jueves, 2 de junio de 2011

Capítulo 20.

Dorothea apareció por la puerta de la cocina con el moño desecho y la ropa descolocada. Tenía los ojos muy abiertos en una expresión de profundo temor. Un temor que nada humano podía producir.
-Señora...-susurró con un tono de angustia. Todos los muebles seguían igual, la casa parecía no haber cambiado excepto por el aire que se respiraba. Olía a miedo, desesperación, maldad y lucha. María podía sentirlo en cada partícula de oxígeno.
-Dorothea, ¿qué ha sucedido?-preguntó María acercándose a ella. Dorothea no reaccionaba y tuvo que agarrarla de los hombros y sacudirla para que contestase.-¿Qué ha ocurrido, Dorothea?-alzó la voz por el miedo. Todos los temores que la habían acompañado en el vuelo parecían hacerse realidad.
-Eran tres. Tres hombres vestidos de negro. Eran malos, señora, los peores que he visto en mi vida-dijo mirándola a los ojos pero sin verla.-Vinieron por el balcón, rompiendo el cristal utilizando simplemente sus puños. Yo corrí a esconderme a una habitación, pero Daniel se quedó parado, mirándoles. Se lo han llevado, señora.
María tuvo que sentarse para no caerse. Tres hombres. ¿Qué podía hacer Daniel contra tres demonios? Sobre todo teniendo en cuenta que era un ángel pacífico sin intención de hacerles daño.
Pero lo que no llegaba a entender era a qué se debía tanto alboroto. Addu había intentado matarle por una razón que nadie sabía; y a María la había atacado un enviado de Azazel, que no parecía tener nada que ver en ese cuadro. Y ahora habían secuestrado a Daniel. ¿Para qué tanta ceremonia? Si hubiesen querido tan solo su muerte le hubiesen eliminado allí mismo y punto.
Y sólo había un modo de responder a todas esas preguntas: encontrar a Daniel. Pero, ¿quién era el responsable? ¿Addu o Azazel?
Debía encontrar a alguien que supiese algo sobre todo eso. Un nombre cruzó su mente. Un demonio que no se alegraría demasiado de verla.
Salió por el balcón dejando a Dorothea en el salón, perdida. Voló hacia París, donde se suponía que Balban estaría.
Le encontró degustando vino en un salón muy lujoso del centro.
-Balban, querido, ¿te alegras de verme?-le preguntó. Balban se dió la vuelta para mirarla, y sus ojos se abrieron de par en par, preguntándose qué querría ahora. Pero su naturaleza de arrastrarse no le dejó rebelarse.
-Por supuesto, María; siempre es un placer.
-Alguien ha secuestrado a un ángel-le informó, yendo directa al grano.-¿Qué sabes?
Balban dió un sorbo a su copa con lentitud mientras la miraba, y alzó la copa ofreciéndola un trago. María rechazó el ofrecimiento con un movimiento de la cabeza.
-No demasiado. Por no decir absolutamente nada-contestó Balban.
-Necesito saberlo, Balban-dijo María, poniendo especial énfasis en la primera palabra.
-¿Para qué tanto interés?
-Tenía un asunto pendiente con ese ángel y alguien me ha impedido llevarlo a cabo-dijo brevemente María.-Como ya sabes no me gusta que se interpongan en mis planes.
-Búscate a otro ángel-la sugirió Balban, encogiéndose de hombros.-Todos son iguales.
Este no, pensó María. No era solo un ángel; era su ángel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario