sábado, 30 de abril de 2011

Capítulo 1.

París. Finales del s.XIX.

María pasea por debajo de la Torre Eiffel con despreocupación. Las alas negras desplegadas a su espalda, dándola un aspecto aterrador. Una sonrisa traviesa dibujada en el rostro. Tiene ganas de jugar, de divertirse. Pero sus maneras de pasárselo bien no son sanas. Al menos para aquellos con los que quiere divertirse.
Ve a un hombre a lo lejos con una gran borrachera. Sus pasos son inseguros y va dando tumbos. Lleva una botella de alcohol medio escondida en el abrigo y los ojos vidriosos.
Se acerca a él mientras su sonrisa se hace más grande. Ya ha encontrado con quién jugar.
-Hola, ¿se ha perdido?-dice con su voz más inocente. Él la mira y sonríe. Ella ya sabe lo que está pensando, no puede creer la suerte que ha tenido de encontrarla. Pero él no sabe que ha sido ella la que le ha encontrado a él, y que no es exactamente suerte lo que ha tenido.
-Claro, reina, ¿me ayudas?- dijo con voz pastosa y pronunciando mal las palabras. Ella reconoció un acento extraño, duro. Escocés, seguramente.
Él la tendió el brazo y la miró, esperando a que le agarrase. Ella le sonrió mientras sentía desprecio por él. Eran todos tan previsibles... Podía adivinar todos sus movimientos sin necesidad de observarle.
Le agarró del brazo y se dirigió junto a él hacia la carretera. Pero no iba a acabar con su vida. Todavía no, al menos.
-Cuénteme. ¿Qué intenta olvidar?- le preguntó como quien comenta el tiempo. Él la miró sobresaltado. Se estaba preguntando cómo lo sabía, adivino ella. Añadió tranquilamente:- Está usted bebiendo. Es obvio que algo le preocupa.
Le miró con frialdad. Su especie poseía la virtud del engaño y ella era la prueba de ello. Daba sensación de comodidad, de confidente, lo que les atraía a desvelar sus secretos, sin saber que ella los utilizaría en su contra. Era muy guapa, lo que les hacía avanzar ciegos hacia una trampa bien escondida. Y tenía aspecto inocente, lo que les daba una falsa de sensación de seguridad. Pero, ¿cómo iban a saber eso unos tontos humanos?
-Mi esposa me ha echado de casa- se derrumbó al fin. Se echo a llorar sobre el hombro de ella, que le miró con aversión y asco. No aguantaba. Decidió empujarle a la carretera y que le atropellase un carruaje.
Se paró en mitad de la carretera y le dejó allí. Un carruaje se acercaba veloz, y de lo borracho que iba no llegaría ni a verlo.
Se alejó de la escena con una cruel sonrisa pintada en el rostro. Una sonrisa que se borró cuando, cinco segundos después, la alcanzó el borracho.
-Reina, se te ha caído el pañuelo.-Llevaba su precioso pañuelo de seda azul en la mano. No recordaba que se le hubiese caído, iba bien atado. A no ser que...
Miró alrededor y le encontró. Un chico rubio de ojos azules con unas alas blancas desplegadas a su espalda. Solo un ángel podía haberle salvado la vida a ese borracho.
Sus miradas se encontraron y fue como una batalla cósmica, como dos estrellas chocando en el cielo.
Ella le sonrió con aprobación, inclinando la cabeza y aceptando la derrota. Él se limitó a mirarla. Pero ella no se iba a rendir tan fácilmente porque, como demonio que era, su deber era luchar contra el ángel. Y la guerra tan solo acababa de empezar.
Sabía que iban a verse de nuevo. Que no era la primera ni la última vez que sus miradas se iban a encontrar.
Se dió la vuelta, arrancándole el pañuelo de las manos al borracho, que no se había enterado de nada, sin una mínima palabra de agradecimiento.
Y se alejó de allí sin mirar atrás, sabiendo que el ángel seguía allí, mirándola mientras se iba.

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