jueves, 19 de mayo de 2011

Capítulo 15.

-Vamos, María, no tenemos toda la eternidad-dijo Addu.
María se quedó en silencio, aunque tenía perfectamente clara cuál era la respuesta.
Daniel la miraba desde el sofá con tranquilidad. ¿Esque jamás se alteraba? Ella sabía que el ángel nunca la hubiese hecho elegir entre los demonios o él. Sin embargo ella sabía perfectamente lo que quería, aunque jamás lo hubiese imaginado.
-Intenta hacerle algo y haré que estés toda la eternidad sufriendo las peores torturas que existen-dijo María apenas en un susurro. Su mirada no admitía réplica, su postura firme y amenazadora. Un rayo cruzó el cielo, iluminándola de una manera aterradora.
-Maldita bastarda-dijo Addu con asco.-Haré que te arrepientas de tu decisión.
Y con esas palabras, desapareció por el balcón en la oscuridad de la noche.
Daniel y María permanecieron unos minutos en tensión, a la espera de que volviese y les atacase. Como no pasó nada, María se fue a dormir.
Pero Daniel la agarró de la mano antes de que pudiese meterse en su cuarto.
-No tenías que hacerlo-dijo Daniel en un susurro, acercándola a él.
-Claro que tenía-contestó ella. Estaba a punto de llorar, y eso solo conseguía que se pusiese peor. ¿Qué la pasaba?
-¿Por qué?-preguntó sin embargo él, acercándose aún más y sin soltarla la mano.
-No sé qué me sucede. Mis alas no absorben la luz como antes, mi mirada no es tan fria y no consigo controlar mis emociones...¡Mírame llorar! Si no me puedo controlar ni a mí misma, ¿qué voy a hacer?¿Qué me pasa? Incluso he escondido y defendido a un ángel. Addu tenía razón, soy una traidora a mi especie.
Daniel la limpió una lágrima que rodaba por su mejilla, a punto de dar un salto en el vacío.
-No lo eres. También tienes una parte angélica que conservasteis después de vuestra caída. Técnicamente sigues siendo ángel, pero tu parte angélica está dormida. Solo necesitas a alguien que te la despierte.
Y acabó la frase dando un suave tirón de su mano y acercándola definitivamente a él. Hasta que pudo sentir su respiración y su corazón latiendo al unísono con los de ella. Hasta que no supo donde acababa él y empezaba ella.
María nunca se hubiese imaginado besando a un ángel. Si alguien se lo hubiese sugerido se hubiese reido con burla o hubiese puesto una mueca de  asco. Pero en esos momentos sintió que no cabía otra posibilidad, que era imposible imaginarse su vida sin ese momento.
Pero eso no significaba que no estuviese asustada. Feliz también, pero estaba temblando. Eso solo demostraba la magnitud de su cambio.
Y no pudo evitar cerrar los ojos para olvidarse de todo. En ese momento, justo en ese instante, el vacío que había en su pecho se llenó, hasta estar a punto de estallar. El agujero negro se fue y solo quedó luz en su lugar.
No recordaba su pasado o su futuro. No oía la tormenta ni el disco que seguía sonando. Solo estaba concentrada en una única cosa: Daniel.
Daniel, Daniel, Daniel.
Estaba mal y lo sabía. No debería estar disfrutando, debería retorcerse de odio contra él. Y decidió hacer algo contra el cambio que estaba sufriendo. Daniel había sido la causa, pues había empezado a cambiar cuando le conoció; así que no podría volver a acercarse a él de manera que sus sentimientos no estuviesen expuestos.
Esta sería su última debilidad.

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