa de ingerir.
-Yo no estoy casado con ella-contestó cuando al fin se recompuso. Dorothea se sorprendió ante esa afirmación.
-Entonces, ¿cuánto tiempo lleva usted enamorado de ella?
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