lunes, 13 de junio de 2011

Capítulo 21.

María estuvo volando en círculos alrededor del mundo durante horas. Las lágrimas empañaban su vista y amenazaban con congelarse en sus mejillas debido al frío. Los dientes la castañeteaban y el vestido casi no la protegía contra el crudo frío que hacía en el cielo esa noche. Pero María no hizo caso y siguió. No iba a dejar que un par de incomodidades la distrajesen.
No podía creer que después de todo lo que había pasado se lo hubiesen llevado lejos de ella sin darla siquiera la oportunidad de aclarárselo todo. Ni siquiera la había dado tiempo a verle una última vez y rectificar su comportamiento del día.
Cuando el sol empezaba a despuntar en el alba, María se dió cuenta de que no podía hacer nada, que jamás los encontraría. Se quedó mirando un largo rato como el cielo se teñía de naranja, rosa y azul. Al contrario que otras veces, tan solo la transmitía soledad y desesperanza.
Se decidió al fin a volver a su casa, a esperar que viniesen también a por ella. Seguramente la estarían buscando, ya se habrían enterado de lo sucedido en Italia y no tardarían en ir a por ella. Pero María les esperaba.
Cuando llegó, Dorothea la preparó un café caliente para hacerla entrar en calor. María fue a sentarse al sofá, pero descubrió una nota sobre uno de los cojines. La desdobló y se encontró con un mensaje de la mano de alguien a quien María no pudo identificar, por lo tanto no era Addu, cuya letra conocía bien. Arriba ponía su nombre, así que alguien la había dejado ahí adrede para que María la encontrase. La letra, elegante, puntiaguda, clara y cuidada, debía pertenecer a un demonio. Se notaba un transfondo engañoso y oscuro que no se podía atribuir a los ángeles. Una frialdad y un odio en cada letra que hizo que las piernas la temblasen, obligándola a sentarse en el sofá.
La nota la citaba a las doce de la noche siguiente en Madrid, en el Casino, donde se iba a organizar un baile de máscaras. El demonio que la había citado tendría ventaja, ya que María no podría verle la cara ni reconocerle pero, ¿cómo sabría él reconocerla a ella?
Sin embargo, sabía que el demonio lo llevaba planeando mucho tiempo y había cuidado cada detalle. Los demonios se habían caracterizado desde siempre por su astucia, capacidad de manipulación y ser extremadamente calculadores. Y María lo sabía bien. No en vano había sido una de ellos. Pero ahora ya no sabía ni a donde pertenecía.
Y se estaba metiendo de lleno en una trampa. Aunque no podía evitar pensar que merecía la pena, que así al menos estaría con Daniel. Lágrimas amargas volvieron a sus ojos al pensar en él. ¿Cómo había podido ser tan idiota? Ella jamás había huido de esa manera. ¿Iba a empezar ahora? No, no era una actitud demasiado inteligente.
María tomó una decisión en ese mismo instante. No era una cobarde, y si querían guerra ella estaba más que dispuesta a satisfacerles. Hacía mucho que María no estaba tan furiosa. Se podría decir que María jamás se alteraba, solía tener un temperamento frío; pero la habían cabreado de verdad.
Sus ojos llamearon con furia y abrió la boca en la sonrisa más siniestra que Barcelona hubiese visto jamás. Los sentimientos de demonio de María volvían, y esa no era una buena noticia. Al menos para aquellos que osasen molestarla.

jueves, 2 de junio de 2011

Capítulo 20.

Dorothea apareció por la puerta de la cocina con el moño desecho y la ropa descolocada. Tenía los ojos muy abiertos en una expresión de profundo temor. Un temor que nada humano podía producir.
-Señora...-susurró con un tono de angustia. Todos los muebles seguían igual, la casa parecía no haber cambiado excepto por el aire que se respiraba. Olía a miedo, desesperación, maldad y lucha. María podía sentirlo en cada partícula de oxígeno.
-Dorothea, ¿qué ha sucedido?-preguntó María acercándose a ella. Dorothea no reaccionaba y tuvo que agarrarla de los hombros y sacudirla para que contestase.-¿Qué ha ocurrido, Dorothea?-alzó la voz por el miedo. Todos los temores que la habían acompañado en el vuelo parecían hacerse realidad.
-Eran tres. Tres hombres vestidos de negro. Eran malos, señora, los peores que he visto en mi vida-dijo mirándola a los ojos pero sin verla.-Vinieron por el balcón, rompiendo el cristal utilizando simplemente sus puños. Yo corrí a esconderme a una habitación, pero Daniel se quedó parado, mirándoles. Se lo han llevado, señora.
María tuvo que sentarse para no caerse. Tres hombres. ¿Qué podía hacer Daniel contra tres demonios? Sobre todo teniendo en cuenta que era un ángel pacífico sin intención de hacerles daño.
Pero lo que no llegaba a entender era a qué se debía tanto alboroto. Addu había intentado matarle por una razón que nadie sabía; y a María la había atacado un enviado de Azazel, que no parecía tener nada que ver en ese cuadro. Y ahora habían secuestrado a Daniel. ¿Para qué tanta ceremonia? Si hubiesen querido tan solo su muerte le hubiesen eliminado allí mismo y punto.
Y sólo había un modo de responder a todas esas preguntas: encontrar a Daniel. Pero, ¿quién era el responsable? ¿Addu o Azazel?
Debía encontrar a alguien que supiese algo sobre todo eso. Un nombre cruzó su mente. Un demonio que no se alegraría demasiado de verla.
Salió por el balcón dejando a Dorothea en el salón, perdida. Voló hacia París, donde se suponía que Balban estaría.
Le encontró degustando vino en un salón muy lujoso del centro.
-Balban, querido, ¿te alegras de verme?-le preguntó. Balban se dió la vuelta para mirarla, y sus ojos se abrieron de par en par, preguntándose qué querría ahora. Pero su naturaleza de arrastrarse no le dejó rebelarse.
-Por supuesto, María; siempre es un placer.
-Alguien ha secuestrado a un ángel-le informó, yendo directa al grano.-¿Qué sabes?
Balban dió un sorbo a su copa con lentitud mientras la miraba, y alzó la copa ofreciéndola un trago. María rechazó el ofrecimiento con un movimiento de la cabeza.
-No demasiado. Por no decir absolutamente nada-contestó Balban.
-Necesito saberlo, Balban-dijo María, poniendo especial énfasis en la primera palabra.
-¿Para qué tanto interés?
-Tenía un asunto pendiente con ese ángel y alguien me ha impedido llevarlo a cabo-dijo brevemente María.-Como ya sabes no me gusta que se interpongan en mis planes.
-Búscate a otro ángel-la sugirió Balban, encogiéndose de hombros.-Todos son iguales.
Este no, pensó María. No era solo un ángel; era su ángel.

