jueves, 19 de mayo de 2011

Capítulo 13.

-¿Cuál es tu historia?-le preguntó María.
Estaban sentados en un sofá enfrente uno del otro. María tenía los pies encogidos contra su menudo cuerpo y una taza de café entre las manos. Daniel estaba repantingado mirando al techo con otro café. La miró al oír la pregunta.
De fondo sonaba uno de los discos de vinilo de María. Era una canción triste que hablaba sobre la soledad y la incomprensión. La voz de María, tan nostálgica como siempre, hacía que sonase incluso más triste. Y como telón, la lluvia que caía sobre los cristales en un ritmo frenético y tranquilizador a la vez. A causa de ella no habían salido ese día, pues a ninguno les gustaba volar mientras se mojaban.
-Mi historia...-repitió él.- Supongo que la misma de todos, ¿no es cierto? ¿Acaso se diferencia la mía de la tuya?
María negó con la cabeza, contradiciéndole.
-Cada uno tiene su propia historia. Quizá compartamos un destino, pero no es el mismo camino el que tomamos.
-¿Quieres que empiece desde el principio?-preguntó él. Ante el asentimiento de María, volvió a mirar al techo, como si intentase recordar.-No recuerdo el día en que nací. Me gusta pensar que fue en invierno. Todas las fechas importantes de mi vida han sido en invierno. Mis padres eran ángeles. No recuerdo sus caras, ni sus nombres. No tenía ni un año cuando me enviaron aquí, a la tierra. Me enviaron a Alemania, a Berlín, exactamente. Pasé los primeros cuatro años de mi vida en un orfanato del que ni siquiera recuerdo el nombre. Una familia me acogió en Diciembre. Como ya te he dicho, las fechas más importantes de mi vida suelen ser en invierno.
Se quedó callado y María se vió en la obligación de preguntarle:
-¿Era una buena familia?
-No se podía decir que fuese una familia de cuento. O quizá era como la de Hansel y Gretel-dijo con ironía.- De haber sido por mi padre nos hubiese abandonado a mi hermano y a mí en el bosque el primer día. Mi hermano era dos años mayor. Estaba celoso porque creía que nuestra madre me quería más a mí, y no nos llevábamos demasiado bien.
-Pero tú le perdonabas-acabó María. Alzó un hombro.-Típico de los ángeles.
A María no se le pasó desapercivido que Daniel se refería a ellos como "mi padre, mi hermano y mi madre", como si fuesen su familia biológica. Eso demostraba que a pesar de todo les quería.
-No merecía la pena que le guardase rencor- se explicó Daniel con una sonrisa, como si la quisiese demostrar las razones de los ángeles.- Sin embargo, mi padre era mucho peor. Cuando volvía del trabajo mi hermano y yo corríamos a escondernos para que no nos viese. Estaba siempre borracho. Jamás le vi sin una botella de alcohol en la mano. Mi madre le esperaba en la cocina e intentaba hacerle entrar en razón, pero todo le daba igual. Mi madre era un ángel. Me gustaba cuando llegaba por las noches y sus zapatos resonaban por la casa. Entraba en mi habitación para darme un beso y se iba a dormir. Olía a romero. Desde entonces, ese sonido y ese olor han representado la seguridad.
María podía fácilmente imaginárselo de niño, con cuatro años recién cumplidos. El pelo rubio y los luminosos ojos azules. Las majillas arreboladas y los andares torpes y dulces. Haciéndose querer siempre por todos.
»Cuando cumplí veinte años me fui a recorrer el mundo. De Alemania me fui a Rusia, luego a África. Y cuando empezó la Guerra Mundial volví a Europa, a Suiza concretamente, y luego acabé en Francia-me mira dándome a entender que ya conozco el final de la historia.
-¿En qué año naciste apróximadamente?-le preguntó María.
-En el año 1346, más o menos-dijo él.
-Vaya, eres bastante joven.
-¿Más joven que tú?-preguntó divertido.
-Nací hace unos 300 años nada más-contestó María.-Pero tengo más preguntas.
-Adelante.
-¿Recuerdas el Paraíso?
-No. Cuando cumplí los veinte años se me permitió volver, como a todos, pero no creí estar preparado para encontrar a mis padres de nuevo. Recuerdo... sensaciones. Paz, serenidad, equilibrio, felicidad... de cuando estuve ahí en mi primer año de vida. Pero no consigo recordar su aspecto, su olor o sus sonidos. Nada-dijo con desesperación. Como si vivir en esa ignorancia le produjese una tremenda agonía.
La lluvia llenó el silencio que se abrió paso entre los dos. Estaban a tan solo unos metros, pero en esos momentos sus mentes se hallaban a kilómetros luz del otro. María pensaba en cómo habría sido ser un ángel en una familia de humanos influidos más por los demonios que por el lado de la luz. Daniel pensaba en cómo habría sido su vida si hubiese vuelto al Paraíso en vez de quedarse en la Tierra.

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