viernes, 6 de mayo de 2011

Capítulo 7.

-Quieren matarte-le dijo María, desesperada, mientras intentaba recobrar el aliento. Había volado desde París a Barcelona al día siguiente de enterarse, para alertarle. No tenía ni idea de cómo había sabido donde encontrarle, pero había tenido una corazonada y había decidido seguirla, sin importarle dónde acabase.
Había recorrido todas las calles de Barcelona, buscándole, hasta que al fin lo había encontrado sentado en una de las agujas de la Catedral de la Sagrada Familia, mirando al cielo con nostalgia.
-Lo sé-se limitó a decir él.
-¿Y no piensas hacer nada?-preguntó ella, de repente furiosa e indignada contra él. Daniel se limitó a encogerse de hombros con indiferencia.
-España es una ciudad preciosa-dijo, tan solo.-Me dijiste que habías nacido en España, ¿no?- María se dió por vencida y decidió seguirle la corriente, asintiendo y dejando que continuase.- ¿No te trae recuerdos?
-Muchos. -Le señaló una tiendecita de muebles y empezó a contar:-Hace unos 800 años allí había una panadería donde solía comprar pan. -Siguió señalando con el dedo hasta el final de la calle.-Mi madre nos esperaba en esa esquina para ir a ver a mi padre, al campo y llevarle comida.-Señaló a continuación una elevación a las afueras de la ciudad.- En esa colina de allí vivía Lilly, una niña a la que adoraba atormentar. Era una duquesa que estaba siempre deprimida.-Sonrió.
-¿La echas de menos?-la preguntó.
-¿A Lilly? No demasiado, era bastante aburrida.
-No, a tu antigua vida. A la rutina de comprar el pan e ir a ver a tu padre-la miró, dejando de mirar al cielo.
-Supongo que no se puede echar de menos algo que no recuerdas apenas. Tan solo imágenes que me asaltan de vez en cuando-contestó María. Entonces comprendió por qué lo preguntaba, por qué tenía esa mirada nostálgica y por qué había subido hasta ahí arriba para observar el cielo.
Echaba de menos el Paraíso aunque apenas lo recordaba. A muchos ángeles y demonios les pasaba. Tenían un hijo y debían enviarlo a la Tierra a cumplir su función. Normalmente se criaban como niños huérfanos en orfanatos, casas de acogida o sencillamente en la calle.
Daniel recordaba apenas el Paraíso y lo añoraba, supuso María. ¿Cómo debía ser que te arrancasen de tu hogar para mandarte a una dura vida de guerra, en una misión que eras demasiado joven para comprender? Era el destino, pensó. Desde siempre había creido en el destino y asumido que su vida tenía que ser así, que habían nacido para ello. Pero pensó en las palabras de Daniel. "La única manera de luchar contra el destino es dejándose llevar por él". Pero María se preguntó si realmente había una manera de luchar contra él. Había sido así desde hacía tanto tiempo, que parecía impensable vivir de otra manera.
Se puso a mirar a la gente pasar. Desde allí se veían como diminutas hormiguitas. Pasaban con prisa y ni siquiera se daban cuenta del ángel y el demonio que charlaban encima de sus cabezas. Parecía irreal que un demonio hubiese advertido a un ángel sobre su vida, pero si se paraban a pensarlo, la misma vida era irreal.
Se dió centa de lo metafórico que resultaba eso. Diminutos humanos que no se daban cuenta de la batalla que se libaraba a su alrededor, en torno a ellos. Unos protegiéndoles, los otros amenazando. Estaban demasiado ocupados en su mundana vida como para pararse un momento y darse cuenta de que si seguían vivos debían darle las gracias a los ángeles. Pero ellos simplemente se dejaban utilizar como peones en una guerra que nisiquiera era la suya, que no recordaban y que trascendía más allá de su propia vida. Ellos, creyéndose el centro del mundo, seguían su camino, metiéndose en el camino de ángeles y demonios que no dudaban en usarles como excusa para seguir luchando.
Y que hablasen de destino... No sabían lo que era nacer para algo y no poder evadirte. Ellos al menos contaban con el libre albedrío de poder hacer lo que quisieran, pero los ángeles y los demonios seguían lo que les marcaba su naturaleza, ideada mucho tiempo atrás, marcando un camino ya escrito mucho antes de su nacimiento.
-¿Vas a hacer algo?- le preguntó al fin a Daniel.
-¿Respecto a qué?-dijo él, pestañeando como si se acabase de despertar.
-Respecto a que intentan matarte-dijo ella, irritada. ¿Esque acaso no le importaba su propia vida? Ningún ángel o demonio quería morir, y además era una infracción de las reglas.
Daniel se encogió de hombros con indiferencia.
-¿Qué es lo que crees?-estalló ella, al fin.-¿Que Dios va a venir y a salvarte cuando Addu te ataque?-Daniel la miró como si no comprendiese lo que sucedía en realidad y fuese tan solo una niña ingenua que estaba todavía aprendiendo a contar.-¡No me mires como si fuese idiota!¡Sé que no quieres morir!
-No, no quiero morir-dijo él.
-Pues entonces reacciona.
-¿Y qué quieres que haga?¿Que me esconda?-dijo con ironía.
-Por ejemplo-replicó ella.
-No voy a huir como un cobarde-dijo él.
-El tiempo de los caballeros andantes ya ha pasado, Daniel, bienvenido a la era de la supervivencia.
-Si quiere matarme puede venir aquí e intentarlo-dijo con fiereza.
María se dió por vencida ante la cabezonería del ángel. ¡Dios mío, era mucho peor que ella!
-Al menos quédate en España-le suplicó. Cuando Daniel abrió la boca para soltar un discuros sobre valentía y honor, añadió rápidamente:- Solo hasta que se le pase y estés seguro. No te pido que te escondas, solo que no vayas a su encuentro.
Daniel se quedó callado y la miró. Se olvidó por completo del cielo cuando la dijo:
-¿Qué hace un demonio preocupándose por la vida de un ángel?
-Buena pregunta-susurró.- Muy buena pregunta.

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