-Buenos días-la saludó Daniel con una sonrisa. Estaba comiendo tostadas en el comedor, cómodamente sentado.
-Buenos días.-María esa mañana era un témpano de hielo. Se había convertido en el glaciar que habría de hundir al Titanic.
Dorothea pasó a su lado e inclinó la cabeza con respeto. María la miró sin expresión. Habría parecido una estatua de cera de no haber sido por el parpadeo pausado de sus ojos. Dorothea captó el mensaje: debía alejarse. Su antigua señora había vuelto y no quedaba nada de la bondad que había notado últimamente.
María miró a Daniel, que la estaba observando a su vez con una mirada interrogativa. Se preguntaba qué la pasaba y María lo sabía. Si supiese que era sencillamente porque tenía que protegerse a sí misma, porque las cosas eran así y ellos no las podían cambiar.
Después de un rato sosteniéndole la mirada, no aguantó más. Estaba empujando ella misma las puertas que la salvaban y conduciéndose como una inconsciente al lado débil, el lado que quería evitar por todos los medios. Agarró el bolso que había sobre la mesa del salón con rapidez y se dispuso a salir por la puerta. Pero no llegó a cruzar el umbral porque, apoyado en el marco de la puerta, se encontraba Daniel.
-¿Qué te sucede?-la preguntó.
-No me sucede nada, Daniel, así soy yo-dijo, fria.
-No es cierto-dijo Daniel. María intentó abrir la puerta. Si no salía de allí acabaría cediendo a esa azul mirada.-María...-susurró Daniel con la voz rota. María le miró a los ojos.- Te quiero.
-Muy típico de los ángeles ser masoquistas-dijo María, sin embargo.- Siempre quereis lo imposible.
-No estoy pidiendo algo imposible.
-Sí que lo haces. Los demonios debemos odiar a los ángeles, y los ángeles debeis odiarnos.
-¿Por qué?-preguntó él.
-Porque las cosas son así.
-¿Por qué?-repitió él, insatisfecho por la respuesta.
-Porque es nuestro destino-susurró ella, sabiendo que era lo que él quería oir.
-¿No recuerdas lo que te dije sobre eso?
«La única manera de luchar contra él es dejándote arrastrar por él», recordó María.
-¿Luchar?-preguntó ella, mirándole como si estuviese loco.-¿Quién te ha dicho que quiera luchar contra el destino?
-Quieres-aseguró él. ¿Cómo se atrevía a decirla lo que quería o no?
-¿Cómo lo sabes?-le preguntó ella alzando la barbilla, desafiante.
-Porque también me quieres.
-No tienes ni idea de...-empezó ella, temblando de rabia. Pero a lo mejor esa furia se debía a que sabía que tenía razón.
-¿De lo que piensas?-acabó él.-Te empeñas tanto en hacer impenetrable tu mundo que no te das cuenta de lo accesible que resulta para alguien que se dedica a leer almas.
-No sabes nada acerca de mi mundo.
-Yo soy parte de tu mundo.
-No lo eres.
-Entonces, ¿por qué me besaste?
-Yo no te besé.
-Tampoco me apartaste.
Por una vez en toda su malsana existencia, María no encontraba palabras para replicar. Buscó algo mordaz y no lo encontró, lo que la demostró lo mucho que él la afectaba.
Pero no iba a dejar que se diese cuenta. Así que con un gracil movimiento, se introdujo entre él y la puerta, y se escabulló.
El cielo volvía estaba despejado, sin rastro de la tormenta del día anterior. El día era frio, tanto como ella misma. La escarcha brillaba en los árboles, como cristales alojados entre sus ramas.
María se encogió en su chaqueta, abrumada por el mundo que la rodeaba e incapaz de echar a volar.
Pero no podía llegar a imaginarse la sombra que la observaba desde un tejado.
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