sábado, 7 de mayo de 2011

Capítulo 9.

Daniel pasó los dedos por las teclas del piano con suavidad, sin producir sonido alguno.
María había vuelto a París Dios sabe para qué, después de dejarle en su casa de Barcelona, donde ella aseguraba que estaría protegido. La sentía lejos, pero sabía que en un batir de alas estaría pronto con ella.
Desde la ventana del pequeño piso se veía como se ponía el sol sobre la Sagrada Familia. Los pájaros lanzaban sus últimos cantos y la gente volvía a sus casas. Daniel se preguntó qué estaría haciendo María en esos momentos.
Después de tocar un par de notas al azar, se levantó de la silla del piano y se puso a recorrer la casa. Estaba todo muy bien decorado y ordenado, con un aire clásico. Los muebles de oscura caoba, las estanterías repletas de libros y las camas estiradas hasta quedar como un cuadro.
En el salón un aparato le llamó especialmente la atención. Se dirigió hacia él con curiosidad. Era un gramófono apoyado en una pequeña mesa alta. Un aparato muy nuevo por esos tiempos y que siempre le había fascinado. Buscó un disco para ponerlo. Los encontró al fondo de un cajón debajo del gramófono, en una caja roja. Recorrió los discos de vinilo, escogió uno al azar y lo colocó en el aparato, poniendo la aguja encima.
Una bonita melodía de piano empezó a sonar, con notas dulces y lentas. Una voz de mujer se colocó por encima del piano. No era perfecta, a veces se distorsionaba, pero eso solo conseguía hacerla de mayor belleza. Cantaba una canción en francés. Daniel no se fijó en lo que decía, tan solo en el timbre de la voz. Nostálgica, triste, rota, melancólica y lejana. Transmitía un potente remolino de emociones a cada palabra, haciéndole estremecer. Como ángel que era, no pudo evitar maravillarse ante tal belleza.
Se quedó tan absorbido escuchándolo, que no se enteró cuando llegó María.
-Vaya, los has encontrado-dijo.
Daniel se sobresaltó en su interior, pero no porque le hubiese asustado al llegar tan silenciosamente, sino porque se dió cuenta de quién era la mujer que cantaba. Pero no dijo nada.
-Son de hace unos años, nada más-explicó ella con indiferencia.- Se ofrecieron a grabarme cantando y tocando el piano para probar el nuevo invento.
-Tienes talento-dijo él.
-No lo creo-se rió ella.
-Es un arte precioso, el de la música-dijo Daniel pasando un dedo por las curvas que dibujaba el gramófono.
-Precisamente por eso-susurró ella. Daniel la miró y la encontró al borde de las lágrimas.-Se supone que debo oponerme.
Daniel dió un paso para consolarla, alzando un brazo.Pero María se asustó y dió otro paso hacia atrás, como si tuviese miedo de tocarle. Nunca la había visto tan frágil, vulnerable e incontrolada. Ella, que siempre lo tenía todo calculado y era tan fuerte. Se secó las lágrimas que habían acabado por derramarse, con enfado. ¿Qué hacía llorando delante de un ángel?
-Me voy a dormir. Ha sido un día muy largo-dijo ella, recompuesta ya del todo y con la mirada fría. Se dirigió por el pasillo hacia su cuarto, decorado de tonos pastel, y antes de cerrar la puerta se giró por última vez hacia Daniel.-Tu cuarto es el de enfrente.-Y cerró la puerta, como si cerrase la muralla que la separaba del mundo, dejando a Daniel fuera.
El ángel siguió escuchando el disco de vinilo hasta que acabó, escuchando la dulce voz de un demonio, de María. Nunca había escuchado una voz igual. Una voz que sentía y transmitía sensaciones que lo atrapaban y sumían en otro mundo. Un mundo del que María se había encargado de apartarle.
Se dirigió por última vez, antes de irse a dormir, al balcón. Observó las estrellas que iluminaban Barcelona, acompañando a sus alas. Las calles estaban silenciosas y la ciudad parecía incluso más mágica que de día. Se preguntó cómo habría sido la vida de María en esa ciudad, tantos años atrás.
 La luna, en lo alto del cielo, dibujaba una sonrisa ladeada cuando Daniel se fue por fin a dormir.

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