París. Finales del s.XIX.
Ve a un hombre a lo lejos con una gran borrachera. Sus pasos son inseguros y va dando tumbos. Lleva una botella de alcohol medio escondida en el abrigo y los ojos vidriosos.
Se acerca a él mientras su sonrisa se hace más grande. Ya ha encontrado con quién jugar.
-Hola, ¿se ha perdido?-dice con su voz más inocente. Él la mira y sonríe. Ella ya sabe lo que está pensando, no puede creer la suerte que ha tenido de encontrarla. Pero él no sabe que ha sido ella la que le ha encontrado a él, y que no es exactamente suerte lo que ha tenido.
-Claro, reina, ¿me ayudas?- dijo con voz pastosa y pronunciando mal las palabras. Ella reconoció un acento extraño, duro. Escocés, seguramente.
Él la tendió el brazo y la miró, esperando a que le agarrase. Ella le sonrió mientras sentía desprecio por él. Eran todos tan previsibles... Podía adivinar todos sus movimientos sin necesidad de observarle.
Le agarró del brazo y se dirigió junto a él hacia la carretera. Pero no iba a acabar con su vida. Todavía no, al menos.
-Cuénteme. ¿Qué intenta olvidar?- le preguntó como quien comenta el tiempo. Él la miró sobresaltado. Se estaba preguntando cómo lo sabía, adivino ella. Añadió tranquilamente:- Está usted bebiendo. Es obvio que algo le preocupa.
Le miró con frialdad. Su especie poseía la virtud del engaño y ella era la prueba de ello. Daba sensación de comodidad, de confidente, lo que les atraía a desvelar sus secretos, sin saber que ella los utilizaría en su contra. Era muy guapa, lo que les hacía avanzar ciegos hacia una trampa bien escondida. Y tenía aspecto inocente, lo que les daba una falsa de sensación de seguridad. Pero, ¿cómo iban a saber eso unos tontos humanos?
-Mi esposa me ha echado de casa- se derrumbó al fin. Se echo a llorar sobre el hombro de ella, que le miró con aversión y asco. No aguantaba. Decidió empujarle a la carretera y que le atropellase un carruaje.
Se paró en mitad de la carretera y le dejó allí. Un carruaje se acercaba veloz, y de lo borracho que iba no llegaría ni a verlo.
Se alejó de la escena con una cruel sonrisa pintada en el rostro. Una sonrisa que se borró cuando, cinco segundos después, la alcanzó el borracho.
-Reina, se te ha caído el pañuelo.-Llevaba su precioso pañuelo de seda azul en la mano. No recordaba que se le hubiese caído, iba bien atado. A no ser que...
Miró alrededor y le encontró. Un chico rubio de ojos azules con unas alas blancas desplegadas a su espalda. Solo un ángel podía haberle salvado la vida a ese borracho.
Sus miradas se encontraron y fue como una batalla cósmica, como dos estrellas chocando en el cielo.
Ella le sonrió con aprobación, inclinando la cabeza y aceptando la derrota. Él se limitó a mirarla. Pero ella no se iba a rendir tan fácilmente porque, como demonio que era, su deber era luchar contra el ángel. Y la guerra tan solo acababa de empezar.
Sabía que iban a verse de nuevo. Que no era la primera ni la última vez que sus miradas se iban a encontrar.
Se dió la vuelta, arrancándole el pañuelo de las manos al borracho, que no se había enterado de nada, sin una mínima palabra de agradecimiento.
Y se alejó de allí sin mirar atrás, sabiendo que el ángel seguía allí, mirándola mientras se iba.
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