María estuvo volando en círculos alrededor del mundo durante horas. Las lágrimas empañaban su vista y amenazaban con congelarse en sus mejillas debido al frío. Los dientes la castañeteaban y el vestido casi no la protegía contra el crudo frío que hacía en el cielo esa noche. Pero María no hizo caso y siguió. No iba a dejar que un par de incomodidades la distrajesen.
No podía creer que después de todo lo que había pasado se lo hubiesen llevado lejos de ella sin darla siquiera la oportunidad de aclarárselo todo. Ni siquiera la había dado tiempo a verle una última vez y rectificar su comportamiento del día.
Cuando el sol empezaba a despuntar en el alba, María se dió cuenta de que no podía hacer nada, que jamás los encontraría. Se quedó mirando un largo rato como el cielo se teñía de naranja, rosa y azul. Al contrario que otras veces, tan solo la transmitía soledad y desesperanza.
Se decidió al fin a volver a su casa, a esperar que viniesen también a por ella. Seguramente la estarían buscando, ya se habrían enterado de lo sucedido en Italia y no tardarían en ir a por ella. Pero María les esperaba.
Cuando llegó, Dorothea la preparó un café caliente para hacerla entrar en calor. María fue a sentarse al sofá, pero descubrió una nota sobre uno de los cojines. La desdobló y se encontró con un mensaje de la mano de alguien a quien María no pudo identificar, por lo tanto no era Addu, cuya letra conocía bien. Arriba ponía su nombre, así que alguien la había dejado ahí adrede para que María la encontrase. La letra, elegante, puntiaguda, clara y cuidada, debía pertenecer a un demonio. Se notaba un transfondo engañoso y oscuro que no se podía atribuir a los ángeles. Una frialdad y un odio en cada letra que hizo que las piernas la temblasen, obligándola a sentarse en el sofá.
La nota la citaba a las doce de la noche siguiente en Madrid, en el Casino, donde se iba a organizar un baile de máscaras. El demonio que la había citado tendría ventaja, ya que María no podría verle la cara ni reconocerle pero, ¿cómo sabría él reconocerla a ella?
Sin embargo, sabía que el demonio lo llevaba planeando mucho tiempo y había cuidado cada detalle. Los demonios se habían caracterizado desde siempre por su astucia, capacidad de manipulación y ser extremadamente calculadores. Y María lo sabía bien. No en vano había sido una de ellos. Pero ahora ya no sabía ni a donde pertenecía.
Y se estaba metiendo de lleno en una trampa. Aunque no podía evitar pensar que merecía la pena, que así al menos estaría con Daniel. Lágrimas amargas volvieron a sus ojos al pensar en él. ¿Cómo había podido ser tan idiota? Ella jamás había huido de esa manera. ¿Iba a empezar ahora? No, no era una actitud demasiado inteligente.
María tomó una decisión en ese mismo instante. No era una cobarde, y si querían guerra ella estaba más que dispuesta a satisfacerles. Hacía mucho que María no estaba tan furiosa. Se podría decir que María jamás se alteraba, solía tener un temperamento frío; pero la habían cabreado de verdad.
Sus ojos llamearon con furia y abrió la boca en la sonrisa más siniestra que Barcelona hubiese visto jamás. Los sentimientos de demonio de María volvían, y esa no era una buena noticia. Al menos para aquellos que osasen molestarla.