-¿Qué me sucede?-le preguntó María a Harahel. Estaba desesperada, necesitaba respuestas, y ella era la única que podía proporcionárselas. Harahel era un ángel que había decidido no meterse en la guerra entre ángeles y demonios, y vivía al margen de todos ellos, proporcionándoles respuestas a todos por igual pero sin participar en ninguna disputa. A pesar de ser un ángel, era respetado por los demonios igual que por los ángeles, ya que era el más antiguo de todos, que se decía que había estado observando la Caída desde el Cielo, mientras tocaba la lira con tristeza. Corrían rumores que solo volvió a tocar la lira una vez más, y fue con la muerte de Jesucristo. Se dice que era tal sonido el que producía, que el lago Baikal se había formado con las lágrimas de un pueblo que lo escuchó.
-¿A qué te refieres?-la preguntó ella, haciéndose la sueca.
-No me digas que no te has fijado porque sé que lo has hecho-la recriminó.-Me refiero a mis alas. ¡Míralas!-dijo señalándolas, alzando la voz.-Y ya vuelvo a perder el control.-Puso su cabeza apoyada en sus manos.-Últimamente estoy histérica.
Harahel la miraba sin decir nada. Tan solo sonreía. Quizá de felicidad, quizá de lástima; era una sonrisa a la vez alegre, triste y melancólica. Una sonrisa que, María pensó, debía ser como el sonido de su lira. Tal torbellino de emociones que solo podían emocionar de tal manera que un humano no podía llegar siquiera a comprenderlo.
-¿Qué me pasa, Harahel? Sé que tú lo sabes.
-Te has enamorado-susurró.
-¡No digas tonterías!-se enfadó María.-Soy un demonio, ¿no me ves?
-Eres tú la que no lo ve-dijo con suavidad.-Tus alas ya no son negras, incluso tu esencia ya no es oscuridad. ¿Es que no ves la luz?
-¿Por qué?-preguntó María, derrumbándose. Estaba a punto de echarse a llorar de nuevo, demostrando la grandeza de su debilidad.
-¿Has tenido contacto con algún ángel? Me refiero a un contacto sin fines bélicos.
-Sí-admitió María. Sabía que podía contárselo a Harahel, que sería incapaz de decir nada y hacer daño a un ángel y un demonio. Porque si los demonios se enteraban de que María escondía a un ángel, no sería solo él el que peligraría.
-Sólo te podías enamorar de un ángel-dijo ella.
-¡Claro que no!-se enfureció María, levantándose de golpe de la mesa en la que estaban sentadas.-¡Tengo que matarle, no quererle! ¡Estoy hecha para ello!
-Hay partes del destino que ni siquiera conoces-la dijo Harahel.-Pero pronto serán descubiertas, y hay misterios que no deberían resolverse-se estremeció, con miedo. María no sabía a qué se refería, pero estaba tan enfadada que solo quería salir de allí.
Se levantó de la mesa de golpe y salió por la puerta del restaurante aún más confusa de lo que había llegado. El frío de Berlín la azotó como un latigazo. Acostumbrada al frío de España, no se había dado cuenta de que no iba a un sitio tan cálido, a pesar de que España no era tan poco muy calurosa en invierno.
Extendió las alas todo lo que pudo y las maldijo por dejar la luz seguir brillando y no absorberla como habían hecho antes de... conocer a Daniel. Salió volando, intentando dejar en el suelo todas sus preocupaciones. Pero éstas volaban mucho más rápido que ella, alcanzándola.
¿Debía creer a Harahel?¿Cómo podía haberse enamorado?No, no lo había hecho. ¡Era un demonio, por el amor de Dios! Pensó en Daniel, en sus ojos azules mirándola mientras se iba. En su rostro cuando ella fue tan fría con él esa mañana. Pero debía hacerlo. Debía alejarse de él todo lo que pudiese o acabaría todo mal. Ni siquiera debía estar protegiéndole. Pero, ¿por qué lo hacía? Dejó esa pregunta sin contestar, porque sería darle la razón a Harahel.
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