sábado, 30 de abril de 2011

Capítulo 5.

María se sentó frente al piano con suavidad. Era extraño en un demonio dedicarse a un arte como el de la música, pues servían para destruir y no crear, pero María poseía un don.
Cuando sus dedos se deslizaban por las notas como la corriente de agua donde había metido los pies junto a Daniel, no pensaba en nada más. El mundo dejaba de existir y solo la música la acompañaba.
Y después de la charla con el ángel realmente necesitaba despejarse. ¿Qué había querido decir con dejarse llevar por el destino? El destino era lo que era: los ángeles y los demonios luchaban desde que el mundo era mundo. ¿Cómo iba a luchar contra algo así? Era irremediable y punto.
Pero ahora eso no importaba, porque ya había desplegado las partituras enfrente de sus ojos y empezaba a tener amnesia.
Mientras comenzaba con la melodía en la mano derecha las notas se dibujaban en su memoria haciendo innecesaria la partitura. Simplemente cerró los ojos para disfrutar. Una de las cosas que más le gustaban de la música era que tan solo se necesitaba tener los oidos bien abiertos. Y en ese momento ella tenía toda la atención puesta en ello.
Poca gente vivía la música como lo hacía María: con esperanza, alegría y tristeza en cada nota. Había canciones que le habían provocado más de una lágrima mientras las interpretaba, otras que la hacían enfurecer y atizar el piano con todas sus fuerzas, que no eran pocas a pesar de ser una mujer de aspecto refinado; había otras que la hacían regalar sonrisas sencillas, con alegría, sin mensajes ni provocaciones en ella. La música la hacía cambiar, transformarse en otra persona a cada nota.
Pero María ni lo notaba, las emociones eran parte de la obra, porque en ese momento, María se convertía en la propia música.
Por eso se sintió tan vacía cuando acabó. Había vuelto al mundo con pesadez y había caído en una tierra que se le antojaba extraña a pesar de conocerla bien. Eran muchos los días en que se miraba al espejo y no se reconocía en la cara segura que la miraba al otro lado. El pelo moreno largo caía sobre sus hombros en cascada hasta la cintura, despeinado y sin cuidado pero perfecto aún así. Las pecas, siempre brillando en sus mejillas, parecían apagarse. Igual que sus ojos almendrados, casi negros, siempre expresivos y registrándolo todo, se quedaban sin fuerzas y la hacían tener una expresión de profunda tristeza. Su cara redonda la daba un aspecto de niña pequeña e inocente a la que solía sacar gran ventaja. Pero en esos momentos se convertía en otra persona.
María jamás se atrevería a confesárselo a nadie, pero últimamente un vacío se había instalado en su pecho. Lo había intentado llenar de mil maneras diferentes, algunas no muy agradables, pero ninguna había dado resultado. Había buscado la causa, había buscado la cura, y no había encontrado ninguna de las dos.
Solo nostalgia. Irremediable, insondable, inmensa. Pero, ¿nostalgia de qué?¿De un día, de un año o de un simple instante? ¿De un sentimiento, una sensación? ¿De un recuerdo o del olvido?
Y María no era de las que se asustan. Ella era práctica, imparable, imperturbable y rápida. Nunca se acobardaba ante nada. Para ella los problemas eran simple baches que había que saltar y dejar atrás. Esquivarlos no servía de nada, y tampoco fingir que no los había visto. No era de las que se esconden.
Sin embargo, tenía miedo de no poder completar ya nunca ese vacío. De que se hiciese más y más grande y muriese de angustia. De que se tragase su vida como un agujero negro en el espacio se traga las estrellas.
Pero lo que realmente la asustaba era pensar, aunque solo fuese un instante, que la única vez que había sentido ese vacío completo era cuando había estado con Daniel.

Capítulo 4.

Cuando María llegó a su lado el ángel estaba sentado al borde de un rio con los pies en el agua, dándole la espalda. María se quedó un momento observándolo de lejos.
Sus alas eran blancas y desprendían una luz asombrosa. La misma que se encargaba de recoger ella con sus oscuras alas. Cada pluma constituía un verso de lo que era la poesía de sus alas. Curvadas y desplegadas a sus lados, majestuosas. Le recordaron a una canción de música clásica interpretada por un piano. No recordaba ni el título ni el autor, pero sí las sensaciones que le habían transmitido. Esperanza, alegría, serenidad y, a la vez, tristeza. Era como una contradicción de sensaciones. Un torbellino frenético que la envolvía y guardaba.
El pelo rubio cenizo, muy claro y corto estaba despeinado. Y no le hacía falta ver sus ojos para saber que eran de un azul celestial, como el rio que estaba observando. Era el más puro ángel que había visto. Habría hecho enloquecer a cualquier artista que hubiese querido retratarlo. Ninguno hubiese captado todas las emociones que desprendía. Dios, es hermoso, se sorprendió María. Pero deshechó ese pensamiento de su cabeza. Debía odiar a los ángeles, para eso había nacido.
El ángel advirtió su presencia y ladeó un poco la cabeza para mirarla por el rabillo del ojo. Tenía una leve sonrisa esbozada que solo remarcaba su perfección.
-María- pronunció su nombre. Ésta se dió cuenta de que era la primera palabra que había salido de su boca en su presencia. Su voz era realmente bonita. Como de violines cantando a coro. María jamás lo admitiría, pero por un momento ese timbre la hizo vibrar.-¿Por qué ese nombre? ¿Una burla hacia el Cielo?
-Nací en España y es un nombre bastante típico. Pero si te preguntan dí eso; tengo una reputación que mantener- bromeó María mientras se sentaba a su lado y metía los pies también en el río. El agua fresca y el sonido tranquilizador la relajaron. Incluso sabiendo que estaba sentada con un ángel, su mayor enemigo, se encontraba bastante bien.
-¿Por qué has venido?- la preguntó.
-Tú querías que te siguiese.
-No te lo he pedido.
-Tu mirada bastó, capté el mensaje y ahora estoy aquí.
-Tan sólo eché a volar-dijo el ángel. Su sonrisa se había transformado en divertida.
-¿Por qué iba a seguir a un ángel si estamos en guerra?
-Yo no estoy en guerra, María, fuiste tú la que me la declaró.
-Me estropeaste mi juego- dijo María.
-Sólo hacía mi trabajo. Igual que cuando salvé al niño.
-Muy loable por tu parte.- En la mirada de María brilló una chispa divertida.- ¿Cuál es tu nombre, ángel?
-Daniel.
Daniel. No iba a olvidar ese nombre.
-Pues Daniel, siento decirte que esto es una guerra. No solo la que te declaré. Me refiero a una mucho más grande, una que no podemos abordar y para la cual nuestras vidas no son sino meras sombras que no se llegan ni a vislumbrar. Me refiero a la guerra que está escrita en nuestro destino.
-¿Y te vas a conformar con el destino?- la preguntó Daniel.
-Es algo que se asume- se encogió de hombros María.
-Vaya, te creí luchadora, fuerte, rebelde, inconformista. No pensé que te rendirías tan pronto.
-¿Es que hay acaso algún modo de luchar contra el destino?- preguntó María. Se había hecho muchas veces esa pregunta cuando la daba por pensar, pero jamás se había atrevido a expresar esa duda en voz alta.
-La única manera de luchar contra él es dejándote arrastrar por él- contestó Daniel.

Capítulo 3.

