María se sentó frente al piano con suavidad. Era extraño en un demonio dedicarse a un arte como el de la música, pues servían para destruir y no crear, pero María poseía un don.
Cuando sus dedos se deslizaban por las notas como la corriente de agua donde había metido los pies junto a Daniel, no pensaba en nada más. El mundo dejaba de existir y solo la música la acompañaba.
Y después de la charla con el ángel realmente necesitaba despejarse. ¿Qué había querido decir con dejarse llevar por el destino? El destino era lo que era: los ángeles y los demonios luchaban desde que el mundo era mundo. ¿Cómo iba a luchar contra algo así? Era irremediable y punto.
Pero ahora eso no importaba, porque ya había desplegado las partituras enfrente de sus ojos y empezaba a tener amnesia.
Mientras comenzaba con la melodía en la mano derecha las notas se dibujaban en su memoria haciendo innecesaria la partitura. Simplemente cerró los ojos para disfrutar. Una de las cosas que más le gustaban de la música era que tan solo se necesitaba tener los oidos bien abiertos. Y en ese momento ella tenía toda la atención puesta en ello.
Poca gente vivía la música como lo hacía María: con esperanza, alegría y tristeza en cada nota. Había canciones que le habían provocado más de una lágrima mientras las interpretaba, otras que la hacían enfurecer y atizar el piano con todas sus fuerzas, que no eran pocas a pesar de ser una mujer de aspecto refinado; había otras que la hacían regalar sonrisas sencillas, con alegría, sin mensajes ni provocaciones en ella. La música la hacía cambiar, transformarse en otra persona a cada nota.
Pero María ni lo notaba, las emociones eran parte de la obra, porque en ese momento, María se convertía en la propia música.
Por eso se sintió tan vacía cuando acabó. Había vuelto al mundo con pesadez y había caído en una tierra que se le antojaba extraña a pesar de conocerla bien. Eran muchos los días en que se miraba al espejo y no se reconocía en la cara segura que la miraba al otro lado. El pelo moreno largo caía sobre sus hombros en cascada hasta la cintura, despeinado y sin cuidado pero perfecto aún así. Las pecas, siempre brillando en sus mejillas, parecían apagarse. Igual que sus ojos almendrados, casi negros, siempre expresivos y registrándolo todo, se quedaban sin fuerzas y la hacían tener una expresión de profunda tristeza. Su cara redonda la daba un aspecto de niña pequeña e inocente a la que solía sacar gran ventaja. Pero en esos momentos se convertía en otra persona.
María jamás se atrevería a confesárselo a nadie, pero últimamente un vacío se había instalado en su pecho. Lo había intentado llenar de mil maneras diferentes, algunas no muy agradables, pero ninguna había dado resultado. Había buscado la causa, había buscado la cura, y no había encontrado ninguna de las dos.
Solo nostalgia. Irremediable, insondable, inmensa. Pero, ¿nostalgia de qué?¿De un día, de un año o de un simple instante? ¿De un sentimiento, una sensación? ¿De un recuerdo o del olvido?
Y María no era de las que se asustan. Ella era práctica, imparable, imperturbable y rápida. Nunca se acobardaba ante nada. Para ella los problemas eran simple baches que había que saltar y dejar atrás. Esquivarlos no servía de nada, y tampoco fingir que no los había visto. No era de las que se esconden.
Sin embargo, tenía miedo de no poder completar ya nunca ese vacío. De que se hiciese más y más grande y muriese de angustia. De que se tragase su vida como un agujero negro en el espacio se traga las estrellas.
Pero lo que realmente la asustaba era pensar, aunque solo fuese un instante, que la única vez que había sentido ese vacío completo era cuando había estado con Daniel.
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