Pasaron algunos días hasta que María volvió a encontrarse con el ángel. Pero para alguien inmortal, ¿qué eran tan solo unos días? Teniendo en cuenta que la eternidad era para siempre, ¿qué podía importar un minuto, una hora o tan siquiera un día en la vida de un demonio? Sin embargo, una de las cosas que no aguantaban los demonios era precisamente eso: el tiempo. No aguantaban perderlo cuando tenían planes, que era casi siempre. Y los estúpidos humanos siempre se entrometían en sus caminos.
Y entre las cualidades de María no se contaba precisamente la de la paciencia. Por eso se impacientó tanto al no ver aparecer a Balban ¿Es que quería morir? Si se retrasaba un poco significaría que era eso lo que quería, y ella aceptaría gustosa en complacer sus deseos.
Por fin llegó Balban entre jadeos y apoyándose una mano en la tripa. Tenía cara de sufrir una agonía y María sospechaba que no había corrido casi nada y era un gran actor.
-Balban, ¡qué honor que hayas decidido iluminarme con tu presencia!- dijo María con sarcasmo y una mirada amenazante.
-Lo siento, María, me he dado prisa, de verdad- dijo Balban. No era de extrañar que se le conociese como el demonio del engaño. Era tan cobarde que solo le quedaba mentir para escapar de los líos en los que se metía.
-Espero que sepas que aprecio mi tiempo, Balban, y que no suelo estimar demasiado a los que me lo hacen perder- dijo María pronunciando todas las sílabas lentamente, para que quedase constancia de la amenaza. A ver si ese inútil captaba de una vez por todas el mensaje. Balban se limitó a asentir, sumiso.
-No lo considerarás una pérdida de tiempo, te lo garantizo- dijo Balban con una sonrisa que mostraba lo enormemente orgulloso que estaba de sí mismo. Además de cobarde y mentiroso, resultaba que también era un pretencioso. Pero en estos momentos le venía muy bien a María, así que decidió reirse de él solo en su cabeza. Porque Balban no sabía que su enorme ego era un blanco fácil para cualquiera.
-Más te vale- dijo María con una frialdad venenosa. Era mejor que la temiese.
-He encontrado algo que te interesará mucho...- ya se estaba frotando las manos como una rata malvada y gorda. El pobre se relamía de gusto al pensar que iba a cobrar bien por alguna información, cuando no sabía con quien se estaba metiendo. Un consejo: si planeas hacer negocios, conoce antes a tu contacto.
Pero María estaba encantada. ¿La subestimaba? Un punto a su favor.
-Pero la información no es gratuita, preciosa- continuó Balban.
-Claro que no- sonrió María.- Pero mi tiempo tampoco. Como creo que ya que te he pagado una gran cantidad concediéndote más tiempo el precio por la información será menor, ¿verdad que sí?- compuso María una falsa sonrisa de amabilidad. La cara de idiota que se le quedó a Balban al oir aquellas palabras sí que no tuvo precio.
-Pero, M-María, esta información es realmente b-buena-dijo confundido, tartamudeando. De repente, la agarró del brazo con brusquedad para acercarla a él, mientras miraba alrededor con desconfianza, vigilando que nadie les oyese. Y la susurró al oido en tono confidente:- Te estoy hablando de un acontecimiento que cambiará el mundo.
María le miró con asco por la cercanía que guardaban. Sin embargo, una chispa de respeto se mezcló en sus ojos. Balban era un mentiroso cobarde sin escrúpulos, pero se tomaba su trabajo en serio y no exageraba nunca.
Pero no pudo saber de qué se trataba, porque en ese momento el ángel apareció a su lado, en la misma acera de la calle, mirándola fijamente.
-Si vas a escuchar tendrás que pagar a medias conmigo- bromeó María.
-Yo no les concedo información a los ángeles-dijo Balban, enfadado mientras la soltaba.
Entonces, después de mirar fijamente a María, salió volando. María dudó, pero sabía que había algo interesante, que el ángel quería que la siguiera. Y María tenía una curiosidad inmensa.
-Quedamos mañana a la misma hora y en el mismo sitio. Atrévete a ser impuntual- le dijo a Blalban con una mirada fría.
Salió volando detrás del ángel mientras veía en la tierra temblar al demonio de los engaños.
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