Pasaron algunos días hasta que María volvió a encontrarse con el ángel. Pero para alguien inmortal, ¿qué eran tan solo unos días? Teniendo en cuenta que la eternidad era para siempre, ¿qué podía importar un minuto, una hora o tan siquiera un día en la vida de un demonio? Sin embargo, una de las cosas que no aguantaban los demonios era precisamente eso: el tiempo. No aguantaban perderlo cuando tenían planes, que era casi siempre. Y los estúpidos humanos siempre se entrometían en sus caminos.
Y entre las cualidades de María no se contaba precisamente la de la paciencia. Por eso se impacientó tanto al no ver aparecer a Balban ¿Es que quería morir? Si se retrasaba un poco significaría que era eso lo que quería, y ella aceptaría gustosa en complacer sus deseos.
Por fin llegó Balban entre jadeos y apoyándose una mano en la tripa. Tenía cara de sufrir una agonía y María sospechaba que no había corrido casi nada y era un gran actor.
-Balban, ¡qué honor que hayas decidido iluminarme con tu presencia!- dijo María con sarcasmo y una mirada amenazante.
-Lo siento, María, me he dado prisa, de verdad- dijo Balban. No era de extrañar que se le conociese como el demonio del engaño. Era tan cobarde que solo le quedaba mentir para escapar de los líos en los que se metía.
-Espero que sepas que aprecio mi tiempo, Balban, y que no suelo estimar demasiado a los que me lo hacen perder- dijo María pronunciando todas las sílabas lentamente, para que quedase constancia de la amenaza. A ver si ese inútil captaba de una vez por todas el mensaje. Balban se limitó a asentir, sumiso.
-No lo considerarás una pérdida de tiempo, te lo garantizo- dijo Balban con una sonrisa que mostraba lo enormemente orgulloso que estaba de sí mismo. Además de cobarde y mentiroso, resultaba que también era un pretencioso. Pero en estos momentos le venía muy bien a María, así que decidió reirse de él solo en su cabeza. Porque Balban no sabía que su enorme ego era un blanco fácil para cualquiera.
-Más te vale- dijo María con una frialdad venenosa. Era mejor que la temiese.
-He encontrado algo que te interesará mucho...- ya se estaba frotando las manos como una rata malvada y gorda. El pobre se relamía de gusto al pensar que iba a cobrar bien por alguna información, cuando no sabía con quien se estaba metiendo. Un consejo: si planeas hacer negocios, conoce antes a tu contacto.
Pero María estaba encantada. ¿La subestimaba? Un punto a su favor.
-Pero la información no es gratuita, preciosa- continuó Balban.
-Claro que no- sonrió María.- Pero mi tiempo tampoco. Como creo que ya que te he pagado una gran cantidad concediéndote más tiempo el precio por la información será menor, ¿verdad que sí?- compuso María una falsa sonrisa de amabilidad. La cara de idiota que se le quedó a Balban al oir aquellas palabras sí que no tuvo precio.
-Pero, M-María, esta información es realmente b-buena-dijo confundido, tartamudeando. De repente, la agarró del brazo con brusquedad para acercarla a él, mientras miraba alrededor con desconfianza, vigilando que nadie les oyese. Y la susurró al oido en tono confidente:- Te estoy hablando de un acontecimiento que cambiará el mundo.
María le miró con asco por la cercanía que guardaban. Sin embargo, una chispa de respeto se mezcló en sus ojos. Balban era un mentiroso cobarde sin escrúpulos, pero se tomaba su trabajo en serio y no exageraba nunca.
Pero no pudo saber de qué se trataba, porque en ese momento el ángel apareció a su lado, en la misma acera de la calle, mirándola fijamente.
-Si vas a escuchar tendrás que pagar a medias conmigo- bromeó María.
-Yo no les concedo información a los ángeles-dijo Balban, enfadado mientras la soltaba.
Entonces, después de mirar fijamente a María, salió volando. María dudó, pero sabía que había algo interesante, que el ángel quería que la siguiera. Y María tenía una curiosidad inmensa.
-Quedamos mañana a la misma hora y en el mismo sitio. Atrévete a ser impuntual- le dijo a Blalban con una mirada fría.
Salió volando detrás del ángel mientras veía en la tierra temblar al demonio de los engaños.

Capítulo 2.