Capítulo 19.

-No te conviene acercarte más-dijo María sin alzar la voz. Seguía fumándose su cigarro aparentando indiferencia. Pero el hombre desoyó su consejo y siguió avanzando. María suspiró, mirando al cielo.
-¿Quién eres, valiente idiota, que osas acercarte a mí?¿Acaso no sabes la fama que me precede?
-He oido rumores-contesta el demonio con una voz ronca que hace estremecer a María.-Pero también se dice que estás muy débil y ya no eres lo que fuiste en su tiempo.
María encogió un hombro con elegancia y apagó el cigarro casi consumido contra la pared. Sin embargo, no se acercó a él y fingió indiferencia.
-¿Y tú quieres comprobar la veracidad de ese rumor? Mala idea.
-Si no hubieses decidido juntarte con los ángeles quizá merecerías algo de respeto-la soltó el demonio. María se alertó ante aquello. ¿Cómo lo sabía? Solo había una fuente que pudiese haber dicho algo así: Addu. ¿Era su cómplice?
Se quedó callada y dejó que se acercase. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se giro con rapidez y le asestó una patada en la tripa, seguida de un golpe seco en la nariz con la palma hacia arriba, que hubiese matado a cualquier mortal. Pero los demonios eran más resistentes, así que tan solo le causó un profundo dolor.
Mientras el demonio gritaba y se agarraba la sangrante nariz, retorciéndose de dolor, María le agarró un ala y se la retorció, aplastándole contra la pared. Aquello le causó aún más dolor que la nariz.
-¿Quién es tu fuente?-le exigió, más que preguntar, en un siseó tranquilo.
-Jamás...-empezó a decir el demonio. Pero un nuevo tirón de María en una de sus alas le disuadió de continuar por ese camino.- Azazel. Me envía Azazel.
María no le soltó.
-¿Por qué te envía?- Tuvo que apretarle aún más el ala para ayudarle a confesar entre gritos de dolor.
-No lo sé, lo juro. Solo me dijo que te llevase ante él.
María le creyó, pero no aflojó la presión de su mano sobre el ala del demonio.
-Quiero que desmientas los rumores sobre mis relaciones con los ángeles, ¿entendido?-le retorció el ala por última vez, como advertencia de lo que ocurriría de no hacerlo. Y, con un último grito de dolor, el demonio alzó el vuelo de malas maneras, con un ala en una posición forzada.
María le miró alejarse, sin sentirse bien después de haberle hecho sufrir. Debería estar satisfecha consigo misma por haber dañada o alguien, pwro una enorme piedra en el estómago se lo impedía.
Y encima los problemas aumentaban. Otro demonio iba a por ella y esta vez sin razón alguna. Querían capturarla y no sería precisamente para invitarla a un café. Últimamente tenía más enemigos en su propio bando que en cualquier otro.
Pero tenía que darse prisa en volver a Barcelona. Tenía que ver a Daniel y advertirle sobre el rumor que se había extendido y debían eliminar, antes de que los eliminasen a ellos.
Porque ahora no tenían solo un enemigo, sino dos; y ni siquiera conocían los motivos.
Alzó el vuelo y batió las alas en dirección a Barcelona, adentrándose en el cielo que ya empezaba a oscurecer. Y confió en la suerte por que Daniel estuviese bien y no hubiesen decidido darle caza como a ella.
Un escalofrío la recorrió, pensando en que el ángel pudiese estar en peligro. Aceleró el vuelo para poder llegar a tiempo a la desgracia que sentía que estaba a punto de ocurrir.
El frio la golpeaba la cara, las nubes pasaban a su lado. Pero ella no se daba cuenta. Debía seguir hasta España. Por fin, llegó a la ciudad. Se posó en el balcón de su piso y miro al interior, con el corazón latiéndole a mil por hora. «¿Daniel?», la hubiese gustado decir. Pero tenía miedo de que nadie la contestase. Un ruido en la cocina la hizo ponerse alerta. Reunió el coraje suficiente para alcanzar a preguntar a media voz:
-¿Daniel?