viernes, 6 de mayo de 2011

Capítulo 6.

-Balban, ¿qué me debes?- le preguntó María. Hoy, por fin, había sido puntual. Se notaba cuando algo le interesaba. Pero María estaba de muy mal humor. No había dormido, preguntándose qué había querido decir el ángel y eso no la sentaba nada bien.
-¿Qué me vas a dar?- dijo Balban. Tenía un frio brillo calculador en los ojos.
-Depende de lo que valga la información- dijo María. No iba a dejar que un idiota la timase.
-Ya conoces las reglas, María, la recompensa va primero.
Claro que conocía las reglas, pero hoy no estaba para bromas.
-Me dan igual tus reglas- dijo con frialdad. Balban la conocía lo suficiente como para saber que no debía enfadarla cuando se levantaba de mal humor.
-Es algo gordo, María- susurró. María detectó un timbre en su voz que le indicaba que estaba nervioso, preocupado y expectante por algo.- Te hablo de una revolución en el Infierno. Un demonio pretende acabar con la vida de un arcángel.
-¿Qué arcángel?- preguntó María. Sabía que no debería haberle importado, sin embargo la pregunta salió de su boca sin pensarla. Cada vez que la razón le asaltaba la mente ella la apartaba de un empujón: quería saber si era a Daniel a quien planeaban matar.
-Yo no desvelo nombres, María- dijo Balban negando con la cabeza.
-¿Qué arcángel?- repitió María entre dientes. Sabía que de su mirada saltaban chispas. Era la típica persona capaz de decirlo todo con los ojos sin necesidad de palabras.
Gotas de sudor comenzaron a perlar la frente de Balban. Sabía que era peligroso desvelar identidades, pero temía a María cuando estaba furiosa.
-No estoy seguro- dijo rápidamente.- He oído rumores sobre un tal Daniel, pero no sé de quien hablan.
El mundo de María pareció detenerse. Un nombre resonando una y otra vez en su cabeza: Daniel, Daniel, Daniel. Cada vez más rápido hasta convertirse en un grito repetitivo sin sentido.
-¿María?- la llamó Balban, devolviéndola a la Tierra.-María, ¿estás bien?
-Claro que sí- respondió María. Sus facciones construidas sobre granito, sus cuerdas vocales sobre un iceberg y sus ojos de diamante, irrompibles.-Es solo la vida de un ángel.
-¿Le conoces?-la preguntó. Pero María sabía cuáles eran los límites de información de un demonio, y que si contestaba afirmativamente no tardaría en extenderse el rumor de que estaba aliada con el enemigo.
-No.-Finalizó el tema.- ¿De qué demonio se trata?
Balban dudó en responder, pero a María le bastó con soltar un suspiro irritado para meterle miedo y que contestase corriendo:
-Addu. Es Addu.
El mundo volvió a caerse encima de María. Addu era su amigo y pretendía matar a Daniel.
-Pero Addu conoce las normas-dijo María a media voz.
-¿La de no matarás a tu enemigo?-preguntó Balban.-Por supuesto que la conoce. Pero, ¿cuándo una absurda regla ha impedido a Addu lograr su objetivo?
En el principio de los tiempos Dios y Lucifer establecieron unas normas bastante claras para la guerra que había comenzado:
No podían matarse unos a otros porque eso desequilibraría la balanza. Por supuesto, ellos solo eran inmortales al estar en el Paraíso o el Infierno, pero en la Tierra eran tan mortales como cualquier humano. Aunque eran más fuertes y resistentes que cualquier humano normal.
Estaban en la Tierra hasta la mayoría de edad que eran los 20 años, y luego se les permitía ir al Edén o al Averno.
Los demonios hacen el mal y los ángeles el bien, o por el contrario se produciría la expulsión del bando al que correspondiese.
Tres normas claras y precisas. Y Addu iba a saltarse una de ellas, por lo que le castigarían si le pillaban.
Pero ahora María debía enfrentarse a algo mucho peor: ¿A quién elegiría ella? ¿A Addu o a Daniel? ¿Sería capaz de traicionar a su propia especie por un... ángel?

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