-No deberías jugar con fuego, María- la dijo Addu entre risas.
-No juego con fuego, solo con un ángel- respondió María apoyando otro cigarro en sus labios. Le dió una lenta calada y expulsó el humo por la boca entreabierta.
Estaban en un café en el centro de la ciudad, con un hombre que tocaba el acordeón y cantaba una canción francesa prácticamente en su oído. Addu le echó una mirada irritada y el músico se fue a otro lugar de la cafetería con el rabo entre las piernas, sabiendo que había molestado a la persona equivocada.
Después de su encuentro con el ángel y el fastidio de sus planes para el borracho, había quedado con Addu, un viejo amigo que pasaba por la ciudad. Hacía más de un siglo que no le veía, y siempre era agradable encontrarse con viejos conocidos.
-A lo mejor estás subestimando a los ángeles- la dijo mientras daba otro trago a su copa de vino.
-No me dirás que ahora les tomas en serio- dijo María alzando una ceja, provocándole una carcajada a su acompañante.
-Solo digo que deberías tener cuidado- dijo Addu alzando las manos.
-Tranquilo, no hay peligro. Solo voy a divertirme un poco- dijo con una sonrisa traviesa. Luego compuso un mohín.- París en invierno es de lo más aburrido.
-¿Cuánto llevas por aquí?
-No harán ni cinco años- le dió otra calada al cigarro, pensativa.- ¿Dónde has estado tú?
-Estuve en Amsterdam después de Berlín- le lanzó una mirada, recordándola Berlín.
-Berlín... Parece que haya pasado una eternidad- recordó ella. Tan sólo habían transcurrido 500 años desde que estuviesen los dos allí. Fue su mejor época, desde luego. Sembraron sequías, guerras y enfermedades. Una gran temporada, aunque los humanos no lo admitiesen.
-Luego estuve en Praga y en Inglaterra. Pero no fue tan divertido- continuó Addu.
María alzó la copa y le invitó a hacer lo mismo.
-Por Berlín- brindaron con copas de vino.
Addu le hizo un gesto al camarero para que se acercase.
-Ha sido un placer saber de ti, María- se despidió al pagar la cuenta. Y añadió con una sonrisa divertida:- No atormentes mucho a ese pobre ángel.
-Ya veremos- respondió María con otra sonrisa juguetona.- Depende de como se porte.
Addu soltó una última carcajada, antes de irse negando con la cabeza. Esa chica siempre le hacía reir.
María se quedó un rato más sentada en la cafetería, fumándose un cigarro. Se divirtió un poco haciendo caer a los camareros que pasaban por allí y haciendo tropezar a algún ciudadano con prisas.
Pero al final se aburrió y decidió marcharse.
Al pasar al lado de un parque, mientras  desviaba pelotas y hacía enloquecer a las mascotas, volvió a ver al ángel.
Estaba sentado en el césped al lado de un lago, jugando con un niño. Ella vió una oportunidad de reirse y, aprovechando que él no la había visto, hizo tropezar al niño, que se cayó al lago.
Empezó a patalear y agitar los brazos en busca de ayuda, mientras gritaba entrecortadamente. María comprendió que no sabía nadar, lo que lo hizo mucho más interesante.
Y la emoción no hizo más que aumentar cuando el ángel se tiró al lago con la ropa puesta y todo, a rescatarle. Le llevó a la orilla a base de grandes brazadadas y lo depositó en la hierba. El niño temblaba y se abrazaba con los brazos, pero estaba bien. Unos señores que debían ser sus padres lo agarraron y se lo llevaron corriendo.
Pero María no prestaba atención, porque toda su atención se fijaba en el ángel. Éste, miraba a un lado y a otro, buscando al culpable, sin ser consciente, al parecer, de que su ropa empapada se le pega al cuerpo. Un pensamiento asaltó la cabeza de María, admitiendo que era muy hermoso, pero María desechó rápidamente esa idea. Al fin y al cabo solo era un estúpido ángel.
Un ángel que ahora tenía los ojos puestos en ella. María, dándose cuenta, decidió que era el momento de irse y, con una sonrisa de suficiencia como despedida, se alejó de allí, sabiendo los ojos del ángel clavados en su espalda.
Aunque sabía que no sería la última vez que lo vería.

