-No te conviene acercarte más-dijo María sin alzar la voz. Seguía fumándose su cigarro aparentando indiferencia. Pero el hombre desoyó su consejo y siguió avanzando. María suspiró, mirando al cielo.
-¿Quién eres, valiente idiota, que osas acercarte a mí?¿Acaso no sabes la fama que me precede?
-He oido rumores-contesta el demonio con una voz ronca que hace estremecer a María.-Pero también se dice que estás muy débil y ya no eres lo que fuiste en su tiempo.
María encogió un hombro con elegancia y apagó el cigarro casi consumido contra la pared. Sin embargo, no se acercó a él y fingió indiferencia.
-¿Y tú quieres comprobar la veracidad de ese rumor? Mala idea.
-Si no hubieses decidido juntarte con los ángeles quizá merecerías algo de respeto-la soltó el demonio. María se alertó ante aquello. ¿Cómo lo sabía? Solo había una fuente que pudiese haber dicho algo así: Addu. ¿Era su cómplice?
Se quedó callada y dejó que se acercase. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se giro con rapidez y le asestó una patada en la tripa, seguida de un golpe seco en la nariz con la palma hacia arriba, que hubiese matado a cualquier mortal. Pero los demonios eran más resistentes, así que tan solo le causó un profundo dolor.
Mientras el demonio gritaba y se agarraba la sangrante nariz, retorciéndose de dolor, María le agarró un ala y se la retorció, aplastándole contra la pared. Aquello le causó aún más dolor que la nariz.
-¿Quién es tu fuente?-le exigió, más que preguntar, en un siseó tranquilo.
-Jamás...-empezó a decir el demonio. Pero un nuevo tirón de María en una de sus alas le disuadió de continuar por ese camino.- Azazel. Me envía Azazel.
María no le soltó.
-¿Por qué te envía?- Tuvo que apretarle aún más el ala para ayudarle a confesar entre gritos de dolor.
-No lo sé, lo juro. Solo me dijo que te llevase ante él.
María le creyó, pero no aflojó la presión de su mano sobre el ala del demonio.
-Quiero que desmientas los rumores sobre mis relaciones con los ángeles, ¿entendido?-le retorció el ala por última vez, como advertencia de lo que ocurriría de no hacerlo. Y, con un último grito de dolor, el demonio alzó el vuelo de malas maneras, con un ala en una posición forzada.
María le miró alejarse, sin sentirse bien después de haberle hecho sufrir. Debería estar satisfecha consigo misma por haber dañada o alguien, pwro una enorme piedra en el estómago se lo impedía.
Y encima los problemas aumentaban. Otro demonio iba a por ella y esta vez sin razón alguna. Querían capturarla y no sería precisamente para invitarla a un café. Últimamente tenía más enemigos en su propio bando que en cualquier otro.
Pero tenía que darse prisa en volver a Barcelona. Tenía que ver a Daniel y advertirle sobre el rumor que se había extendido y debían eliminar, antes de que los eliminasen a ellos.
Porque ahora no tenían solo un enemigo, sino dos; y ni siquiera conocían los motivos.
Alzó el vuelo y batió las alas en dirección a Barcelona, adentrándose en el cielo que ya empezaba a oscurecer. Y confió en la suerte por que Daniel estuviese bien y no hubiesen decidido darle caza como a ella.
Un escalofrío la recorrió, pensando en que el ángel pudiese estar en peligro. Aceleró el vuelo para poder llegar a tiempo a la desgracia que sentía que estaba a punto de ocurrir.
El frio la golpeaba la cara, las nubes pasaban a su lado. Pero ella no se daba cuenta. Debía seguir hasta España. Por fin, llegó a la ciudad. Se posó en el balcón de su piso y miro al interior, con el corazón latiéndole a mil por hora. «¿Daniel?», la hubiese gustado decir. Pero tenía miedo de que nadie la contestase. Un ruido en la cocina la hizo ponerse alerta. Reunió el coraje suficiente para alcanzar a preguntar a media voz:
-¿Daniel?
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