sábado, 30 de abril de 2011

Capítulo 4.

Cuando María llegó a su lado el ángel estaba sentado al borde de un rio con los pies en el agua, dándole la espalda. María se quedó un momento observándolo de lejos.
Sus alas eran blancas y desprendían una luz asombrosa. La misma que se encargaba de recoger ella con sus oscuras alas. Cada pluma constituía un verso de lo que era la poesía de sus alas. Curvadas y desplegadas a sus lados, majestuosas. Le recordaron a una canción de música clásica interpretada por un piano. No recordaba ni el título ni el autor, pero sí las sensaciones que le habían transmitido. Esperanza, alegría, serenidad y, a la vez, tristeza. Era como una contradicción de sensaciones. Un torbellino frenético que la envolvía y guardaba.
El pelo rubio cenizo, muy claro y corto estaba despeinado. Y no le hacía falta ver sus ojos para saber que eran de un azul celestial, como el rio que estaba observando. Era el más puro ángel que había visto. Habría hecho enloquecer a cualquier artista que hubiese querido retratarlo. Ninguno hubiese captado todas las emociones que desprendía. Dios, es hermoso, se sorprendió María. Pero deshechó ese pensamiento de su cabeza. Debía odiar a los ángeles, para eso había nacido.
El ángel advirtió su presencia y ladeó un poco la cabeza para mirarla por el rabillo del ojo. Tenía una leve sonrisa esbozada que solo remarcaba su perfección.
-María- pronunció su nombre. Ésta se dió cuenta de que era la primera palabra que había salido de su boca en su presencia. Su voz era realmente bonita. Como de violines cantando a coro. María jamás lo admitiría, pero por un momento ese timbre la hizo vibrar.-¿Por qué ese nombre? ¿Una burla hacia el Cielo?
-Nací en España y es un nombre bastante típico. Pero si te preguntan dí eso; tengo una reputación que mantener- bromeó María mientras se sentaba a su lado y metía los pies también en el río. El agua fresca y el sonido tranquilizador la relajaron. Incluso sabiendo que estaba sentada con un ángel, su mayor enemigo, se encontraba bastante bien.
-¿Por qué has venido?- la preguntó.
-Tú querías que te siguiese.
-No te lo he pedido.
-Tu mirada bastó, capté el mensaje y ahora estoy aquí.
-Tan sólo eché a volar-dijo el ángel. Su sonrisa se había transformado en divertida.
-¿Por qué iba a seguir a un ángel si estamos en guerra?
-Yo no estoy en guerra, María, fuiste tú la que me la declaró.
-Me estropeaste mi juego- dijo María.
-Sólo hacía mi trabajo. Igual que cuando salvé al niño.
-Muy loable por tu parte.- En la mirada de María brilló una chispa divertida.- ¿Cuál es tu nombre, ángel?
-Daniel.
Daniel. No iba a olvidar ese nombre.
-Pues Daniel, siento decirte que esto es una guerra. No solo la que te declaré. Me refiero a una mucho más grande, una que no podemos abordar y para la cual nuestras vidas no son sino meras sombras que no se llegan ni a vislumbrar. Me refiero a la guerra que está escrita en nuestro destino.
-¿Y te vas a conformar con el destino?- la preguntó Daniel.
-Es algo que se asume- se encogió de hombros María.
-Vaya, te creí luchadora, fuerte, rebelde, inconformista. No pensé que te rendirías tan pronto.
-¿Es que hay acaso algún modo de luchar contra el destino?- preguntó María. Se había hecho muchas veces esa pregunta cuando la daba por pensar, pero jamás se había atrevido a expresar esa duda en voz alta.
-La única manera de luchar contra él es dejándote arrastrar por él- contestó Daniel.

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