Capítulo 1.

París. Finales del s.XIX.

María pasea por debajo de la Torre Eiffel con despreocupación. Las alas negras desplegadas a su espalda, dándola un aspecto aterrador. Una sonrisa traviesa dibujada en el rostro. Tiene ganas de jugar, de divertirse. Pero sus maneras de pasárselo bien no son sanas. Al menos para aquellos con los que quiere divertirse.
Ve a un hombre a lo lejos con una gran borrachera. Sus pasos son inseguros y va dando tumbos. Lleva una botella de alcohol medio escondida en el abrigo y los ojos vidriosos.
Se acerca a él mientras su sonrisa se hace más grande. Ya ha encontrado con quién jugar.
-Hola, ¿se ha perdido?-dice con su voz más inocente. Él la mira y sonríe. Ella ya sabe lo que está pensando, no puede creer la suerte que ha tenido de encontrarla. Pero él no sabe que ha sido ella la que le ha encontrado a él, y que no es exactamente suerte lo que ha tenido.
-Claro, reina, ¿me ayudas?- dijo con voz pastosa y pronunciando mal las palabras. Ella reconoció un acento extraño, duro. Escocés, seguramente.
Él la tendió el brazo y la miró, esperando a que le agarrase. Ella le sonrió mientras sentía desprecio por él. Eran todos tan previsibles... Podía adivinar todos sus movimientos sin necesidad de observarle.
Le agarró del brazo y se dirigió junto a él hacia la carretera. Pero no iba a acabar con su vida. Todavía no, al menos.
-Cuénteme. ¿Qué intenta olvidar?- le preguntó como quien comenta el tiempo. Él la miró sobresaltado. Se estaba preguntando cómo lo sabía, adivino ella. Añadió tranquilamente:- Está usted bebiendo. Es obvio que algo le preocupa.
Le miró con frialdad. Su especie poseía la virtud del engaño y ella era la prueba de ello. Daba sensación de comodidad, de confidente, lo que les atraía a desvelar sus secretos, sin saber que ella los utilizaría en su contra. Era muy guapa, lo que les hacía avanzar ciegos hacia una trampa bien escondida. Y tenía aspecto inocente, lo que les daba una falsa de sensación de seguridad. Pero, ¿cómo iban a saber eso unos tontos humanos?
-Mi esposa me ha echado de casa- se derrumbó al fin. Se echo a llorar sobre el hombro de ella, que le miró con aversión y asco. No aguantaba. Decidió empujarle a la carretera y que le atropellase un carruaje.
Se paró en mitad de la carretera y le dejó allí. Un carruaje se acercaba veloz, y de lo borracho que iba no llegaría ni a verlo.
Se alejó de la escena con una cruel sonrisa pintada en el rostro. Una sonrisa que se borró cuando, cinco segundos después, la alcanzó el borracho.
-Reina, se te ha caído el pañuelo.-Llevaba su precioso pañuelo de seda azul en la mano. No recordaba que se le hubiese caído, iba bien atado. A no ser que...
Miró alrededor y le encontró. Un chico rubio de ojos azules con unas alas blancas desplegadas a su espalda. Solo un ángel podía haberle salvado la vida a ese borracho.
Sus miradas se encontraron y fue como una batalla cósmica, como dos estrellas chocando en el cielo.
Ella le sonrió con aprobación, inclinando la cabeza y aceptando la derrota. Él se limitó a mirarla. Pero ella no se iba a rendir tan fácilmente porque, como demonio que era, su deber era luchar contra el ángel. Y la guerra tan solo acababa de empezar.
Sabía que iban a verse de nuevo. Que no era la primera ni la última vez que sus miradas se iban a encontrar.
Se dió la vuelta, arrancándole el pañuelo de las manos al borracho, que no se había enterado de nada, sin una mínima palabra de agradecimiento.
Y se alejó de allí sin mirar atrás, sabiendo que el ángel seguía allí, mirándola mientras se iba.