-No deberías jugar con fuego, María- la dijo Addu entre risas.
-No juego con fuego, solo con un ángel- respondió María apoyando otro cigarro en sus labios. Le dió una lenta calada y expulsó el humo por la boca entreabierta.
Estaban en un café en el centro de la ciudad, con un hombre que tocaba el acordeón y cantaba una canción francesa prácticamente en su oído. Addu le echó una mirada irritada y el músico se fue a otro lugar de la cafetería con el rabo entre las piernas, sabiendo que había molestado a la persona equivocada.
Después de su encuentro con el ángel y el fastidio de sus planes para el borracho, había quedado con Addu, un viejo amigo que pasaba por la ciudad. Hacía más de un siglo que no le veía, y siempre era agradable encontrarse con viejos conocidos.
-A lo mejor estás subestimando a los ángeles- la dijo mientras daba otro trago a su copa de vino.
-No me dirás que ahora les tomas en serio- dijo María alzando una ceja, provocándole una carcajada a su acompañante.
-Solo digo que deberías tener cuidado- dijo Addu alzando las manos.
-Tranquilo, no hay peligro. Solo voy a divertirme un poco- dijo con una sonrisa traviesa. Luego compuso un mohín.- París en invierno es de lo más aburrido.
-¿Cuánto llevas por aquí?
-No harán ni cinco años- le dió otra calada al cigarro, pensativa.- ¿Dónde has estado tú?
-Estuve en Amsterdam después de Berlín- le lanzó una mirada, recordándola Berlín.
-Berlín... Parece que haya pasado una eternidad- recordó ella. Tan sólo habían transcurrido 500 años desde que estuviesen los dos allí. Fue su mejor época, desde luego. Sembraron sequías, guerras y enfermedades. Una gran temporada, aunque los humanos no lo admitiesen.
-Luego estuve en Praga y en Inglaterra. Pero no fue tan divertido- continuó Addu.
María alzó la copa y le invitó a hacer lo mismo.
-Por Berlín- brindaron con copas de vino.
Addu le hizo un gesto al camarero para que se acercase.
-Ha sido un placer saber de ti, María- se despidió al pagar la cuenta. Y añadió con una sonrisa divertida:- No atormentes mucho a ese pobre ángel.
-Ya veremos- respondió María con otra sonrisa juguetona.- Depende de como se porte.
Addu soltó una última carcajada, antes de irse negando con la cabeza. Esa chica siempre le hacía reir.
María se quedó un rato más sentada en la cafetería, fumándose un cigarro. Se divirtió un poco haciendo caer a los camareros que pasaban por allí y haciendo tropezar a algún ciudadano con prisas.
Pero al final se aburrió y decidió marcharse.
Al pasar al lado de un parque, mientras desviaba pelotas y hacía enloquecer a las mascotas, volvió a ver al ángel.
Estaba sentado en el césped al lado de un lago, jugando con un niño. Ella vió una oportunidad de reirse y, aprovechando que él no la había visto, hizo tropezar al niño, que se cayó al lago.
Empezó a patalear y agitar los brazos en busca de ayuda, mientras gritaba entrecortadamente. María comprendió que no sabía nadar, lo que lo hizo mucho más interesante.
Y la emoción no hizo más que aumentar cuando el ángel se tiró al lago con la ropa puesta y todo, a rescatarle. Le llevó a la orilla a base de grandes brazadadas y lo depositó en la hierba. El niño temblaba y se abrazaba con los brazos, pero estaba bien. Unos señores que debían ser sus padres lo agarraron y se lo llevaron corriendo.
Pero María no prestaba atención, porque toda su atención se fijaba en el ángel. Éste, miraba a un lado y a otro, buscando al culpable, sin ser consciente, al parecer, de que su ropa empapada se le pega al cuerpo. Un pensamiento asaltó la cabeza de María, admitiendo que era muy hermoso, pero María desechó rápidamente esa idea. Al fin y al cabo solo era un estúpido ángel.
Un ángel que ahora tenía los ojos puestos en ella. María, dándose cuenta, decidió que era el momento de irse y, con una sonrisa de suficiencia como despedida, se alejó de allí, sabiendo los ojos del ángel clavados en su espalda.
Aunque sabía que no sería la última vez que lo vería.
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