domingo, 8 de mayo de 2011

Capítulo 11.

-¿Por qué piensas eso?-la preguntó Daniel sin contestar a su pregunta. Dorothea se encogió de hombros con una sonrisa.
-Seré vieja, pero eso no significa que esté ciega.-Daniel sonrió avergonzado, mirando sus pies descalzos.-Le conviene a María tener amigos como usted.-Dorothea dijo amigos con un tono que implicaba algo más, alzando las cejas y provocando más arrugas en su frente.
-¿A qué te refieres?-preguntó Daniel con curiosidad.
-Los amigos de mi ama suelen ser malas personas. Son descarados, estruendosos y malvados-susurró con una mirada asustada, como si tuviese miedo de que apareciesen de un momento a otro y la castigasen.-Usted, sin embargo, me sorprendió. La primera vez que le ví supe que usted era de confianza, honrado y amable. ¡Incluso me ofreció sentarme con usted como si estuviese a su altura! Ellos jamás me trataron así. Me miraban con condescendencia y me trataban como a un animal.-Abrazó su menudo cuerpo con fuerza, como si se protegiese. Miaraba con sus ojillos negros a un lado y a otro, temerosa.
Daniel se maravilló del poder intuitivo de esa mujer. Se había dado cuenta de lo malvados que eran los demonios, y el aura honrada que desprendía él como ángel. Cualquier humano habría caído en la trampa de los demonios confiando en ellos sin darse cuenta.
-¿Sabes tú dónde está María?-la preguntó. Ella nunca le decía adonde iba y lo guardaba en secreto, lo que lo hacía aún más misterioso. El problema era que María seguía siendo un demonio, lo que implicaba que era traicionero. Daniel sabía que era probable que estuviese delatando su paradero a sus cazadores o le estuviese tendiendo una trampa. Y, sin embargo, Daniel confiaba en ella.
-Mi trabajo implica no preguntar-dijo Dorothea.-Debo ser discreta, debo ser discreta-repitió primero en un susurro y cada vez más bajo hasta que se hizo ininteligible. Como una lección que se hubiese tenido que aprender de malas maneras.
-De acuerdo, de acuerdo-la tranquilizó él, posándola una mano en el hombro. Dorothea se asustó ante el contacto, pero una sonrisa de gratitud no tardó en iluminar su cara, mientras agarraba fuerte la mano de Daniel contra ella.
-Es usted un ángel-susurró, con los ojos brillantes por las lágrimas de felicidad. Daniel se asustó ante aquella afirmación. La vieja era realmente espabilada. Un segundo después, Dorothea se desplomó sobre el sofá, con todo el peso de su menudo y estrecho cuerpo.
Daniel la cogió en brazos sin demasiado esfuerzo y la llevó con cuidado a una habitación que pensó sería la suya. La dejó en la cama y la apoyó un paño frío en la cabeza. Por suerte solo se había desmayado y no tardaría en volver en sí. Era una persona mayor y las emociones fuertes no la sentaban nada bien.
Daniel se imaginó lo horrible que sería ser un humano que sirviese a un demonio. Las crueldades que habría tenido que soportar la pobre Dorothea. Pero se notaba que era una mujer fuerte, porque no en vano había aguantado diez años trabajando para María. Pero se veía que estaba asustada. ¿A qué clase de gente habría llevado a esa casa María? ¿Y qué clase de cosas habría tenido que aguantar Dorothea para estar tan asustada? Nada bueno, desde luego. Y lo demostraba su tono cuando había dicho "Debo ser discreta". Evidentemente María la habría hecho prometer ciertas cosas como discreción, no preguntar, no molestarla o no desobedecerla, pero no de buenas maneras, eso seguro.
María era un demonio, no podía esperarse que fuese amable; no estaba en su naturaleza. Pero estaba cambiando, Daniel lo notaba. Sus ojos no eran tan frios, su voz había adquirido cierta pasión, y no había atormentado a tantos humanos últimamente. Quizá porque él estaba delante y sabía que se lo impediría. De cualquier manera, María no era mala persona y Daniel lo sabía. Recordó como tocaba el piano. Estaba cambiando y estaba asustada. ¿Quién no lo estaría?

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