jueves, 26 de mayo de 2011

Capítulo 18.

Voló durante horas. Hacía ninguna parte, hacia todas partes. ¿Quién sabía? Ella tan solo quería perderse. Pero no lo conseguía.
Acabó dirigiéndose a Italia, a Florencia, donde aterrizó y se puso a caminar. Pasó por bares, cafeterías, calles desiertas y llenas, parques, floristerías... Había gente que reía, gente que lloraba, gente que caminaba deprisa con preocupación y gente que permanecía sentada en actitud reflexiva. María los vió pasar, preguntándose cómo sería, por un momento, ser un humano. A lo mejor merece la pena, pensó. Pero se asustó ante tal conclusión y dejó de mirarles. Hacía unos meses se hubiese reido de ellos, les hubiese molestado y despreciado. Pero también eso había cambiado.
Siguió caminando hasta acabar en un teatro cochambroso que anunciaba en grandes letras luminosas el estreno de la obra "El Lago de los cisnes". Su madre siempre había adorado ese ballet, aunque jamás tuvo oportunidad de verlo en un teatro lujoso, desde el palco.
María entró sin dudarlo. Los bailarines eran inexpertos, llenos de fallos. Jóvenes con talento pero sin los medios necesarios para aprender en una verdadera escuela. Sin embargo, le gustó. Porque las imperfecciones acabaron haciéndolo mucho más bello que de haberse tratado de una representación sin ningún error, hecha sin sentimientos.
A María no le agradó el príncipe. Demasiado brusco y tosco para su gusto. Sin embargo, la protagonista era perfecta para el papel. Era ligera, espontánea, suave y gracil. María esperaba ver brotar unas alas blancas de su espalda de un momento a otro y su conversión en un verdadero cisne.
Al acabar el ballet, y casi con lágrimas en los ojos, María salió del teatro antes de que se callese en pedazos. A su madre le habría encantado.
La canción del final había sido fantástica. Una mezcla entre fuerza y suavidad que a María le encantaría repetir en el piano. Pero entonces se acordó de donde estaba el piano y de quien estaba donde el piano. Miró al cielo, esperando una respuesta. Pero nada ocurrió.
María nunca había sido cobarde, y no iba a empezar a echarse atrás, así que lo mejor que podía hacer era volver y afrontarlo. A lo mejor él también necesitaba respuestas.
Calló el primer copo. Pronto, la nevada empezó a caer con más fuerza, cubriéndolo todo de un blanco inmaculado. María recordó las alas de Daniel. Tan blancas como la nieve, pero mucho más cálidas. Le necesitaba y lo sabía, pero era algo que jamás admitiría mientras la quedase un mínimo ápice de demonio.
Tampoco pudo evitar recordar lo ocurrido la noche anterior. De tanto rememorarlo casi parecía como un sueño. Tan irreal, increible y, sobre todo, completamente cierto. Parecía que hubiesen pasado siglos desde aquello. Sin embargo, casi podía seguir sintiéndolo en sus labios.
No aguantó más y se metió en el primer restaurante que encontró que tuviese un micrófono. Hacía tiempo que no hacía aquello, pero en esos momentos ni siquiera un piano hubiese conseguido calmarla. Por suerte era un restaurante bastante moderno, iluminado y lujoso. Tenía un escenario enfrente de todas las mesas con un piano y un micrófono al lado.
A María no le costó nada convencer al camarero para cantar allí, pues él ya estaba deseando escucharla. Quizá por temor, quizá por atracción o quizá simplemente porque sabía que no volvería a oir nada igual en toda su vida.
María se subió al escenario, vestida con su vestido negro largo, que dejaba la mitad de la espalda al descubierto con atrevimiento, y cuyo cuello estaba bordeado de encaje. Captó la atención de todos los presentes al instante, sin necesidad de decir nada. Se colocó en el piano y acercó el micrófono a su boca. El silencio se hizo por toda la sala, que la observaba expectante. Todos hechizados por su presencia y aún más por la voz de María cuando comenzó a cantar.
Era una canción francesa, acompañada de suaves notas de piano. Pero ellos no sentían siquiera la necesidad de entenderla. Tan solo estaban concentrados en su voz, que sonaba clara a veces, otras rotas, y de vez en cuando en toda su potencia. Era una voz que transmitía sentimientos con cada palabra. Emociones desgarradoras, tristes, melancólicas y de profundo dolor. Una voz que ninguno de ellos había escuchado jamás y que no eran capaces siquiera de comprender.
Cuando María acabó nadie era capaz de pronunciar ninguna palabra. ¿Qué era la música? Esa voz dejaba por los suelos todo lo que ellos hasta entonces habían considerado hermoso.
María salió, dejándolos a todos en un estado de incomprensión absoluta. Se metió en el callejón de al lado, que era sucio, oscuro y estrecho. Nada comparado con la riqueza del interior. Se encendió un cigarro que le había robado a un camarero junto a su mechero. Esperaba poder fumar en paz, pero un hombre con aspecto de rico prepotente apareció en el callejón con una sonrisa cargada de malas intenciones. María no le hubiese dado importancia de no ser por las dos alas negras que salían de su espalda.

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